Si hay algo que todos recordamos de la cocina de nuestras abuelas es ese olor a guiso que inundaba la casa durante horas. No había prisas, ni microondas, ni robots de cocina de última generación. El secreto, además de la mano de la cocinera, solía estar en el fuego lento y en unas ollas pesadas, de esas que parecían eternas. Conscientes de que lo "vintage" no es solo una moda, sino una forma de comer mejor, Lidl ha decidido traer de vuelta uno de sus productos más buscados: el asador de hierro fundido.
No es casualidad que este tipo de piezas se agoten cada vez que salen a la venta. En un mundo de sartenes que se pegan a los dos meses, el hierro fundido es el rey absoluto de la resistencia. Es una inversión para toda la vida que, además, mejora con el uso.

Lidl tiene las ollas que te recordarán a unas muy caras pero están por muy poco
El asador que propone Lidl tiene una capacidad de 4,7 litros, el tamaño ideal para alimentar a toda la familia. Pero lo que realmente marca la diferencia es el material. El hierro fundido retiene el calor de una forma que el aluminio o el acero inoxidable ni sueñan con imitar. Se calienta de manera uniforme, lo que evita que el centro del guiso se queme mientras los bordes se quedan fríos.
Además, este modelo cuenta con un sistema de goteo en la tapa que aprovecha el propio vapor de la cocción para "regar" la comida constantemente. ¿El resultado? Carnes que se deshacen solas y verduras que mantienen todo su sabor sin quedarse secas.
Lo mejor de recuperar estas ollas es que, aunque tengan ese aire antiguo, están totalmente adaptadas a las cocinas modernas. Son aptas para inducción, gas y vitrocerámica, pero su gran ventaja es que pueden meterse directamente al horno. Puedes sellar un pollo o un asado en el fuego y terminar la cocción en el horno sin cambiar de recipiente.
Incluso si te gusta hacer pan en casa, estas ollas son famosas entre los panaderos caseros porque crean un ambiente de humedad perfecto para conseguir esa corteza crujiente y profesional.
En definitiva, Lidl ha vuelto a demostrar que no hace falta gastarse los 200 o 300 euros que cuestan las marcas francesas de lujo para tener una cocotte de calidad en casa. Es una vuelta a las raíces, a los sabores de siempre y, sobre todo, a esa cocina hecha con mimo que tanto echábamos de menos.