Vientos del Atlántico: de norte a sur

- Joan Ramon Rovira
- Barcelona. Domingo, 1 de febrero de 2026. 05:30
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La intervención del primer ministro de Canadá y exgobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, en Davos ha sido muy comentada, en especial por su firmeza ante la cruda exhibición de poder sin limitaciones encarnada por la Administración Trump. Menos atención ha despertado, de su discurso, la visión de un mundo de relaciones comerciales bilaterales en el que, en ausencia de un orden basado en reglas conocidas y respetadas por todas las partes, cada país intenta buscar un terreno común con otros países para construir acuerdos específicos sustentados en valores compartidos. Esto implica una geometría variable en la que, en ausencia de un único poder hegemónico capaz y dispuesto a hacer respetar el orden multilateral, emergen diferentes bloques comerciales con características particulares, según las circunstancias y los intereses comunes con otras regiones del mundo. Queda lejos el ideal representado por la cláusula de “nación más favorecida”, que implicaba otorgar a todos los países el mismo trato comercial del país al que se aplican las mejores condiciones arancelarias.
La firma del acuerdo de la Unión Europea con Mercosur, en negociación desde hace más de dos décadas, se ha acelerado ante los vientos gélidos para el comercio internacional provenientes del Atlántico Norte, y que ahora se desvían y se vuelven más cálidos en la latitud Sur del mismo océano. El anuncio de la “madre de todos los acuerdos comerciales” entre la UE y la India, en paralelo a las sucesivas visitas de los principales líderes políticos europeos a China, son otros ejemplos de este cambio de timón en la dirección de los vientos comerciales internacionales. La experiencia de la globalización acelerada bajo reglas multilaterales de principios de siglo, especialmente desde la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio, ha representado un proceso de aprendizaje, igualmente acelerado, que habría que aprovechar en la nueva fase de grandes acuerdos regionales. La teoría económica ya nos decía que los procesos de apertura e integración comercial crean ganadores y perdedores –por sectores y por territorios. Y que olvidar a los perdedores de la globalización, además de injusto, es una mala elección que tiene costes sociales y luego políticos nada despreciables. La llegada de Trump a la presidencia de la primera potencia, la gran impulsora de la globalización en sus inicios, tendría que haber sido un aviso a navegantes desde el principio –para todos los países abiertos al comercio internacional.
Las protestas de nuestros agricultores y ganaderos ante las amenazas que les puede representar Mercosur no deberían dejarnos indiferentes. Sin embargo, la decisión del Parlamento Europeo de paralizar los efectos del acuerdo y elevarlo a las máximas instancias judiciales de la Unión tampoco es una buena decisión. Ha faltado mucha pedagogía de lo que realmente representa el acuerdo y cuáles son los costes y los beneficios reales para sectores y territorios. También ha faltado sensibilidad para ir al fondo del problema, que en muchos casos no es tanto el acuerdo comercial en sí mismo, como la telaraña de regulaciones, obstáculos y distorsiones que desde la Unión se imponen sobre nuestros campos. El acuerdo contiene suficientes cláusulas de salvaguarda para los sectores potencialmente más afectados para diluir la amenaza de una sustitución plena de los productos más sensibles según el origen. Pero el acuerdo no puede solucionar la brecha enorme representada por unas regulaciones sanitarias, sociales y de protección ambiental muy diferentes. No es –o no debería ser– una cuestión de costes laborales, sino de poder competir en un campo de juego equilibrado. No se trata solo de intentar acercar los países del Atlántico Sur a los estándares europeos en cuanto a los aspectos más irrenunciables que afectan a la salud humana y animal. También habría que aprovechar la ocasión para evaluar en profundidad el sentido y la justificación del pesado entramado de regulaciones que lastra la competitividad de nuestras empresas. Y extendiendo esta evaluación más allá del sector primario.
Olvidar a los perdedores de la globalización, además de injusto, es una mala elección que tiene costes sociales y luego políticos nada despreciables
Un informe reciente publicado por Ceprede (Centro de Predicción Económica, vinculado a la Universidad Autónoma de Madrid) evalúa los principales impactos de Mercosur para la economía española, con desagregación por comunidades autónomas y regiones europeas. Entre los principales resultados obtenidos destaca un beneficio neto positivo para el conjunto de la UE-27, pero relativamente modesto (no llega al 1% de aumento del PIB per cápita). Esta ganancia beneficiaría principalmente a las manufacturas y los servicios europeos, mientras que las exportaciones de recursos minerales y agrícolas de los países de Mercosur aumentarían a tasas de dos dígitos. Por regiones, Lombardía (Italia), Île-de-France (Francia) y Oberbayern (Alemania) se encontrarían entre las principales ganadoras, por el aumento de las ventas de manufacturas y servicios. Mientras que las regiones con una dependencia más elevada de la agricultura y la ganadería (como Basilicata en Italia o alguna zona de Grecia), experimentarían un impacto neto negativo en su territorio.
En cuanto a las comunidades autónomas españolas, los autores del estudio no encuentran ningún impacto negativo neto en el conjunto de cada territorio. El impacto positivo neto para Catalunya se situaría en la media del Estado (alrededor de un 0,2% del PIB per cápita). Ciertamente, cabe esperar que para una mayoría de exportaciones industriales y de servicios el impacto para la economía catalana sea netamente positivo. Como también debería ser el caso para muchas exportaciones agroalimentarias (aceite de oliva, vino, cava, porcino), que se beneficiarán de una ventaja competitiva clara en estos mercados del Atlántico Sur –y en algunos casos de materias primas a un coste más bajo. Hay unas 1.500 empresas catalanas que exportan regularmente a los países de Mercosur, y las ventas totales a la zona se sitúan en un 1,4% del conjunto de las exportaciones catalanas. Algunos subsectores muestran actualmente un grado modesto de dependencia de este mercado (porcentaje de las exportaciones totales dirigidas a Mercosur), y por este mismo motivo tienen un margen importante de crecimiento. La cuestión más sensible son las importaciones, con algunos sectores primarios mostrando ya un elevado grado de dependencia de los países de Mercosur, que podría aumentar significativamente una vez el acuerdo entre en vigor. En conclusión: los acuerdos en el marco de la UE con otros bloques comerciales del hemisferio sur representarán para la economía catalana un beneficio neto en términos agregados. Pero no deberíamos olvidar nunca más que también hay perdedores, y que la principal solución no debería pasar tanto por las ayudas y compensaciones a fondo perdido, como por crear las condiciones para que puedan operar con igualdad de condiciones con sus competidores –que no significa igualdad de costes laborales, sino mayor productividad y unas regulaciones que no les penalicen injustamente.