Era difícil hacer bajar Lux a los escenarios, pero con una mágica combinación de danza, sombras, humor y, sobre todo, luz, Rosalía ha traído su abrumador cuarto álbum de estudio a la vida. La catalana es consciente como nadie del poder de la reinvención, sin abandonar su pasado, y los tres años de Motomami a Lux son un buen ejemplo. Quizás ha sido porque, como ella ha recordado, era el primer concierto “en casa”, o simplemente porque es ella, pero el Sant Jordi ha vibrado como nunca. La primera de cuatro noches en las cuales Rosalía enseña todo un trozo de ella. Sensibilidad y ternura en las que se suma un amor por su ciudad que hace conectar. Quizás solo es por un momento, pero no hace falta creer en ningún Dios para sentir su fe en la música y la creación en la piel.
La apertura del concierto ha llevado a la marea blanca que llenaba el Palau a sentirla con el corazón en la mano. Y desde aquel primer instante, una ola de emoción que embriaga desde el primer acorde hasta el último. Rosalía, y la orquesta que la acompaña, son las protagonistas de una auténtica montaña rusa emocional. El primer acto es el punto álgido, el segundo aterriza y vuelve, el tercero calma y el cuarto vuelve a empujar hasta el final, donde Ella desaparece entre la luz, acompañada por las voces de la Escolanía de Montserrat en Magnolias, y vuelve allí de donde ha aterrizado esta noche. Una Rosalía absolutamente protagonista que desborda expectativas y consigue hacer sentir desde el primer minuto llena el Sant Jordi de emoción desbordante.
Bienvenida a casa, Rosalía
El conjunto sinfónico de la Heritage Orchestra da una nueva vida a los temas de las anteriores Rosalías alrededor de una cruz, a pesar de la ausencia de la de El mal querer, porque tampoco le hace falta volver a todas partes de donde ha venido. La dirección de Yudania Gómez traslada la universalidad de Lux a la pista de baile, y ella misma le consigue quitar el protagonismo a Rosalía, tan solo por unos instantes, con su arreglo de CUUUUuuuuuute que ha hecho bailar al público al ritmo de la orquesta. El público la ha abrazado, y ella ha hecho lo mismo, tanto literal como figuradamente en su vuelta a casa casi cuatro años después. Porque, como dice el dicho, las cosas buenas se hacen esperar, y mejor si son en pocas palabras, y bien dichas.
Como lo hace en el álbum, Rosalía abre la actuación con una emocionante Sexo, violencia y llantas. Poco a poco, ha llegado a casa con Reliquia, donde se acuerda de Barcelona y Divinize, la única canción en catalán del álbum y que el Sant Jordi ha vivido muy intensamente. Una Rosalía visiblemente emocionada saluda a Barcelona, que la abraza de vuelta, y recuerda cómo compartía un escenario con Peret, el "padre de la rumba" y cómo este, experimentado, le decía que no tenía que estar nerviosa. Como ha dicho, "esta noche no es cualquier noche" y toda su emoción la ha trasladado a una Mio cristo piange diamanti que por poco hace ascender a los miles de personas del público.
Entretenimiento a ritmo de orquesta
Coreografías hipnotizantes y trabajadas que enmarcan la estampa de una Rosalía brillante; momentos de ternura con el público antes de romper la cruz-pista de baile con el botafumeiro-altavoz de CUUUUuuuuuute; el confesionario con Yolanda Ramos, que ha tenido atento y risueño al Sant Jordi mientras crucificaba a Jordi, un cantante con quien pasó una noche 'de perlas'; y las pausas entre acto y acto. Todo ha servido para ligar un concierto que, como Lux, tiene un ritmo propio y diferente que, sin alejarse del pop, coge suficiente distancia para dejar disfrutar de cada tema y mover emociones. El misal del entretenimiento ya está escrito para las próximas tres noches de la cantante en Barcelona.