No sé en qué momento empezamos a hablar como si todos dirigiéramos multinacionales. Una chica estampa una frase en una camiseta y anuncia su primer drop. ¿Qué drop, María? ¡Que has hecho una camiseta! Un chico abre una tienda en línea de fundas de móvil y se presenta como fundador y director ejecutivo de una empresa que consiste en él, su ordenador y una suscripción a Canva. Y oye, que me parece fantástico que la gente tenga iniciativas y se gane la vida como pueda, pero a lo mejor no hace falta convertir cada tienda de Instagram en una empresa emergente de Silicon Valley.
La lengua tiene mucho que ver. Porque las palabras que usamos no son inocentes. No es lo mismo decir que has vendido veinte camisetas que anunciar que has hecho sold out de tu primer drop. En el primer caso, has vendido veinte camisetas. En el segundo, parece que hayas colapsado el mercado textil internacional. No es lo mismo volver a tener existencias que anunciar un restock. Ni hacer una fotografía de tus productos que preparar una campaign. Ni tener una idea que construir un concept. Hemos aprendido a poner nombres en inglés a cosas que ya existían y, de paso, a cobrarlas un poco más caras.
Y luego está la liturgia. Porque hoy no basta con vender algo: tienes que tener un relato. Un storytelling, perdón. Tienes que compartir el behind the scenes, explicar tus valores, enseñar el proceso creativo y agradecer a tu comunidad que te acompañe en esta aventura. Todo para anunciar que has hecho una taza con una frase escrita. Una taza preciosa, seguramente, pero una taza.
Lo más fascinante es que esta fiebre empresarial ha llegado incluso a las aficiones. Antes la gente hacía ganchillo, pintaba acuarelas, cosía, cocinaba o escribía poemas malos. Ahora tiene side projects. Si haces cerámica, tienes que crear una marca. Si te gusta cocinar, tienes que generar contenido. Si haces cuatro dibujos, tienes que preparar una colección. Parece que dedicar tiempo a algo que no te genera ingresos sea desaprovechar tu potencial. ¿Acaso no puedes hacer una bufanda para tu abuela sin estudiar antes si tiene salida al mercado?
Y aquí aparece otra especie fascinante: el mentor. El gurú que publica libros sobre emprendimiento, imparte conferencias sobre liderazgo y te vende cursos para aprender a tener éxito empresarial. Los hay que incluso han convertido la felicidad del empresario en un método comercial. Y es que el negocio de enseñar a hacer negocios es extraordinario: no hace falta que vendas camisetas, solo que convenzas a quienes las venden de que necesitan tus consejos. Al final, los únicos que tienen el éxito garantizado son los que cobran por explicarte cómo conseguirlo.
No tengo nada contra los negocios pequeños, ni contra quien intenta ganarse la vida vendiendo lo que hace. Al contrario. Lo que me fascina es esa necesidad de revestir cualquier actividad de una épica empresarial que no le corresponde
Mientras tanto, nos venden la libertad de ser nuestro propio jefe como si fuera la aspiración universal de la humanidad. Trabajar los fines de semana, responder correos a las once de la noche y convertir cada rato libre en una oportunidad para facturar. Todo esto, claro, acompañado de una frase motivacional sobre perseguir los sueños. Como si tener una nómina, terminar a una hora decente y no pensar en el trabajo hasta el día siguiente fuera una derrota personal.
No tengo nada contra los negocios pequeños, ni contra quien intenta ganarse la vida vendiendo lo que hace. Al contrario. Lo que me fascina es esa necesidad de revestir cualquier actividad de una épica empresarial que no le corresponde. Hemos sustituido los oficios por identidades, las aficiones por oportunidades de negocio y las palabras de toda la vida por anglicismos que parecen sacados de una conferencia de marketing.
Quizás deberíamos recuperar el derecho a hacer cosas porque sí. A pintar cuadros que no comprará nadie, a escribir poemas que no publicaremos y a hacer manualidades solo para distraernos un poco y tener una afición que no necesite un logotipo, una estrategia de comunicación ni una página web.
Y si no nos sale bien, ¡tranquilos, que no habremos fracasado! Habremos aprendido muchísimo, podremos hacer un rebranding y, claro, volveremos a empezar. Y si volvemos a fracasar, siempre nos quedará la última oportunidad de negocio: hacernos mentores y cobrar por explicar a los demás cómo alcanzar el éxito después de un fracaso, que eso es muy potente y vende mucho.
