Venecia, 3 de septiembre de 1951. Sólo un lustro más tarde del fin de la II Guerra Mundial, o sea, escasos años después de pesadillas como el holocausto o la bomba atómica, una hilera de gigantes de fiesta mayor diseñados por Salvador Dalí y Christian Dior pasean por las calles de Venecia ante la sorpresa de los peatones. La historia podría parecer el argumento de un sueño o de alguna película de ciencia-ficción, pero es tan real como que aquel pasacalle geganter acaba con la entrada del genio ampurdanés y el diseñador francés en el Palazzo Labia, escenario donde el extravagante multimillonario Carlos de Beistegui ha organizado la velada bautizada como "El baile del siglo", un fiestón que reúne a toda la jet set mediática del viejo continente. Entre los invitados, aparte de aristócratas, actores, políticos y famosos de todo tipo, figuran evidentemente dos de los creadores contemporáneos más importantes de Europa: Dior, que el año 1947 había revolucionado el mundo de la moda con su primera colección, y Dalí, personificación del surrealismo. Y al lado de los dos, Gala: la musa del segundo que vivía, desde hacía años, cautivada por los diseños del primero.

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Los gigantes diseñados por Dior i Dalí durante el pasacalle improvisado por las calles de Venecia. (Fundación Gala Dalí)

Gala, Dalí y Dior: un triángulo creativo fascinante

La historia de aquellos ya míticos gigantes, concebidos por los dos creadores pero con la intervención también de Pierre Cardin, tiene su génesis dos décadas antes en París, cuando entre 1931 y 1933 un joven Dalí expone en la galería Pierre Colle de la cual también un jovencísimo Christian Dior se convierte en socio. De entre las diversas obras surrealistas del artista ampurdanés, Dior queda maravillado con Comienzo automático de un retrato de Gala, pero la admiración recíproca entre los dos creadores no se limita a una relación bidireccional: a partir de aquel momento, también la misma protagonista del cuadro de Dalí se convierte en una firme admiradora de la obra del francés, hasta el punto que no sólo serán diversos los vestidos de Dior que Gala lucirá a partir de aquel momento en los grandes actos, sino que en el momento de la muerte de su querida, Salvador Dalí afirma que quiere que el cuerpo de Gala sea enterrado con un vestido rojo de Dior.

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Comienzo automático de un retrato de Gala, cuadro expuesto por Dalí a París el año 1933. (Fundación Gala Dalí)

Ielena Ivanovna fue enterrada finalmente con una sencilla túnica blanca, pero un piso más arriba de la cripta donde descansa su cuerpo, en la terraza del castillo donde Gala vivió los últimos años de su vida, la Fundación Gala Dalí ofrece hasta el próximo 1 de noviembre la exposición "Gala, Dalí, Dior: de arte y moda", que reflexiona sobre la relación de Dalí con el mundo del diseño y la moda y, especialmente, con Dior, de quien el pintor siempre dijo que "fue una de las primeras personas de París que se preocupó por la venta de mis invendibles pinturas surrealistas". La exposición, que permite apreciar tres vestidos de Gala diseñados por Dior, retrata también los puntos en común de estos dos referentes artísticos indiscutibles del siglo XX, dos genios capaces de aglutinar rigor técnico, obsesión creativa y voluntad de transgredir en cada creación.

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Tres de los vestidos de Gala diseñados por Dior y expuestos a Púbol. (Guillem Camós)

El Castillo de Púbol: una obra de amor

Para la mayoría de mortales, regalar un traje de Dior a la persona que amamos sería ya considerado un buen obsequio amoroso. En los tiempos que corren, mirándolo bien, seguramente con una colonia ya haríamos el hecho. Dalí no tenía bastante con eso, sin embargo, por eso a finales de los años sesenta encargó sobrevolar en avioneta todo el Empordà en busca del lugar que se tenía que convertir en el refugio de Gala y no paró hasta encontrar el Castillo de Púbol, en aquel momento una construcción cutre y medio destruida en el cual sólo se podía acceder por un camino de cabras desde La Pera. El castillo era el sitio ideal en el cual aislarse del alboroto mediático de Cadaqués, donde la casa de Portlligat ya era desde hacía años un lugar frecuentado por curiosos y visitantes, y además estaba cerca de Figueres, donde el proyecto del Teatro-Museo Dalí ya empezaba a coger forma. Finalmente el año 1969, décadas después de que en un viaje por la Toscana el pintor prometiera a su musa que algún día vivirían en una villa de estilo italiano pero ubicada en el Empordà, Dalí regala a Gala el Castillo Gala Dalí de Púbol, regalo que ella acepta pero con una sola condición: que el pintor sólo la visite con su invitación previa. "A condición de que haya condiciones lo acepto todo, ya que es el principio del amor cortés".

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Un grupo de suscriptores de ElNacional.cat  disfrutando de la visita guiada exclusiva en el castillo, el pasado 18 de septiembre. (Guillem Camós)

De esta forma, Dalí se convertirá a partir de aquel momento en el caballero que rinde vasallaje a su princesa, que desde la atalaya de su castillo casi puede avistar el Santuari dels Àngels donde el año 1958 la pareja se había casado. Lejos de los convencionalismos de un matrimonio corriente, sin embargo, Dalí cumple con la palabra de Gala y se encarga de todos los detalles del castillo siendo plenamente consciente de que sólo podrá entrar cuando ella quiera: "yo no visito el castillo donde ella reina como soberana absoluta si no es con una invitación escrita de su mano", escribe Dalí el año 1973 en Confesiones Inconfesables. Púbol se convierte, pues, en una creación convertida en un reino edificado sobre una mansión ruinosa de estructura gótica, aspecto exterior sobrio -donde Dalí decide no esconder las grietas de las paredes como respeto por el pasado, por ejemplo- e interiorismo barroquista, recargado de principio a fin.

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Techos dalinianos en la "Sala de los Escudos" del Castillo Gala Dalí de Púbol. (Fundación Gala Dalí)

Decía Rafael Alberti que el Barroco es la profundidad hacia afuera, quizás por eso todo, desde la disposición de los muebles hasta el diseño de los grifos de la bañera -que tienen forma del símbolo de infinito- está pensado no sólo para Gala, sino para convertirse en el gran acto de amor de Dalí hacia ella: mirándolo bien, es lógico que alguien que se convirtió él mismo en su mejor obra de arte también sea capaz de convertir el amor de su vida en un monumento artístico. Por eso cuando el ampurdanés decora los techos del caserón alega que, de esta forma y al levantar los ojos, su musa lo encontrará en su cielo. Y es por eso, quizás también, que cuando alguien como nosotros decide ir hasta Púbol, visita el Castillo de Gala Dalí, levanta la vista y observa los techos, no sólo ve cielos dalinianos, sino también plantas de sempreviva (también conocida como "Flor de Sant Joan") recogidas en el Cap de Creus decorando todas las habitaciones. Otro manera de dejar claro, quizás, que más que un caserón, lo que Dalí regaló a Gala fue un refugio en el que su amor, cortés o no, se mantuviese siempre vivo, que es una forma más poética de sellar un amor eterno.

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