Mi hijo tiene dos años y está aprendiendo a hablar. Lo hace como lo hacen todos los niños: poco a poco, acumulando palabras, deformando algunas, inventando otras y descubriendo que aquello que hasta ahora solo podía señalar ahora también se puede nombrar de alguna manera. Ahora mismo su gran éxito es el "tractor", que él llama "tator". Y hace poco ha incorporado el sonido de las campanas, que reproduce con un entusiasmo que hace pensar que ha descubierto una de las cosas más importantes del mundo: "naaaaang". Lo que me impresiona no es tanto ver cómo aprende palabras, sino darme cuenta de qué significa realmente aprender a hablar.
Porque nosotros tenemos tan interiorizado el lenguaje que nos cuesta imaginar qué debe querer decir vivir en un mundo sin nombres. Para nosotros, una campana es una campana antes incluso de que la oigamos. Un tractor es un tractor aunque no le prestemos atención. Hemos aprendido a separar las cosas del ruido que hacen, de los colores que tienen, del olor que desprenden y de la sensación que nos provocan. Las hemos convertido en conceptos y luego les hemos puesto una palabra encima. Lo hacemos con tanta facilidad que parece que las palabras hayan estado siempre ahí, esperándonos.
Pero un niño de dos años apenas descubre que esto funciona así. Primero está la cosa y luego llega su nombre. Y entre una cosa y la otra hay todo un proceso que nosotros ya no recordamos haber hecho nunca. Tiene que aprender que aquel objeto que ve pasar por la calle y que tiene cuatro ruedas enormes es un tractor, pero también que este mismo nombre sirve para otros tractores que son diferentes. Tiene que entender que la palabra no designa aquel tractor concreto, sino una categoría. Tiene que aprender, en definitiva, que el lenguaje no sirve solo para describir aquello que tenemos delante de los ojos, sino para construir una representación del mundo que podemos compartir con los demás.
Esta es probablemente una de las cosas más extraordinarias que hace el cerebro humano y, al mismo tiempo, una de las que menos valoramos porque nos hemos acostumbrado a ello. Una palabra es un acuerdo. Todos hemos decidido, sin haberlo decidido conscientemente, que una determinada combinación de sonidos representa una determinada cosa. Cuando digo "agua", no estoy llevando agua a la persona que me escucha. Estoy consiguiendo que piense en agua. Cuando digo "ayer", puedo hablar de un momento que ya no existe. Cuando digo "mañana", puedo hablar de un momento que todavía no ha llegado. Y cuando digo "miedo", puedo convertir una sensación que solo existe dentro de mí en algo que otra persona puede comprender.
El lenguaje, sobre todo al principio, no vive solo en las palabras. Vive en el contexto, en los gestos, en la mirada y en todo aquello que compartimos con esa persona
Aprender a hablar es aprender este tipo de magia. Por eso me hace gracia cuando pensamos que los niños pequeños simplemente "aprenden palabras". Parece una cuestión de memorizar vocabulario, cuando en realidad están haciendo un trabajo mucho más complejo. Están descubriendo que las cosas pueden ser clasificadas, que las experiencias pueden ser compartidas y que los sonidos que salen de su boca pueden provocar algo en la cabeza de otra persona. Descubren que pueden pedir, rechazar, recordar, anticipar y, más adelante, explicar.
Al principio, una palabra puede contener una frase entera. Cuando mi hijo ve un tractor y dice "tator", no está necesariamente diciendo solo "tractor". Puede estar diciendo "mira, ahí hay un tractor", "he visto un tractor", "me gusta este tractor" o simplemente "necesito que tú también mires esto que yo estoy mirando". Nosotros lo entendemos porque el lenguaje, sobre todo al principio, no vive solo en las palabras. Vive en el contexto, en los gestos, en la mirada y en todo aquello que compartimos con esa persona.
Y entonces ocurre algo curioso: a medida que los niños aprenden a hablar, nosotros también volvemos a aprender a escuchar. Al principio no siempre entiendes qué dicen. Tienes que hacer un esfuerzo. Tienes que mirar qué están señalando, recordar qué ha pasado antes, interpretar ese sonido que se parece a una palabra, pero que todavía no lo es del todo. Y cuando finalmente lo entiendes, hay una especie de satisfacción absurda. No porque haya dicho una palabra nueva, sino porque durante un instante habéis conseguido poner dos mentes en el mismo lugar.
Quizá esto es, en el fondo, hablar: conseguir que dos personas compartan, aunque sea durante unos segundos, una misma representación de algo. Y esta idea me parece especialmente interesante ahora que vivimos tan rodeados de lenguaje. Hablamos constantemente. Escribimos mensajes, correos, comentarios, titulares, tuits, informes. Tenemos palabras para prácticamente todo y una capacidad casi infinita para producirlas, pero precisamente porque tenemos tantas, a menudo olvidamos el poder que tienen.
Dentro de un tiempo, mi hijo pronunciará muchas más palabras y las pronunciará mucho mejor y quizás ya no recordaremos cómo las decía ahora. Pero hay una cosa que sí me parece que valdrá la pena recordar: durante unos meses, mientras él aprendía a hablar, también nos enseñaba a nosotros una cosa que habíamos olvidado: que una palabra no es solo una palabra.