El umbral
- Mookie Tenembaum
- Cap d'Agde (Francia). Lunes, 29 de junio de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Hay una clase de arma que los estrategas militares llevan décadas describiendo en términos casi escatológicos. No es la bomba atómica, cuyo terror es antiguo y conocido. El implemento bélico que verdaderamente inquieta a los analistas serios es más pequeño, barato y, en cierto modo, más perturbador; se trata del dron completamente autónomo. Una máquina que despega, busca, decide y mata sin que un ser humano intervenga en toda esa secuencia. Ucrania está a un paso de ese umbral. Lo que ocurra del otro lado cambiará la guerra, y quizás algo más que la guerra.
Para entender dónde está parado el mundo hoy, conviene describir con precisión qué existe y qué falta todavía. La inteligencia artificial (IA) ya opera en funciones específicas tales como percepción del entorno, reconocimiento de blancos y navegación autónoma en el tramo final del ataque. Lo que no existe aún en el campo de batalla ucraniano es la cadena completa de decisión. Ningún sistema actual encuentra el blanco, lo selecciona y lo ataca de forma enteramente independiente. El operador humano sigue presente, aunque reducido a un gesto en una secuencia que la máquina casi resolvió por su cuenta.
Lo que frena la autonomía total es un problema de cómputo embarcado. El procesamiento en tiempo real de imágenes a treinta fotogramas por segundo, con millones de píxeles por fotograma, es computacionalmente exigente y tiene costos elevados. La industria ucraniana trabaja con modelos de IA pequeños entrenados sobre conjuntos de datos acotados, para operar sobre los chips de baja potencia que caben dentro de un dron barato.
El dron autónomo completo necesita procesar, clasificar y decidir sobre un blanco en fracciones de segundo, sin conexión externa. Eso requiere más poder de cómputo del que hoy cabe en el cuerpo de una aeronave de unos 100 dólares. Pero esa distancia se achica cada mes.
El dron completamente autónomo es una máquina que despega, busca, decide y mata sin que un ser humano intervenga
Los aparatos no tripulados con navegación autónoma basada en visión cibernética sin señal de ningún tipo demostraron efectividad en el campo de batalla. En julio pasado, vectores aéreos no tripulados con sistemas de piloto automático destruyeron una columna de tanques rusos que bloqueaba todas las frecuencias. Según un operador ucraniano, eran los únicos equipos capaces de detenerlos. Por lo tanto, la arquitectura existe. Lo que falta es extenderla desde la navegación hasta la decisión de ataque, y hacerlo a un costo que permita producción masiva.
Ucrania produce más de tres millones de drones al año en las categorías aérea, terrestre y marítima, con proyección de siete millones en 2026. A medida que la autonomía se expande en ese ecosistema, los requisitos computacionales superarán la capacidad de conectividad disponible por órdenes de magnitud, a menos que Ucrania restructure dónde y cómo ocurre el cómputo. Y este es el verdadero cuello de botella, es decir, no está en fabricar el vehículo aéreo, sino en dotarlo del cerebro suficiente para que tome decisiones letales sin depender de infraestructura externa que el enemigo puede cortar.
Entre tanto, un analista alemán que sigue de cerca el desarrollo ucraniano señala que en el momento en que un operador pueda lanzar cincuenta o cien drones a la vez, la economía de la guerra cambiará por completo. Para Ucrania, el enjambre autónomo convierte el problema de escasez de soldados en un problema de producción industrial, y un proceso productivo es un desafío manejable. Por su parte, Rusia puede reclutar más hombres, pero no puede fabricar más pilotos de dron a la velocidad con que Ucrania puede fabricar los drones mismos.
Los números del campo de batalla ya describen el mundo que viene. A finales de 2025, los drones eran responsables de más del 80% de todos los blancos enemigos destruidos, con más de 800.000 impactos confirmados por video ese año. Doce operadores de drones con suficientes aparatos pueden hacer el trabajo de decenas de soldados de infantería, una proporción que invierte el cálculo tradicional del combate terrestre. Y esto ocurre con sistemas que aún requieren un humano en el ciclo.
En el momento en que un operador pueda lanzar cincuenta o cien drones a la vez, la economía de la guerra cambiará por completo
Un escenario publicado por el Atlantic Council describe una operación en el sector de Járkov donde un comandante ucraniano lanza 800 drones autónomos coordinados para suprimir defensas antiaéreas, identificar posiciones de artillería y explotar brechas en las líneas rusas. Dieciocho minutos después del lanzamiento, la guerra electrónica rusa corta los enlaces tácticos con la infraestructura occidental. Sin embargo, el enjambre no aborta porque continúa sus operaciones sobre instrucciones preprogramadas. Ese escenario no es fantasía especulativa, sino la descripción técnica de lo que los sistemas actuales ya casi pueden hacer.
La humanidad cruzó un umbral parecido en 1914, cuando la ametralladora transformó la guerra de trincheras en un matadero industrial. Los generales que ordenaron cargas de caballería contra ese metal recitaban la doctrina del pasado frente a una realidad que ya los había dejado atrás. El dron autónomo no es la ametralladora porque es más rápido, barato, difícil de detener y opera en todas las dimensiones del campo de batalla a la vez. Los que entiendan lo que está a punto de cambiar tienen poco tiempo para adaptarse. Los que no lo comprendan enviarán infantería a un espacio que ya no les pertenece.
Las cosas como son.