A pesar de llevarlo en el nombre, el Museu de les Arts Escèniques (MAE) no es exactamente un museo, aunque la riqueza de sus fondos bien lo merecería. Es una "colección museística" que no ha dispuesto hasta ahora de un proyecto lo suficientemente generoso para convertirse en un museo con todas las de la ley. ¿Qué le ha faltado? La voluntad política. A pesar de todo, junto al Institut del Teatre una pequeña sala permite contemplar una selección de piezas, mientras que en los sótanos del edificio se preserva el amplio legado de la escena catalana: desde títeres del siglo XIX hasta vestidos de Margarida Xirgu o Montserrat Caballé. Recorrer esos almacenes despierta la memoria teatral, allí se reúne el material de las compañías que en los últimos años han sido la base de las artes escénicas del país: Comediants, la Fura dels Baus, Dagoll Dagom... Anna Valls ha sido la directora del MAE los últimos 20 años, un cargo que pronto abandonará porque se jubila. La poca posibilidad de exhibir los fondos de la colección ha hecho que una de las principales tareas del centro haya sido durante su mandato la digitalización de las piezas, una herramienta que los investigadores del futuro agradecerán enormemente.
¿Qué la llevó a la dirección del Museu d’Arts Escèniques?
Llegué en 2006 procedente de la Biblioteca Universitària Ferrater. Fue un cambio radical: me pidieron difundir el fondo, crear más servicios universitarios y mejorar la eficiencia y los procesos. El museo se había trasladado a la Ciutat del Teatre en el año 2000, con los fondos guardados en dos reservas. En este edificio de 23.000 metros cuadrados no había un espacio expositivo definido para el museo, pero sí para las reservas. En aquel momento quedó claro que el fondo era muy importante para la investigación y la docencia, pero no se apostó por la difusión. Lo primero que hicimos cuando entré fue digitalizar. Entendimos que, si no podíamos tener el fondo expuesto en una sede permanente, lo mejor que podíamos hacer era impulsar su digitalización y divulgación. El legado que dejaré es la gran base de datos, donde todo el fondo está documentado y difundido, además de tener todas las imágenes preservadas en un repositorio diferente. Tenemos digitalizadas más de 300.000 fotografías, 200.000 noticias de prensa, más de 1.000 vestidos, 10.000 bocetos escenográficos y 8.000 carteles. Casi todo el fondo.
¿Qué hace que el fondo del MAE sea tan importante y relevante?
Nuestro modelo no es el habitual: en un solo centro reunimos el archivo, el museo y la biblioteca. De un mismo espectáculo podemos tener desde los documentos del proceso creativo del autor (sea el escenógrafo o el dramaturgo) hasta el vestuario, los carteles, los programas de mano, las fotografías y los vídeos de la representación. Y, de la postproducción, conservamos la recopilación de prensa. Pocas entidades disponen de toda esta tipología documental integrada, porque históricamente los documentos de archivo iban a los archivos, los libros a las bibliotecas y los objetos a los museos. Es un caso singular que nos ha convertido en referentes. Hace un tiempo estuve en la Biblioteca Nacional de Francia, que quiere acercarse a este modelo, explicando nuestra experiencia; fue un motivo de orgullo que nos llamaran.
¿De qué manera explotáis el fondo para difundirlo expositivamente?
Hemos apostado por un modelo sencillo, pero que nos da mucha visibilidad y funciona muy bien: las exposiciones temporales. Se muestran en el vestíbulo y, cuando se acaban, itineran por bibliotecas y centros cívicos. Este formato facilita que los fondos lleguen a toda Catalunya, ya que las muestras son fáciles de transportar y no tienen coste para los centros receptores, un detalle muy valorado.
El fondo está abierto a cualquier creador de Catalunya...
Conservar el material de cualquier artista catalán o que haya trabajado en Catalunya es fundamental porque forma parte del patrimonio escénico. Más adelante valoramos si es necesario hacer una selección. En cuanto al archivo y los documentos, no se suele seleccionar nada, ya que a la investigación le interesa todo: queremos toda la prensa y todos los documentos del proceso creativo. Con el vestuario, en cambio, sí que aplicamos un filtro. Un ejemplo es cuando la compañía Comediants nos quiso hacer su donación: tenían unos 2.000 vestidos. No podemos guardar tantos porque seríamos un almacén y no un museo, de manera que hacemos una selección de lo más significativo, lo que ha recibido premios o lo que está mejor confeccionado. Suelen ser elecciones conjuntas con la compañía; en el caso de Comediants, ingresaron 76 vestidos.
¿Por qué es tan importante guardar la información de un proceso creativo?
Tiene diferentes vertientes. La primera es la investigación: solo se podrá estudiar aquello que ha pasado si lo hemos conservado. Cuando un investigador estudia el teatro independiente catalán, necesita saber por dónde se movía, cómo trabajaba o qué guardaba. Además de la memoria histórica y la investigación, también sirve para que las nuevas generaciones no tengan que reinventar la rueda; si conoces lo que se ha hecho antes, puedes evolucionar a partir de eso. Y la función principal es ser la memoria: si la perdemos, no sabemos quiénes somos ni hacia dónde vamos.
¿También se puede reflejar el contexto político de una época a través de la documentación, como la censura?
Por supuesto. En cuanto a la documentación, hay muchos expedientes de la censura que muestran qué se aprobaba, qué se suprimía o qué se añadía. Esta información nos ha llegado por dos vías: a través de fondos personales y, especialmente, por la compra que se hizo en 1968 del fondo de Artur Sedó. Él era un empresario textil apasionado por las artes escénicas que hizo una tarea ingente: dedicó años a adquirir cualquier archivo o documento en peligro, tanto por su pasión como por ayudar económicamente a la gente del sector. Parte de la documentación sobre la censura que tenemos procede de su archivo.
De vuestro fondo también se puede extraer qué épocas tuvieron más dinamismo. ¿Qué años situaría como los de más esplendor?
La actividad más explosiva se da a partir de los años 70 con el teatro independiente, y eso lo vemos ahora con las compañías que nos ceden sus fondos. Cuando analizas estos materiales, te das cuenta de la potencia que tuvieron grupos como Comediants, Dagoll Dagom, La Cubana, Els Joglars o La Fura dels Baus. Eran compañías muy fuertes que giraban por todo el mundo con unos recursos que hoy difícilmente existen. La Fura dels Baus, por ejemplo, decidió hacernos donación de su fondo porque no lo podían almacenar y recibían muchas consultas para tesis doctorales e investigaciones, de manera que consideraron que el mejor lugar donde podía estar depositado era el MAE.
Esta no es vuestra sede definitiva. ¿En qué punto se encuentra el proyecto del museo?
Respecto a la sede permanente, es evidente que con solo una sala pequeña no podemos ser un museo registrado en la Generalitat; actualmente constamos como colección museística. Los relatos que podríamos generar con nuestros fondos serían de un gran interés para la profesión y para la creación de públicos. Ahora mismo no hay ningún proyecto a corto plazo. En su momento, hacia 2012 o 2013, se habló de la Casa de la Premsa y más adelante se trabajó en la opción del Teatre Arnau, pero no tuvieron éxito. Es un proyecto que requiere la cooperación de las diferentes administraciones —Generalitat, Ajuntament y Diputación—, pero hoy en día no hay una propuesta firme sobre la mesa.
¿Se conserva el espíritu inicial con el que Adrià Gual fundó el fondo?
Se conserva absolutamente todo. Adrià Gual ya previó la importancia de reunir en un solo espacio todo el patrimonio escénico sin disgregarlo por formatos, una visión pionera en un momento en que en todo el mundo se separaba el archivo, la biblioteca y el museo. Esta visión global es hacia donde van los museos actuales. Es posible que, si el museo hubiera sido una entidad externa y no hubiera nacido dentro del Institut del Teatre, esta visión no se hubiera mantenido. Pero al formar parte del Institut y contar con direcciones vinculadas a las artes escénicas, siempre se ha defendido que la memoria no se puede fragmentar ni separar en espacios diferentes.
Actualmente, estamos al límite de nuestra capacidad. Llegamos al edificio de la Ciutat del Teatre en el año 2000 y pudimos gestionar bien el espacio durante dos décadas. Hacia 2023, para resolver los problemas de capacidad, ampliamos la reserva con 200 metros cuadrados adicionales en la PDL, una nave industrial de la Diputación acondicionada con el control de temperatura y humedad necesario para la preservación del vestuario. Sin embargo, la llegada de donaciones de gran volumen como las de La Fura dels Baus o Comediants ha desbordado cualquier previsión. Volvemos a estar completamente llenos y estamos esperando las soluciones de espacio que busquen la Dirección General y el diputado de Cultura de la Diputación.