Cuando el conflicto se convierte en abuso

¿Qué pasa cuando dejamos de ver un conflicto como una disputa y lo convertimos en una amenaza? Esta es una de las preguntas que recorre El conflicto no es abuso (Capitan Swing, 2026), de Sarah Schulman, un ensayo publicado originalmente en 2016 que cuestiona la tendencia contemporánea a interpretar determinadas disputas como situaciones de abuso. Su distinción de partida es clara: el conflicto es una "lucha de poder", mientras que el abuso es "poder sobre alguien". Confundir ambas situaciones, defiende la autora, puede transformar disputas negociables en procesos de culpabilización, exclusión y castigo.

Schulman no niega la existencia del abuso ni la necesidad de proteger a sus víctimas. Lo que le interesa es el momento en que una situación conflictiva pasa a ser interpretada como una amenaza y la respuesta se intensifica. En una conferencia en la Seattle Public Library, la autora explica que esta preocupación parte, en parte, del trabajo de la trabajadora social Catherine Hodes, que estudió cómo se pueden confundir determinados conflictos con situaciones de abuso.

El conflicto, parte inevitable de las relaciones humanas

En una entrevista con SAD Mag, Schulman desarrolla su distinción entre "lucha de poder" y "poder sobre alguien" y defiende que el conflicto forma parte inevitable de las relaciones humanas. El problema, según la autora, aparece cuando una persona interpreta cualquier cuestionamiento, desacuerdo o incomodidad como una agresión. Esta percepción puede desencadenar una respuesta desproporcionada y hacer escalar aún más la situación.

Su análisis va mucho más allá de las relaciones personales. El libro pasa por las parejas, las amistades y las comunidades, pero también por la policía, la criminalización del VIH, el racismo y la ocupación israelí de Palestina. En una entrevista con Literary Hub, Schulman explica cómo el trauma puede llegar a convertirse en una forma de dominación: una persona o un grupo que ha sufrido puede acabar proyectando su dolor sobre otras personas y ejerciendo poder sobre ellas.

El castigo como respuesta

Esta idea lleva a Schulman a cuestionar también las categorías de víctima y agresor. ¿Quién tiene el poder de definirse como víctima? ¿Quién es escuchado cuando denuncia un daño? ¿Y qué pasa cuando una persona con más poder consigue imponer su interpretación de los hechos? Para Schulman, el lenguaje de la victimización también puede ser utilizado por instituciones o individuos que ejercen poder.

La respuesta que propone es menos intuitiva que el castigo. La activista defiende la responsabilidad comunitaria y lo que denomina el "deber de reparación": reconocer el daño, asumir responsabilidades e intentar reparar sus consecuencias. En una entrevista con Truthout, la autora llega a hablar de "group-help" —ayuda colectiva—, en contraposición al self-help —autoayuda—: una manera de entender los conflictos en la que las comunidades participan activamente en su resolución, en lugar de limitarse a señalar a un culpable.

Esto implica también una crítica a la respuesta institucional. Schulman alerta de que recurrir automáticamente a la policía o a mecanismos punitivos puede reforzar las estructuras de control en lugar de solucionar el conflicto. Evidentemente, no propone ignorar los casos de abuso, sino preguntarse qué respuesta es adecuada en cada situación y si el castigo es siempre la única salida.

Desigualdad de poder (y de capacidades)

Es también aquí donde aparece la principal dificultad del libro. La frontera entre conflicto y abuso puede parecer clara sobre el papel, pero es mucho más complicada cuando hay desigualdades de poder reales. La propuesta de Schulman puede ayudar a cuestionar acusaciones precipitadas, pero también obliga a preguntarse hasta qué punto hablar de "sobrerreacción" puede acabar invisibilizando experiencias reales de violencia.

Quizás el valor de El conflicto no es abuso es precisamente que no ofrece una fórmula fácil para decidir quién es la víctima y quién es el agresor. Tal vez otro de los valores es la habilidad de dar la vuelta a unos conceptos y definiciones que se daban por válidos, antes de enfrentarse al libro. La autora defiende que el conflicto no es necesariamente un fracaso de las relaciones: puede ser también el espacio donde aparecen las diferencias y donde estas pueden transformarse —siempre que haya habilidad y capacidad para hacerlo—. Ahora bien, no se trata de un libro para devorar deprisa y corriendo; hay que comprenderlo y asimilarlo. Especialmente porque Schulman va más allá de buscar culpables. Hay que asumir que el conflicto forma parte de la vida colectiva y que gestionarlo exige responsabilidad, autocrítica y, cuando sea posible, reparación. La pregunta punzante que plantea es si somos capaces de resolver el conflicto, sin convertirlo automáticamente en una guerra entre víctimas y agresores.