Hay miradas que no aspiran tanto a explicar el mundo como a intuir sus hilos, a detectar aquella arquitectura invisible que sostiene lo que parece cotidiano. Maria Rovira (Barcelona, 1990), que en los escenarios se hace llamar Oye Sherman, parte de una mirada que deshace las cosas para volver a ensartarlas con una lógica más íntima que narrativa. Acaba de publicar Garlanda (Blackie Books) su debut literario, no un libro lineal, sino una constelación de fragmentos que cuelgan de un mismo hilo invisible. Garlanda se articula como un artefacto híbrido que ella misma reivindica casi como un género: una sucesión de piezas, recuerdos de infancia, obsesiones lingüísticas, escenas domésticas, que, aisladas, funcionan como pequeñas banderolas, pero que juntas construyen un mapa emocional fácil de reconocer. No hay una trama sólida ni argumento, ni falta que hace, sino una manera de estar en el mundo, una voz que se pasea entre el juego y la lucidez.

En este universo, la risa y la herida no se excluyen: conviven. Atravesada por la muerte del padre y por aquella intemperie difusa que llamamos “la crisis de los treinta”, el libro transforma el duelo en una celebración. Rovira escribe desde una incomodidad persistente, una “insatisfacción crónica” que se convierte en motor creativo, y desde una conciencia generacional que oscila entre la ironía y la perplejidad. Quizás por eso Garlanda no busca tanto explicar una vida como capturar su textura: aquella sensación, casi infantil, de haber llegado tarde a alguna lección esencial. Y es en esta grieta, en este desajuste sutil entre el mundo y su comprensión, donde la escritura de Rovira encuentra su lugar: un espacio donde el humor no aligera la realidad, sino que la hace más precisa. Sentadas en un rincón de la Llibreria La Carbonera del barrio del Poble Sec —entre el tránsito de lectores que buscan el mejor regalo para Sant Jordi—, charlamos sobre el humor como herramienta y refugio, del duelo que se va cerrando después de la muerte de su padre, de las necesidades de la lengua catalana y de la inquietud por el decrecimiento entre los más jóvenes; y de una insatisfacción íntima que persiste, pero que aprende a convivir con el arte de hablarse bien y de cuidarse.

Maria Rovira / Foto: Alba Richart
Maria Rovira en 'La Carbonera Llibreria' del Poble Sec (Barcelona) / Foto: Alba Richart

¿Qué es lo más bonito que te han dicho del libro?
Sergi Pàmies dijo que terminó el libro más contento de lo que lo había empezado y eso no me lo esperaba. Me ha venido de sorpresa porque es una figura muy intergeneracional, y vi que es un libro que puede conectar con gente de diferente edad de la mía y que explica la crisis de los treinta.

Los cómicos son personas muy inseguras, muy frágiles, muy rotas por dentro, realmente bastante neuróticos

¿Conoces personalmente a Pàmies?
No.

¿Lo has leído?
Sí, es como una de las figuras de referencia, tanto por prescripción del instituto como cuando creces, también. 

Yo creo que tenéis cosas en común porque él, aparte de ser un muy buen escritor, tiene un punto irónico y de humor parecido al tuyo. ¿No crees?
Claro, su humor en la tele sí que es muy fino. El humor en el relato yo lo había visto como mucho más tamizado, que también está, evidentemente. 

¿Por qué has decidido escribir este libro?
Me habían ofrecido con anterioridad escribir libros y había dicho siempre que no. Y he llegado a un punto donde he acumulado unas vivencias, unas reflexiones, unos pensamientos recurrentes a lo largo de mi vida, también el duelo de la muerte de mi padre.

¿Tenías claro desde el inicio el enfoque que querías darle?
Sí que tenía claro que sería de estilo fragmentario y que tendría una base muy autobiográfica, muy personal, porque es desde donde me sale hablar, desde las cosas que me apasionan, mis recuerdos. Me parece dificilísimo enfrentarme a la ficción.

Es difícil de clasificar. ¿Te has inventado un género literario?
Es este género literario que acumula memorias, recuerdos, obsesiones, el lenguaje como tema, de manera transversal. 

Es un libro donde hay mucho humor. ¿Qué te hace reír, a ti?
Lo que nos hace reír a todos, la sorpresa. Me hace reír cuando alguien me da un giro que no me esperaba para nada. Y a veces me pasa que cuando veo comedia, o en una conversación, pienso: "Irá por aquí", anticipo, y cuando la persona va por un lugar absolutamente opuesto a lo que me esperaba, es muy gratificante. A menudo me hace reír mucho eso.

¿Cuál es tu primer recuerdo relacionado con el humor? O sea, ¿cuál es el primer momento en que haces reír a alguien y sientes este poder?
Realmente es un poder y hace sentir como mucha seguridad. Yo creo que, de hecho, los cómicos somos un poco adictos a hacer reír a la gente porque nos colocan en un lugar de seguridad y son personas muy inseguras, muy frágiles, muy rotas por dentro, realmente bastante neuróticos. Nos colocan en un estado de seguridad donde no hemos estado a lo largo de nuestra vida, no porque nos hayan pasado cosas terribles, sino porque hemos vivido en alerta. Y en cuanto al primer recuerdo, yo tengo dos hermanos mayores, nos llevamos seis y ocho años. Y claro, a mí absolutamente me reventaba el cerebro todas las bromas que hacían. Me generaba un estado de felicidad muy grande. Un día conseguí hacerles reír y pensé: “Lo hemos conseguido”. 

Maria Rovira / Foto: Alba Richart
Maria Rovira / Foto: Alba Richart

¿Eras la divertida de la clase?
No, no. Era tímida. Yo soy más buena desde el registro escrito, siempre me ha dado más satisfacciones. 

Cuando nosotros crecíamos, la mayor parte de los cómicos que consumimos eran hombres

¿Es más difícil hacer humor siendo mujer que hombre?
El humor es muy complejo y también tiene mucho que ver con la recepción. Sí que pienso que a veces lo tenemos más difícil, también porque la predisposición de según quién quizás no es la misma. No generamos la misma simpatía. Recuerdo cómo viví, ser socializada como mujer, porque tenía dos hermanos mayores y estaba muy mimetizada en una especie de infancia muy unisex, porque mi madre nunca hizo ningún tipo de distinción, de nada. Pero sí que recuerdo en el instituto ir aprendiendo que la socialización de la feminidad era el hecho de aprender la vergüenza, aprender las cosas de las cuales tenías vergüenza, aprender las cosas que tenías que evitar. O sea, yo no era consciente de cosas que me tenían que dar vergüenza y que quizás sí.

¿Me puedes poner un ejemplo?
Nosotras hacíamos baloncesto cerca del instituto. Para mí tenía sentido cambiarme en el lavabo del instituto y salir con la ropa de baloncesto puesta. Y recuerdo que una chica dijo: “No, no, qué vergüenza pasar por delante de la gente del instituto con una ropa que no es la adecuada”.
Todo esto para decir que se nos socializa bastante en la perfección o en el no equivocarnos, no hacer el ridículo, como que hacer el ridículo es de las peores cosas que podemos hacer. Porque también se nos socializa mucho más en la inseguridad y para subir a un escenario y contar chistes y seguramente no hacer reír. Pero, por suerte, ahora estamos en un momento en que hay un montón de mujeres cómicas y eso creo que queda muy atrás. En todo caso, la lucha que queda por reivindicar son más espacios. También el hecho de no haber tenido muchos referentes, por no decir prácticamente ninguno; cuando nosotras crecíamos la mayor parte de los cómicos que consumimos eran hombres

Parece que estar contenta por lo que haces tenga que significar bajar tu listón de autoevaluación

En el libro dices que el título inicial tenía que ser: “Tiene que haber una mejor manera de hacer esto”. ¿Eres de las personas que nunca acaban de estar satisfechas con el trabajo que hacen?
Sí, depende mucho del día, depende del tipo de trabajo. En general, sí, hay este velo de insatisfacción, pero estoy trabajando para cambiarlo. Sin caer en la autoindulgencia, porque parece que estar contenta por lo que haces tenga que querer decir bajar tu listón de autoevaluación e intento realmente no bajarlo, pero sí mirarme lo que hago con más justicia, no desde un lugar de castigo.

Estoy muy contenta de haber conocido a mi padre y de que haya sido mi padre. Y yo creo que esta sensación de gratitud y de suerte y de celebración gana

Dices que eres muy autoexigente, que tienes que ser mejor, y mencionas una espiral de autoodio postadolescente que no acaba de irse. ¿Me puedes hablar de ello?
Bueno, es este tipo de sentimiento bastante injustificado, bastante gratuito o por defecto, de sentirse inadecuado. Es esta pulsión de adolescente, de inseguridad, de incomodidad, de miedo, de estado de alerta. 

¿Has aprendido a hablarte mejor y a quererte un poco más?
Sí, afortunadamente. También pienso que es un gesto de valentía porque, en esta lógica como más adolescente, te piensas que cuanto más te castigues, más lejos llegarás, porque no te permites relajarte y así no te quedarás en este lugar mediocre donde estás. Es esta lógica endemoniada.

También hablas de la lengua. ¿De dónde te viene este interés por la etimología de las palabras?
Tengo un recuerdo de cuando era pequeña, un día que molestaba a mi hermano, me tiró el gran diccionario de la lengua catalana. Me dijo: “Léete esto”. Y yo me tomaba muy en serio todo lo que me decía mi hermano mayor, un referente absoluto. Cogí el diccionario, me fui a la habitación y dije: “Empecemos", pero me aburrí muy pronto. Fue la primera vez que vi que las palabras se podían mirar una a una. No solo en frases o historias, sino que cada palabra se podía examinar detenidamente, y yo creo que eso es el inicio de todo.

Quizás es porque vivo en una burbuja, pero para mí las noticias catastróficas del catalán me sorprenden porque en mi día a día sí que está muy presente y lo puedo utilizar con mucha naturalidad

¿Tienes alguna expresión preferida o incluso algo que no soportes que diga la gente?
Me da mucha rabia cuando dicen que es una novela deliciosa. O hará las delicias de grandes y pequeños.

Aprovechando que hablamos de lengua, ¿cómo valoras el estado de la lengua aquí en el país?
Los datos hablan. Hay un decrecimiento muy importante en el uso de la lengua entre los jóvenes, lo cual preocupa, pero sí que es verdad que creo que hace falta una especie de combinación entre optimismo y lucha. No solo luchar para que no retrocedan los derechos lingüísticos, sino para que avancen hasta donde es de justicia, que pienso que eso no está cubierto todavía. Hay que luchar por una presencia social del catalán. Quizás es porque vivo en una burbuja, pero para mí las noticias catastróficas del catalán me sorprenden porque en mi día a día sí que está muy presente y lo puedo utilizar con mucha naturalidad. Pero es verdad que hay gente que después quizás va a clases de preparto, o va al hospital a parir y en un momento tan delicado y tan frágil te hacen cambiar de lengua. Evidentemente, estas situaciones existen y son una vergüenza. Pero, como no me encuentro con ellas, estoy un poco en la burbuja. 

Maria Rovira / Foto: Alba Richart
Maria Rovira en 'La Carbonera Llibreria' / Foto: Alba Richart

En el libro hablas del amor. Cito textualmente: “Tú no dices te quiero a las personas que quieres para que lo sepan. Decir te quiero es una manera de abrazar al otro en palabras. Decir te quiero no calienta el corazón solo a uno, sino a dos”. Y también dices que volverías a abrazar a tu padre. De hecho, es la persona con más presencia del libro. ¿Qué crees que habría dicho si lo hubiera leído?
Estaría contentísimo. Me manifestaría su orgullo y alegría con palabras muy bonitas. 

Ver Frasier es de los primeros recuerdos de humor compartido familiar que tengo

Dices que una de las primeras cosas que hiciste después del choque inicial de su muerte fue ver la serie Fraiser. ¿Cómo era él? ¿Compartíais el sentido del humor?
Sí, era una persona que disfrutaba del humor y tenía una risa muy característica, muy fuerte. De repente era una persona muy tranquila, mi padre no levantaba la voz, pero de repente, cuando algo le hacía gracia, explotaba. Ver Frasier es de los primeros recuerdos de humor compartido familiar que tengo. Y sí que compartíamos un sentido del humor similar. 

El año después de su muerte (del padre) lo he soñado muchísimas veces y había esta lucha constante de recordar si está muerto o no

También cuentas que lo soñabas bastante, a tu padre.
Sí.

¿Todavía te pasa?
Ahora menos, pero durante una época fue constante. El año después de su muerte lo he soñado muchísimas veces y había esta lucha constante de recordar si está muerto o no. Si recuerdo que está muerto, no puedo hablar con él, y cuando hablo con él, me despierto. Y por eso hubo un día que sí pude hablar con él, sabiendo que él estaba muerto, y fue un milagro. Me fascinan mucho estos mecanismos de la conciencia que pueden efectuar este milagro de hacerte compartir con alguien que ya no está.

La vida en pareja tiene más tensiones, es más difícil por intensidad, la magia se desgasta

En el libro también explicas que vives con una amiga y su perro. No sé si reivindicas otra manera de vivir que no sea en pareja, ¿o es un tema de precariedad?
Es un tema de precariedad, pero es una vida que a mí me hace muy feliz. Es decir, que la reivindico absolutamente. Creo que hay muchas parejas mayores que dicen que están juntas, pero cada uno tiene su piso. Y defienden que esta es la fórmula perfecta de estar en pareja, manteniendo tu espacio. Y para mí es muy bonito compartir este espacio con una amiga, porque la vida en pareja tiene más tensiones, es más difícil por intensidad, la magia se desgasta.

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Maria Rovira (Oye Sherman) ojeando 'Garlanda', su primer libro publicado por Blackie Books / Foto: Alba Richart

La solución a la insatisfacción no va por tener más, sinó por valorar lo que hay, a riesgo de parecer una autoayuda baratísima

Al inicio de la entrevista mencionabas la crisis de los treinta.El libro lo empezaste a escribir hace dos años, ¿cómo te sientes ahora? ¿En qué etapa vital estás?
Me siento un poco postcrisis. Me hace mucha gracia porque en comentarios en internet a otras entrevistas que he hecho hay mucha gente que me ha inventado la crisis de los treinta, y yo pienso que es bastante cliché. Me siento como si hubiera entendido bastantes cosas. Me siento mejor equipada que años atrás. Seguramente es esta mirada más amable interiorizada, creo que la solución a la insatisfacción no va por tener más, como para valorar lo que hay, a riesgo de parecer una autoayuda baratísima. Y con el duelo de mi padre me ha pasado una cosa muy curiosa que es que, evidentemente, es un duelo y es tristísimo y he llorado mucho, pero, claro, es que un duelo también es lo contrario de una celebración, de una cosa que ha existido. Entonces hay un punto en que yo estoy muy contenta de haber conocido a mi padre y de que haya sido mi padre. Y yo creo que esta sensación de gratitud y de suerte y de celebración, gana. 

¿Has podido cerrar el duelo?
Murió en junio de 2024. De vez en cuando todavía me desmorono y, evidentemente, todas las presentaciones de este libro, las entrevistas, son un viaje emocional fuerte. El libro me ha permitido interlocutar con mi duelo, que es algo que creo que va muy bien, porque a menudo las personas que tenemos alrededor están haciendo su duelo también, de una manera diferente. Y poder procesar el duelo mientras escribía este libro también me ha ido muy bien. 

¿Él te ha podido ver “triunfar”? ¿Subir a los escenarios, llenar teatros, en la televisión y recoger los frutos después de tantos años picando piedra?
Sí. Él estaba muy contento y muy orgulloso. El último mensaje que tenía suyo de WhatsApp en el grupo familiar era que me había visto en la tele quizás diez días antes y me dijo: “Te he visto muy bien, hoy un 10". Y muchos emojis. Y para mí resume mucho este espíritu suyo de apoyo y alegría.