Valladolid (Corona castellano-leonesa), 7 de junio de 1550. Hace 476 años. Carlos I, nieto y sucesor de los Reyes Católicos y soberano de la monarquía hispánica, firmaba la "Real Cédula a las distintas órdenes religiosas para que enseñen la lengua castellana a los indios". La Real Cédula de 1550 sería la primera de una batería de leyes promulgadas por la monarquía hispánica que, entre 1550 y 1770, transitarían gradualmente desde el impulso a la enseñanza hasta la obligación del conocimiento y uso de la lengua castellana. Entonces, la cuestión es: ¿Realmente los españoles no impusieron el castellano en la América colonial? ¿Es cierta la cita del rey español Juan Carlos I que, en 2001, afirmó que "el castellano nunca fue lengua de imposición, sino de encuentro"?

¿El castellano sería la lengua de la sociedad colonial hispánica por una cuestión entre maravillosa y milagrosa?
La presencia y expansión del castellano en el continente americano es consecuencia del proceso de conquista, dominación y colonización hispánica entre los siglos XVI y XVIII. Diga lo que diga el Borbón. Pero, ¿cómo es que la lengua de una pequeña minoría —por mucho que fuera la oligarquía dominante que durante tres siglos ostentaría el poder político, militar, económico, religioso y cultural— acabó convertida en el sistema mayoritario de aquella sociedad? ¿Qué instrumentos utilizó la casta colonial —un segmento socioideológico que, en el mejor de los casos, representaba un 10% de la población— para que su lengua se convirtiera en el sistema mayoritario? ¿Se produjo un fenómeno, entre maravilloso y milagroso, que conduciría a la sustitución lingüística?
La realidad del fenómeno conquistador hispánico
La investigación historiográfica moderna ha puesto de relieve que la conquista, dominación y colonización hispánica de América se llevó a cabo siguiendo el modelo clásico, empleado, por ejemplo, por los romanos de la antigüedad. Este proceso, tan viejo como la propia civilización occidental, consistía en localizar un conflicto entre naciones indígenas, crear y liderar una alianza con uno de los contendientes y masacrar al enemigo común. De este modo, con un ejército numéricamente limitado, pero dotado de recursos bélicos totalmente desconocidos por los indígenas, conseguirían liderar una amalgama heterogénea —no muy numerosa, pero muy poderosa— que pasaría a tener el control de buena parte del centro y del sur del continente americano.

¿Qué sucedía cuando un territorio había pasado a dominación hispánica?
Una vez que una nación indígena había sido derrotada por este conglomerado, la élite dirigente hispánica que había liderado aquella campaña implantaba una estructura de dominación. Dicha estructura se imponía con el patrocinio de la corona hispánica, pero perseguía un triple beneficio: por un lado, el de la hacienda real, y por el otro, el de las élites hispánica e indígena que habían tejido aquella exitosa alianza y que, desde un buen principio, se estaban mestizando para crear una nueva clase dirigente en el continente. Por lo tanto, en la primera fase de aquel proceso (el de conquista y dominación), asistimos a un proceso de redibujo del poder en el continente, podríamos decir que como consecuencia de la aparición en escena de un nuevo elemento: los hispánicos.
¿Qué sucedía con la sociedad de una nación indígena que había pasado a dominación hispánica?
Todas las sociedades indígenas, tanto las que habían tejido alianzas con los hispánicos como las que habían sido combatidas y derrotadas por el conglomerado hispano-indígena, quedaron, irremediablemente, sometidas por el nuevo poder colonial. El único corpus social indígena que resultaría beneficiado de aquel redibujo del poder sería el de las oligarquías de las naciones autóctonas que se habían aliado con los hispánicos para destruir a sus enemigos seculares, y que vivirían un proceso de desnaturalización y aculturación —interesadamente voluntario— con el único objetivo de conservar su condición dirigente. El resto de las sociedades indígenas caería en manos de las misiones o de las encomiendas, que serían creadas para ser el núcleo del modelo extractivo hispánico.

¿Qué pasa con el castellano en las misiones?
La ideología confesional de la monarquía hispánica explica, claramente, la ambición del poder hispánico de evangelizar a los indios. La cancillería hispánica de Fernando e Isabel quiere gobernar un imperio moderno (entendiendo por moderno lo que significaba en el siglo XV). Es decir, un imperio formado por una sociedad homogénea, que practicaría una sola religión y que hablaría una sola lengua. Considerando que en aquellas sociedades de pensamiento espiritual la confesión religiosa era el nervio de la ideología social y cultural, la cancillería hispánica priorizaría la evangelización. En 1493 (segundo viaje de Colón), el religioso catalán Ramon Pané sería el primer europeo que aprendería una lengua indígena y el primero que predicaría el Evangelio en el Nuevo Mundo sirviéndose de dicha lengua.
Todos los misioneros que seguirían al pionero Pané pondrían en práctica el mismo método. Pero pasado medio siglo (1550), la cancillería hispánica daría por liquidado el “periodo de gracia” y asociaría la evangelización con la imposición del castellano. Aquí se desenmascara el falso mito que pretende que los indígenas americanos y los esclavos africanos se lanzaron entusiásticamente a profesar el cristianismo y a hablar el castellano. Tanto una cosa como la otra serían impuestas a la fuerza. Y las oligarquías coloniales colaborarían activamente a ello, ya que participaban plenamente de la ideología del poder central: la aculturación de las sociedades indígenas y africanas era la mejor garantía de conservación tanto de la dinámica extractiva de la corona como del poder de la casta colonial.

¿Qué pasa con el castellano en las encomiendas?
A pesar de que todas las sociedades indígenas acabaron encuadradas por el sistema colonial, las de las naciones derrotadas serían las que se llevarían la peor parte. Las familias de aquellas naciones serían entregadas a los encomenderos (colonos hispánicos que recibían lotes de tierras y de indios), y en este escenario de esclavitud (y, por lo tanto, de elevado riesgo de revuelta), evangelización y castellanización se aplicarían de una forma especialmente intensa y violenta. La casta encomendera crearía el discurso que asociaba las religiones y las lenguas indígenas a la superstición y la incultura, que condenaban a la miseria —terrenal y celestial— a quien las profesaba y las hablaba, y promovería el conocimiento del castellano como la única forma útil de escapar de aquel entorno hostil.
A todo esto hay que sumar que las encomiendas—posteriormente llamadas "pueblos de indios"— fueron provistas con deportaciones de varias procedencias, y a partir de mediados del siglo XVI, concentrarían poblaciones indígenas con distintas lenguas. La investigación moderna ha revelado que, en algunos casos, como en el virreinato de Nueva España (actual México), la lengua franca de aquellos pueblos de indios sería la del grupo indígena mayoritario. Pero esta particularidad resistiría hasta las leyes españolas de Carlos III, en 1770. (Real Cédula para que en los reinos de Indias se destierren los diferentes idiomas y solo se hable el castellano), cuando se obligó a que los "pueblos de indios" financiasen, con sus propios recursos, a un profesor de castellano.

"¡Están locos, estos españoles!"
No sería hasta la independencia de México (1821) cuando las oligarquías criollas se conjurarían para crear un "estado moderno" e intensificarían la sustitución lingüística. En cambio, y volviendo al periodo colonial (siglos XVI a XIX), en los "pueblos de indios" o en las "villas de españoles" del continente sudamericano, la lengua franca que, por necesidad o por oportunidad, adquirirían las distintas comunidades lingüísticas indígenas, abocadas a la fuerza al interior de un mismo entorno habitacional, sería la del poder colonial: el castellano. Y con todo esto, algunos todavía dicen que todo aquello fue "pascua y ramos". Entre tanta imbecilidad (entendida como la difusión de ideas estrambóticas) solo cabe la expresión del personaje de cómic Obélix: "¡Están locos, estos españoles!".