Roser Calafell, la ilustradora que ha dibujado la infancia de miles de catalanes sin que muchos lo sepan

Roser Calafell (Barcelona, 1973) siempre ha tenido un lápiz en la mano. Dibujaba en la escuela, en casa y en cualquier lugar donde encontrara un papel. Ganaba concursos de dibujo y, más de una vez, los maestros la habían tenido que regañar porque estaba más pendiente de sus ilustraciones que de las explicaciones de clase. Lo que entonces era una afición infantil se ha acabado convirtiendo en una trayectoria profesional con más de 130 cuentos ilustrados. Quizás su nombre no es tan conocido como el de Roser Capdevila o Pilarín Bayés, pero sus dibujos han acompañado a miles de niños catalanes. Ha ilustrado libros de texto, cuentos de tradiciones populares e historias que han pasado por las manos de varias generaciones. También trabajó durante quince años en Cromosoma, la productora de Les Tres Bessones, donde compartió horas de trabajo y aprendizaje con la misma Roser Capdevila. Ahora, después de décadas dedicada a la ilustración, combina los lápices con un trabajo de librera en la librería Ona de Barcelona. Ha aprendido a adaptarse a los cambios tecnológicos, ha sustituido buena parte de las acuarelas por una tableta gráfica y se ha reinventado profesionalmente más de una vez. Sin embargo, hay una revolución que contempla con preocupación: la inteligencia artificial y su capacidad para generar imágenes en cuestión de segundos.

Una infancia rodeada de arte: de Josep Llimona a Fina Rifà

Para entender la trayectoria de Roser Calafell hay que remontarse a sus raíces familiares. Por parte de madre, proviene de la familia Llimona, una estirpe estrechamente vinculada al arte catalán. Entre sus antepasados se encuentran el escultor modernista Josep Llimona y el pintor Joan Llimona, dos figuras destacadas del arte de los siglos XIX y XX. La creatividad también estaba presente en las generaciones más cercanas. Mercè Llimona, una reconocida ilustradora de literatura infantil, era hermana de su abuela, mientras que Fina Rifà, prima de su madre, también se dedicaba a la ilustración. Curiosamente, a pesar de crecer rodeada de artistas, no se planteaba dedicarse profesionalmente. "A mí me gustaba dibujar, pero nunca había pensado que dibujar fuera un trabajo", explica. El primer contacto con el mundo comercial llegó de una manera casi artesanal. Decidió crear unas postales de Navidad, las llevó a imprimir en blanco y negro y luego las pintó una por una, porque así le salía más económico. Con las postales terminadas, recorrió establecimientos de la calle Petritxol de Barcelona y librerías de su barrio, que las aceptaron a depósito. Pasadas las fiestas, descubrió que había vendido muchas. Aquel pequeño éxito le abrió los ojos: quizás dibujar no tenía que ser solo una afición.

Roser Calafell, il·lustradora / Foto: Cedida
Roser Calafell, ilustradora / Foto: Anna Molins

Quince años junto a Roser Capdevila y 'Les Tres Bessones'

Después de acabar COU, Calafell empezó a formarse profesionalmente. En aquel momento, la Facultad de Bellas Artes no ofrecía una especialidad de ilustración, de manera que estudió primero en l'Escola de la Dona y posteriormente en l'Escola de la Llotja de Barcelona. Fue precisamente durante esta etapa cuando le surgió una oportunidad que marcaría su vida. La productora Cromosoma buscaba profesionales para trabajar en la serie de dibujos animados Les Tres Bessones, creada a partir de los personajes de Roser Capdevila. Calafell superó una prueba para pintar los fondos de la serie y entró a formar parte del equipo donde pasó quince años. "Entré a dibujar codo con codo con Roser Capdevila y Marta, una sobrina suya", recuerda. Inicialmente, se dedicaba a los escenarios y a los fondos, pero progresivamente también asumió tareas creativas y de supervisión artística.

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Ilustración de Roser Calafell

La influencia de Capdevila se acabó haciendo evidente en sus dibujos. Y ella misma lo reconoce sin problemas. "Siempre se ha dicho que mi ilustración tiene un aire muy a lo Roser Capdevila y es cierto", admite. La convivencia profesional fue tan intensa que incluso las formas de los animales y de los personajes se le quedaron grabadas. Aquel aprendizaje, sin embargo, también tuvo una contrapartida: encontrar una voz gráfica propia después de tantos años trabajando con una estética tan reconocible. "Desvincularme de esto también me ha costado un poco, pero aprendí muchísimo". Con los años, Calafell se encargó de supervisar fondos y otros elementos artísticos, velando para que los dibujos mantuvieran la coherencia con el universo original de Capdevila. Una experiencia que le dio conocimientos técnicos, disciplina y una manera de entender la ilustración que todavía conserva.

De 'La leyenda de Sant Jordi' a más de 130 cuentos ilustrados

Mientras trabajaba en Cromosoma, Calafell también desarrollaba su carrera como ilustradora de libros infantiles. Los primeros encargos llegaron de la editorial Teide, para la cual ilustró numerosos materiales escolares destinados a educación infantil y primaria. Posteriormente, empezó a colaborar con La Galera, donde publicó una de sus primeras colecciones destacadas, El meu mes. Eran doce pequeños libros, uno para cada mes del año, que explicaban a los niños las tradiciones, los alimentos de temporada, el clima, las fiestas y las costumbres de cada época. La idea era que cada niño pudiera tener el libro correspondiente a su mes de nacimiento. La colección tuvo muy buena acogida y abrió las puertas a nuevos proyectos. Uno de estos llegó de la mano de la editora Iolanda Batallé. La ilustradora, que apenas empezaba a consolidarse en el sector editorial, recibió el encargo con una mezcla de emoción y expectación. El libro acabó convirtiéndose en un gran éxito editorial. Según recuerda, durante seis o siete años fue el libro más vendido por Sant Jordi. A partir de aquí, las colaboraciones se multiplicaron. Participó en una extensa colección dedicada a las tradiciones populares y recibió encargos de otras editoriales. Con el tiempo, su catálogo ha superado los 130 cuentos ilustrados, una cifra que evidencia su extensa trayectoria, a pesar de que ella prefiere mantenerse lejos del protagonismo mediático.

Coberta del llibre 'On és l'enxaneta?'
Cubierta del libro 'On és l'enxaneta?' de Roser Calafell

Entre los proyectos más recientes se encuentra On és l'enxaneta?, publicado por Estrella Polar, un libro de buscar y encontrar en el que los lectores tienen que localizar una enxaneta escondida en escenarios vinculados a la cultura catalana. En él aparecen celebraciones como la Castanyada, Sant Jordi, las fiestas mayores y las calçotades, así como lugares como Vic, Palamós o Calella de Palafrugell. Pero, de todos sus trabajos, hay uno que guarda con especial cariño: su versión de Els Pastorets. La vinculación es profundamente familiar. Su padre había dirigido durante cerca de cuarenta años las representaciones de Els Pastorets en el barrio de Horta, en Barcelona, y ella había participado desde muy pequeña. Cuando llegó el encargo de ilustrar un libro, su madre adaptó el texto original de Josep Maria Folch i Torres y Calafell reprodujo gráficamente los personajes tal como los recordaba de las representaciones familiares. Incluso dibujó a su padre con su característica pipa. Más que un libro, aquel proyecto fue una manera de conservar una parte de la historia de su familia.

Felicitació Nadal 2014  ( Il·lustració de Roser Calafell
Felicitación Navidad 2014 ( Ilustración de Roser Calafell

De las acuarelas al Photoshop: una ilustradora que ha aprendido a reinventarse

Durante los primeros años, Calafell trabajaba principalmente con acuarela. Era su técnica preferida y también la que utilizaban en Cromosoma para crear los fondos de Las Tres Mellizas. Según explica, podían llegar a elaborar unos 250 fondos para un episodio de veinte minutos. Pero llegó un momento en que la productora decidió modernizar los procesos e incorporar ordenadores, tabletas gráficas y lápices ópticos. Aquel cambio tecnológico, que podía haber representado una dificultad para una artista acostumbrada al papel, se convirtió en un descubrimiento profesional. Calafell aprendió a trabajar digitalmente e incorporó Photoshop a su día a día. Todavía hoy es el programa que utiliza, aunque reconoce, con humor, que hay muchas otras alternativas más modernas. La tecnología le ha permitido acelerar los procesos de creación y adaptarse a las necesidades del mundo editorial. Con las herramientas digitales puede reproducir texturas de acuarela, lápiz o carboncillo sin necesidad de trabajar siempre sobre un original físico. A pesar de ello, no ha perdido el cariño por el trabajo manual.

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Ilustración de Roser Calafell

Catorce años dibujando desde casa y una nueva etapa en la librería Ona

La carrera de Calafell también ha estado condicionada por la maternidad y las dificultades de conciliar el trabajo creativo con la vida familiar. Después de Cromosoma, pasó catorce años trabajando exclusivamente como autónoma, una etapa que coincidió con la crianza de sus dos hijos mellizos, Clara y Martí. "Yo soy madre sola, con lo cual ha sido un poco duro", explica. La libertad de trabajar desde casa le permitía organizarse los horarios, pero también la obligaba a asumir muchas tareas simultáneamente. Lo resume con una imagen tan cotidiana como reveladora: "Con una mano remueves la sopa, con la otra dibujas y con el pie meces al niño". Durante aquellos años dibujó mucho, a menudo de noche, mientras criaba a sus hijos. También vivió alguna anécdota entrañable. Cuando eran pequeños, les enseñaba los cuentos que había ilustrado y les explicaba que los dibujos los había hecho ella. Pero los niños no le daban mucha importancia. Fue cuando sus compañeros de escuela les empezaron a explicar que su madre era la ilustradora de algunos de los libros que leían cuando tomaron conciencia de su trabajo. Después de aquella larga etapa trabajando en casa, Calafell decidió introducir un cambio en su vida. Actualmente, trabaja como librera en la Llibreria Ona, donde continúa vinculada a la literatura infantil, participa en talleres de ilustración y actividades de cuentacuentos y recomienda libros a los lectores. "Ahora en la librería me encanta esta parte de comunicarte con la gente, de preguntar qué es lo que les gusta para encontrar cuál es el libro que puede encajar", explica. El cambio implica tener menos tiempo para ilustrar y continuar dedicándole algunas noches, pero no se arrepiente. Después de catorce años trabajando sola en casa, valora especialmente poder conversar con los clientes, compartir recomendaciones y formar parte de un espacio cultural. "No hago tantos cuentos como querría, pero ya me está bien", asegura.

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Esbozo 2020. Ilustración de Roser Calafell

El miedo a la inteligencia artificial: "Seguramente me quitará trabajo, pero yo seguiré dibujando"

Si el ordenador fue una revolución que Calafell acabó abrazando, la irrupción de la inteligencia artificial generativa le provoca sentimientos muy diferentes. La ilustradora observa con preocupación la proliferación de imágenes creadas automáticamente, especialmente las que aparecen en las redes sociales y que, según considera, acaban reproduciendo estéticas muy parecidas. "Estos carteles que son como butifarras, que son todos iguales, a mí me revuelven el estómago", afirma sin disimular su rechazo. No cuestiona que la inteligencia artificial pueda tener otras aplicaciones, pero el uso que ve en la creación de imágenes le despierta inquietud. Sobre todo porque sabe que se trata de una tecnología que puede competir directamente con el trabajo de los ilustradores profesionales. Cuando se le pregunta si tiene miedo de que la inteligencia artificial le acabe quitando el trabajo, no intenta endulzar la respuesta. "Sí, seguramente la inteligencia artificial me quitará trabajo, pero yo seguiré dibujando con el lápiz".

24 Max i Mia i els Esquimals. Col. Yellow Van Ed. La Galera 2017
Max i Mia i els Esquimals. Col. Yellow Van Ed. La Galera 2017.

Ilustración de Roser Calafell

Es una frase que resume su manera de entender el oficio. A lo largo de su trayectoria, Roser Calafell ha aprendido a pasar del papel a la pantalla, ha trabajado en animación, ha ilustrado más de un centenar de libros y ha sabido adaptar su vida laboral a las circunstancias personales. Hoy continúa vinculada a los libros desde el otro lado del mostrador, pero no ha renunciado a dibujar. Quizás ya no dispone de todas las horas que querría y quizás las herramientas tecnológicas seguirán transformando el sector editorial. Pero hay algo que parece difícil que cambie: aquella necesidad de dibujar que tenía de pequeña, cuando llenaba papeles en clase y todavía no sabía que un lápiz acabaría marcando toda su vida.