¿Por qué incomoda tanto el placer femenino?

El placer femenino ha sido, durante siglos, un territorio incómodo. No por lo que es, sino por lo que incomoda que sea: presente, ausente, silenciado o explicado desde fuera, pero raramente aceptado como experiencia propia sin condicionantes. ¿Qué pasa cuando el cuerpo no responde al relato que se espera de él? ¿Cuándo el placer no aparece o cuándo aparece fuera de lugar? ¿Y por qué su ausencia o su presencia han sido tan a menudo objeto de juicio, explicación o sospecha? En este espacio de tensión se inscribe Una aniquilació fallida (La libido, la història i jo), el monólogo de Carlota Gurt que se puede ver en el Espai Texas. Una pieza que aborda la construcción cultural del deseo y del placer femenino como un campo lleno de silencios, contradicciones y discursos acumulados a lo largo del tiempo. El espectáculo no parte de una definición, sino de una grieta: la distancia entre lo que se ha explicado y lo que se ha vivido.

Durante sesenta minutos, Gurt despliega un formato híbrido que combina conferencia performativa, monólogo y ensayo escénico. El relato avanza a través de registros que se cruzan constantemente: el rigor conceptual convive con la ironía, el comentario cultural con el relato personal, y la reflexión histórica con momentos de una proximidad casi confesional. Esta mezcla no fragmenta la pieza, sino que le da ritmo y una forma de pensamiento en movimiento.

Embrollo y placer

El material que articula el monólogo es amplio y deliberadamente heterogéneo. Aparecen textos religiosos, discursos médicos y científicos, lecturas psicoanalíticas, referencias literarias y figuras históricas que han contribuido a construir la idea del placer femenino —o, a menudo, a limitarla—. Lejos de una exposición académica, estos elementos funcionan como piezas de un relato cultural que ha modelado durante siglos lo que se considera aceptable, normal o problemático.

Uno de los puntos fuertes de la propuesta es la manera como se genera la relación con el público. Desde el primer momento, la función establece una complicidad inmediata con la sala, donde mayoritariamente hay presencia femenina, pero también espectadores masculinos atentos e implicados. No hay distancia escénica tradicional: hay una sensación de interpelación directa, como si lo que se estuviera poniendo sobre la mesa no fuera solo un discurso, sino una experiencia compartida o reconocible. La razón es que todas tenemos un Esteve en nuestras vidas, un señor M o algún analfabeto funcional —y emocional, por qué no decirlo—.

Esta complicidad hace que el público oscile entre la risa, la incomodidad y la reflexión. El monólogo no busca estabilidad emocional ni consenso, sino precisamente lo contrario: activar preguntas que raramente ocupan el espacio público con esta franqueza. El placer, en este sentido, no aparece como un concepto cerrado, sino como un lugar lleno de capas culturales que todavía pesan.

El formato híbrido permite evitar cualquier rigidez. Cuando el discurso podría hacerse denso, irrumpe el humor; cuando el relato podría dispersarse, vuelve una idea con más fuerza; cuando el riesgo sería el exceso de teoría, aparece el cuerpo, la experiencia o el relato directo. Esta alternancia sostiene una tensión constante que mantiene la atención viva durante toda la pieza.

El final no resuelve lo que plantea, sino que lo deja abierto. Después de la función, la sala no se vacía inmediatamente: se transforma en un espacio de conversación, de comentarios cruzados, de reconocimiento y discrepancia. Como si el monólogo hubiera desplazado algo que ya no vuelve a su lugar inicial. Una aniquilación fallida no habla solo del placer femenino. Habla de lo que ha costado poder pensarlo, decirlo y representarlo. Y, no hay que engañarse, también va de lo que todavía cuesta que sea protagonista.