No nos engañemos. En el ámbito del mercado de trabajo y del empleo, aunque las cifras macroeconómicas sigan siendo favorables (tanto en términos de ocupados como de desempleados), la realidad micro es preocupante. En este contexto me he planteado a mí mismo 3 preguntas: ¿De dónde venimos?, ¿qué hemos hecho mal? y ¿qué deberíamos hacer hoy? A continuación, van las posibles respuestas.

I. ¿Por qué hemos llegado hasta aquí?

La gestión del mercado de trabajo, tal como la conocemos hoy, es el resultado de una dilatada evolución normativa e institucional que en algunos aspectos sigue procediendo de la época de la dictadura, de la presencia de factores culturales muy consolidados (como ya he comentado reiteradamente en otros artículos precedentes) y de un contexto macroeconómico determinado, ya que seguimos siendo una economía de servicios, basada en la primacía de las pymes.  

Aunque el vocabulario ha cambiado: de la “colocación” a la “activación”, de los “desempleados” a los “usuarios/demandantes”, del “paro registrado” a los “perfiles de empleabilidad”, el fondo sigue en gran medida anclado en un paradigma surgido en el siglo XX: el empleo como núcleo central de la vida social y el Estado como regulador y compensador de los fallos de un mercado que en su génesis es visualizado como perverso.

Vivimos unos procesos económicos, tecnológicos y sociales que no solo han cambiado el contenido del trabajo, sino su forma

La definición y gestión de las políticas de empleo, aunque ya hemos superado el primer cuarto del siglo XXI, sigue basada en procedimientos y criterios que responden a realidades vividas en el siglo XX. Una realidades que ya no existen o que como mínimo están en proceso de transformación radical y que podemos definir por elementos como: Un mercado de trabajo focalizado en la generación de empleo estable a tiempo completo, un contrato social que se fundamenta en el factor trabajo/empleo como elemento central de la vida humana y vía de acceso a derechos, identidad y protección, un sistema de coberturas centradas en el puesto de trabajo y no en la persona, y un sistema competencial complejo, jerárquico, burocrático, poco racional, e ineficiente.   

Nuestro Sistema de Empleo nace como respuesta a desequilibrios coyunturales, no estructurales, bajo el impacto de criterios e intereses políticos a corto plazo. Un modelo que se basa en el hecho de que las políticas activas de empleo (PAE) se diseñan para insertar en el mercado a personas que se hallan, temporalmente, excluidas del mercado laboral y que no toma en cuenta la existencia de un desempleo estructural cada vez más relevante. En otras palabras, un sistema basado en una lógica que hoy ya no es suficiente para entender ni transformar las realidades actuales.

II. ¿Qué hemos hecho mal?

No hemos sido capaces de adaptarnos a los cambios del mercado de trabajo.  Una incapacidad que, hemos de afirmarlo con claridad y rotundidad, no es solo una cuestión técnica ni económica, sino que tiene sus raíces en elementos culturales, éticos e ideológicos. No hemos tomado conciencia de la presencia de unos nuevos procesos económicos, tecnológicos y sociales que no solo han cambiado el contenido del trabajo (automatización, digitalización, deslocalización), sino su forma: más precario, más disperso, más invisible. El auge de la economía de plataformas, el trabajo informal, el autoempleo precario o el subempleo cualificado han erosionado los mecanismos clásicos de intermediación laboral.

Mientras tanto, las políticas de empleo siguen formando parte de la segunda división entre las políticas públicas, lo que, entre otros efectos, tiene como consecuencia que hayamos sido incapaces de segmentar adecuadamente a los demandantes/usuarios. Algo que en términos médicos se definiría como el error de dar el mismo tratamiento a enfermedades totalmente diversas y diferentes.

Desde el punto de vista de la gestión, hemos seguido gestionando con idénticos criterios, manteniendo un sistema burocrático e ineficiente basado en la desconfianza ante los usuarios. Mientras tanto, hemos ido generando millones de datos, pero estos están segmentados en múltiples fuentes y sistemas, sin ninguna trazabilidad, con lo que no son aptos para las decisiones de gestión que seguimos basando en indicadores y criterios obsoletos.

III. ¿Qué deberíamos hacer hoy?

Para empezar, debemos asumir que no hay un único camino, pero sí ciertas tendencias que parecen inevitables. La cuestión ya no es sobre la necesidad del cambio, sino sobre los criterios o principios sobre los que este debe guiarse.

Hemos de afrontar el tránsito entre un modelo en el que el binomio trabajo/empleo ha sido el núcleo central de la vida social a otro en el que este va a dejar de tener este valor. Lo que comporta reenfocar el sistema para centrarlo en las nuevas necesidades y demandas. El futuro no se organizará por ventanillas ni sobre la base de los intereses de las instituciones que lo gestionan. Hemos de pasar de verdad y no solo en el papel de los procedimientos (desconfianza) a los servicios (confianza).

Tenemos que cambiar el sistema de capacidades, habilidades y motivaciones que permita a las personas vivir, contribuir y transformar el mundo en común

Todo ello supone avanzar hacia modelos basados en el acompañamiento integral y continuo, en la generación de ecosistemas de capacidades y en la incorporación de la inteligencia colectiva para dar soporte a las nuevas realidades. Necesitamos unos servicios de orientación que tengan un enfoque holístico (global) y que, por tanto, sean capaces de combinar orientación, formación, salud mental, atención, movilidad, participación social y ciudadanía digital.

Y para conseguirlo debemos superar las reticencias entre todos los agentes e iniciar una etapa de colaboración y gobernanza participativa. Una etapa en la que cada agente pueda dedicarse a hacer aquello para lo que resulte más competente, con lo que esto supone en términos de roles, responsabilidades, eficiencia y control.

Conclusión: Transformar la gestión del mercado de trabajo no es solo una cuestión técnica ni económica; es una decisión cultural, política y ética con implicaciones más allá de los sistemas de gestión del empleo. Requiere repensar qué entendemos por valor, trabajo, éxito y comunidad. Y en consecuencia, imaginar nuevos pactos sociales, lo que supone cambiar (revolucionar y/o transformar) el sistema de capacidades, habilidades y motivaciones que permita a las personas vivir, contribuir y transformar el mundo en común.