Islas de Saint-Pierre-et-Miquelon (actualmente, Terranova-Canadá), 8 de mayo de 1536. Hace 490 años. Jacques Cartier, navegante bretón al servicio de la monarquía francesa, tomaba posesión de este archipiélago en nombre del rey Francisco I de Francia. Las islas de Saint-Pierre-et-Miquelon no ocultaban grandes tesoros, ni eran agraciadas climatológicamente, ni presentaban un paisaje agrícolamente prometedor. Pero tenían una posición geográfica de gran interés estratégico: estaban en la boca del "canal de los vascos", el estuario del San Lorenzo, el gran río navegable que conectaba —y que conecta— el cuadrante marítimo de los bancos de pesca de Terranova, en el Atlántico noroeste, y los Grandes Lagos norteamericanos, atravesando Quebec.
El difícil viaje de Cartier
La empresa exploratoria de aquellos intrépidos bretones había estado llena de dificultades. Después de surcar el río San Lorenzo hasta los Grandes Lagos, y de explorar y cartografiar lo que posteriormente sería la colonia francesa de Quebec, el invierno especialmente duro de 1535-1536 había sorprendido a la expedición de regreso a la metrópoli y el convoy —formado por las naves Grand Hermine, Petite Hermine y Emerillon— había quedado atrapado por el hielo durante semanas antes de alcanzar el mar abierto. Con el deshielo de la primavera podrían poner rumbo hacia el océano, no sin que el frío y el escorbuto hubieran causado la muerte de 25 de los 110 tripulantes de la expedición. El avistamiento de Saint-Pierre-et-Miquelon anunciaba el fin de sus penalidades.
La isla de Miquelón
Pero Cartier y sus bretones no eran los primeros europeos modernos que ponían los pies sobre estas islas. De hecho, ya habían sido cartografiadas con anterioridad y sus costas ya figuraban en la mayoría de los portulanos de la época. En estos portulanos, se identificaba una de las dos islas principales (las únicas que posteriormente serían pobladas) con el topónimo Miquelón, la adaptación a una lengua románica (probablemente, gascón, el occitano de Gascuña) del antropónimo Miquelatz, que en la cosmogonía tradicional del pueblo vasco (que remonta al neolítico) es una de las figuras primigenias de la humanidad. Sería, más o menos, el equivalente al Abel de la tradición judeocristiana.
El origen vasco del topónimo Miquelón
Esta particularidad se debía a que aquellas islas ya habían sido frecuentadas y denominadas por navegantes vascos a mediados del siglo anterior (décadas de 1440 y de 1450)... ¡¡¡cincuenta años antes de que Colón pusiera los pies en La Española!!! Más concretamente, por tripulaciones balleneras de los puertos de San Juan de Luz, Guetaria, Bidart y Bayona, en el País Vasco francés, que, poco antes de aquellos viajes iniciáticos, había pasado de soberanía inglesa (el estado anglo-aquitano, siglos XII a XV) a titularidad francesa. Pero, ¿qué razón había impulsado a aquellos intrépidos balleneros vascos a navegar hasta aquellas costas? ¿Qué ruta habían trazado para llegar? Y, sobre todo, ¿habían creado algún tipo de establecimiento colonial?
La caza de la ballena transforma la historia de los vascos
A finales de la Edad Media (siglos XIII a XV), la caza de la ballena se convertiría en una de las actividades más rentables en el litoral atlántico europeo. Pero quienes apostaron más fuerte fueron las sociedades locales de la costa bretona y vasca. Hasta el punto de que, en el mundo costero vasco (en aquel momento dividido entre las coronas de Castilla, Euskadi peninsular, y de Inglaterra, Euskadi continental) fueron creadas diversas villas portuarias sobre ensenadas naturales donde antes no había nada. Sería el caso de Bilbao, Bermeo, Lekeitio, Ondarroa, Zumaia, Zarautz o San Sebastián en la parte peninsular; o de las anteriormente mencionadas San Juan de Luz, Guetaria o Bidart en la parte continental.
La deseada ballena
Las fuentes documentales bajomedievales revelan la fuerte competencia entre las diferentes cofradías locales de estos puertos. Explican que estas cofradías tenían "avistadores" en puerto que permanentemente oteaban el horizonte esperando el paso de un cetáceo. Que la presa, que podía ser localizada por varios avistadores, provocaba un gran revuelo en los puertos y carreras de chalupas (una trainera pequeña y rápida) de cada una de estas diferentes cofradías para llegar el primero al cetáceo y clavar el primer arpón (para "marcar" la presa). Y que el resultado, a pesar de los grandes recursos que se empleaban, era tan rentable, que enseguida los más emprendedores decidieron no esperar el paso del cetáceo por el horizonte e ir más allá en busca de la presa.
Las factorías vascas en Miquelón
La presencia vasca en Terranova antes del primer viaje colombino ha sido, históricamente, cuestionada. La escasez de testimonios materiales, más allá de la documentación que generaban las cofradías, había cubierto el fenómeno con un halo de cierta impostura. Pero la investigación historiográfica ha revelado varios episodios puntuales que, unidos por el hilo conductor de la lógica, explican que los balleneros vascos habrían creado factorías efímeras en la costa de Terranova —en Miquelón, por ejemplo—, que se empleaban para desguazar la ballena cazada y estibarla aprovechando hasta el último rincón de la nave. Factorías que, por su naturaleza (construidas con madera) y por su destino (construidas para un uso efímero), no nos llegarían hasta la actualidad.
El largo viaje a Terranova
Los balleneros vascos tocaron Terranova mucho antes de que Colón desembarcara en La Española. La pesca de la ballena catapultaría el mundo vasco hacia la era moderna y hacia un modelo económico precapitalista. Y lo harían con naves varadas para grandes viajes, que practicaban la navegación de cabotaje: País Vasco-Bretaña-Inglaterra-Man-Escocia-Feroe-Islandia-Groenlandia-Terranova. Y de regreso, el mismo camino a la inversa. Ellos, como tampoco aquellos islandeses pioneros del año 1000 liderados por la intrépida vikinga Freydis Eirikdottir, nunca llegarían a saber que habían tocado un continente nuevo. Pero, persiguiendo las ballenas, tocarían el continente americano medio siglo antes que Colón, que, persiguiendo oro, especias y esclavos, no lo haría hasta 1492 en La Española.
