La tentación del modelo

- Mookie Tenembaum
- Cap d'Agde (Francia). Viernes, 6 de noviembre de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Hay una forma de pereza intelectual que se disfraza de método y consiste en buscar un modelo que ya funcione, declararlo equivalente al problema nuevo y copiar las conclusiones. El trabajo parece hecho, pero en realidad no empezó.
El debate sobre la renta básica universal ofrece ahora mismo un ejemplo perfecto. La idea es que el Estado pague a todos los ciudadanos un ingreso fijo, sin condiciones y de por vida, trabajen o no. La discusión es vieja, pero el avance de la inteligencia artificial la volvió urgente. Si las máquinas van a hacer el trabajo, alguien tiene que pensar de qué vivirá la gente y, sobre todo, qué hará la gente. Como los ensayos formales de renta básica son chicos, breves y poco concluyentes, los analistas salieron a cazar experimentos naturales; y así encontraron dos, aunque ninguno sirve.
El primero fue la pandemia. Durante los confinamientos, los gobiernos de medio mundo pagaron a millones de personas para que se quedaran en su casa. Aquello se pareció superficialmente a una renta básica con dinero sin una contrapartida laboral inmediata. Pero el parecido termina ahí. Los pagos no fueron universales, dependieron en muchos países del empleo o del ingreso previo y, sobre todo, tenían fecha de vencimiento; es decir la gente sabía que se terminaba. Nadie reorganiza su vida alrededor de un cheque provisorio, y lo que la pandemia midió fue la conducta de personas en pausa, esperando volver, encerradas además por el miedo y por decreto. Nada de eso se parece a una vida normal con un ingreso garantizado para siempre.
El segundo modelo acaba de proponerlo Stephen Bush en el Financial Times, en una columna de comienzos de septiembre de 2026. Su tesis es ingeniosa, el verdadero ensayo de la renta básica ya existe y se llama jubilación. La pensión estatal es una transferencia de dinero casi incondicional a millones de adultos en todo el mundo desarrollado. Bush mira entonces a los jubilados y extrae lecciones. Así, observa que muchos siguen trabajando por gusto, que otros hacen tareas voluntarias como cuidar nietos o guiar visitas en un museo, y que una porción no hacen nada de eso cae a veces en madrigueras digitales y en ideologías extremas. Concluye que el trabajo importa más allá del sueldo y que una sociedad de renta básica necesitará ocupaciones humanas protegidas.
Si las máquinas van a hacer el trabajo, alguien tiene que pensar de qué vivirá la gente y, sobre todo, qué hará la gente
La conclusión final puede ser cierta, pero el modelo es falso a partir del mismo motivo que la pandemia, aunque cueste más verlo. Así, el jubilado también sabe que su situación se termina, porque se corta su vida.
Ese es el dato que falta en el análisis, es estar al borde de la muerte. Todo lo que una persona hace a los 75 años lo hace frente a la muerte. Se despide, ordena, lega, se distrae de lo que viene. El jubilado que guía turistas en un museo no muestra lo que hace un ser humano liberado del trabajo, sino lo que hace alguien al que se le acaba el tiempo. El retirado decide qué hacer con la etapa que le queda, por su parte el joven con renta básica tendría que descubrir qué hacer con todo el tiempo que tiene. No son variantes del mismo experimento, sino preguntas distintas. Juntar en una misma categoría al que se está yendo y al que recién llega es, dicho con suavidad, poco serio.
Hay una segunda diferencia, y es la que ningún defensor del modelo puede contestar. El jubilado llega al ocio ya formado. Tiene una identidad, ahorros, amigos, hábitos, disciplina, una idea de sí mismo, todo construido en 40 años de trabajo. El receptor de una renta universal empezaría su vida sin ese andamiaje, y esto es lo que está en discusión. Usar jubilados para estudiar la vida sin trabajo es como investigar el efecto de la eliminación de la escuela observando qué hacen los graduados universitarios en sus vacaciones. El graduado lee, se organiza solo y aprovecha el tiempo precisamente porque pasó 20 años moldeado por la institución que el experimento acaba de retirar. La jubilación puede enseñar qué hace una persona que deja de necesitar el trabajo. Sin embargo, no enseña qué hace una persona luego de convertirse en quien es, sin pasar por esa etapa.
La pensión, además, no llega como un regalo porque el jubilado suele percibirla como un derecho ganado con décadas de trabajo y aportes, y la psicología de cobrar lo que uno siente propio no es la de recibir una transferencia sin historia. Una renta universal nacería sin ese relato que la legitima.
Conviene desconfiar de quien llegue con un modelo bajo el brazo porque reemplazará una respuesta con una manera elegante de no pensar
Por último, el modelo descarta a los jubilados que siguen trabajando por necesidad, como si fueran ruido estadístico. No lo son y son evidencia contra una premisa del experimento. Si la transferencia no alcanza para retirar la necesidad económica de trabajar, entonces nadie observa qué pasa cuando esa necesidad desaparece.
Queda la pregunta de fondo. Si los dos modelos fallan de manera tan visible, por qué se los usa. La respuesta es la tentación del principio, pensar sin modelo es caro. Algo ya pasó, se mira lo que sucedió, se copia la conclusión y el artículo se escribe solo. Es la nueva pereza intelectual, y prospera porque el tema de verdad es incómodo. Nunca en la historia una sociedad entera vivió sin necesidad de trabajar teniendo toda la vida por delante. No hay precedente ni experimento natural.
La renta básica universal llegaría sin ensayo general. La respuesta es que no sabemos qué le hace a una persona joven una vida entera sin trabajo, y averiguarlo exige pensar el problema desnudo, sin muletas históricas. Conviene desconfiar de quien llegue con un modelo bajo el brazo porque reemplazará una respuesta con una manera elegante de no pensar.
Las cosas como son.