En junio de 2026, China canceló de manera abrupta dos reuniones diplomáticas de alto nivel con la Unión Europea. Una era un diálogo ministerial sobre asuntos digitales; la otra involucraba al servicio diplomático del bloque. En la liturgia de las relaciones entre Bruselas y Pekín, la silla vacía es un idioma, ya que la Unión Europea usó el mismo recurso un año antes, cuando se negó a celebrar un encuentro económico con China por la falta de avances en las disputas comerciales. Los acuerdos anunciados en los últimos días parecen más una tregua que una paz.

El trasfondo es una guerra comercial que ya no se anuncia, sino que se ejecuta. Las exportaciones chinas hacia el bloque crecieron 16,4% entre enero y mayo de 2026 respecto del año anterior. En los primeros cuatro meses del año, Pekín acumuló un superávit de 113.000 millones de dólares con la Unión Europea, contra 91.000 millones en el mismo período de 2025. El déficit europeo del año 2025 completo llegó a 359.900 millones de euros. La Comisión Europea calificó ese desequilibrio de insostenible y aportó la cifra que mejor lo explica: China concentra el 30% de la producción industrial del planeta y apenas el 13% del consumo. El excedente tiene que ir a alguna parte. Con el mercado norteamericano cerrado por los aranceles de Trump, esa parte es Europa.

Pero la fortaleza china encierra una fragilidad. Sus armas sirven para presionar a Europa, no para reemplazarla. China vendió casi 560.000 millones de euros en bienes al bloque en 2025. Pekín puede demorar una licencia, retener un imán o castigar a una empresa, pero no puede inventar otro mercado europeo de la noche a la mañana. Los mercados emergentes absorben volumen, pero no valor. Esa tensión gobierna todo lo que sigue.

Las cartas de Bruselas

Conviene separar lo hecho de lo prometido, porque la Unión Europea juega en cuatro tiempos distintos.

Lo que ya hizo es el recorte de las importaciones de acero en 47%, mantuvo aranceles de hasta 35% sobre los vehículos eléctricos chinos y abrió tres investigaciones antidumping en junio. Endureció además las reglas de ciberseguridad y bloqueó los fondos públicos para nuevos inversores solares importados, una medida que golpea a proveedores chinos como Huawei y Sungrow, que dominan ese mercado.

Lo que propuso es la Ley de Aceleración Industrial, presentada por la Comisión y todavía en negociación, que excluiría productos chinos de las compras públicas en sectores estratégicos y limitaría las adquisiciones de empresas europeas.

El desenlace más probable no es la victoria de nadie, sino una derrota repartida en proporciones desiguales

Un instrumento contra la sobrecapacidad que le permitiría restringir el acceso chino a sectores específicos del mercado donde la manufactura subsidiada distorsiona la competencia es lo que se estudia. Es un proyecto, no un arma operativa.

Y se reserva el Instrumento Anticoerción. La propia Comisión admitió que activarlo sería una escalada significativa y por eso nunca lo usó, ni siquiera cuando Trump amenazó con aranceles del 30 por ciento a los bienes europeos. Es el botón rojo europeo. Su valor reside en no apretarlo.

Las cartas de Pekín

China juega con otras piezas y todas comparten una misma naturaleza, porque son permisos. Su carta dominante no es la mina de tierras raras, sino la ventanilla. China controla el procesamiento, la separación, la fabricación de imanes y, sobre todo, el sistema de licencias que gobierna su exportación. La industria automotriz europea, la defensa y el rearme del continente dependen de un trámite que se resuelve en Pekín. Pekín fusionó su dominio industrial en esos materiales con poderes de licenciamiento extraterritorial. Europa no es el blanco principal, pero su dependencia de los imanes, las baterías y los materiales chinos la deja expuesta. El Banco Central Europeo encontró que las empresas del bloque no acumularon reservas, y la Agencia Internacional de Energía registró precios hasta seis veces más altos tras las restricciones.

A eso se suman las órdenes 834 y 835, que blindan las cadenas de suministro chinas contra sanciones extranjeras, una nueva ley de inversión hacia el exterior con contramedidas incorporadas y la amenaza de investigaciones antidiscriminación contra empresas europeas que operan en China. La táctica final es la más antigua, consiste en dividir. Pekín presiona a las capitales nacionales una por una para impedir una posición común antes de la cumbre del Consejo Europeo. El primer ministro belga, Bart De Wever, ridiculizó el resultado, ya que los líderes europeos hablan de desequilibrios geoeconómicos, pero no se atreven a pronunciar la palabra China.

La industria automotriz europea, la defensa y el rearme del continente dependen de un trámite que se resuelve en Pekín

El termómetro de esa división es Alemania. La política europea frente a China no se decide solo en Bruselas. Se decide en parte en Berlín, porque Alemania es el país más expuesto en ambas direcciones: China como mercado de sus coches y como competidor de sus fábricas. Los sectores castigados por la competencia china reclaman defensa mientras la industria automotriz teme perder su mercado de exportación. Esa contradicción interna alemana es la versión doméstica del conflicto entero.

Quién gana y cómo

La asimetría favorece a Pekín en el corto plazo, pero no resuelve su problema central, porque necesita compradores solventes para absorber una capacidad industrial que su propio mercado no consume.

La ventaja china es triple mientras dura. La velocidad de una licencia que no se firma detiene una línea de montaje en Stuttgart antes de que Bruselas redacte el primer borrador de represalia, mientras la Unión tiene una larga historia institucional de construir mecanismos que luego despliega con desgana, y el instrumento contra la sobrecapacidad podría quedar empantanado en disputas legales. La cohesión, porque China puede convertir una decisión administrativa en presión inmediata, mientras Europa debe convertir 27 intereses nacionales en una política común, y pocos gobiernos europeos parecen dispuestos a confrontar a China porque razonan que los costos de la acción son demasiado altos, un cálculo que descansa sobre la premisa falsa de que la inacción es barata. La tolerancia al dolor cuando un régimen autoritario administra el sufrimiento económico de su población con más holgura que una democracia que lo paga en las urnas. Aunque también Pekín tiene sus provincias endeudadas, empleo industrial que sostener, exportadores que no pueden perder el último gran mercado abierto.

Europa posee una palanca en comercio, tecnología e infraestructura, pero carece de una estrategia sobre cómo y cuándo usar esas cartas

El desenlace más probable no es la victoria de nadie, sino una derrota repartida en proporciones desiguales. China cederá algo en las licencias de tierras raras a cambio de que Europa diluya el instrumento contra la sobrecapacidad. Habrá una tregua decorada de cumbre. Y debajo de la tregua, el proceso de fondo seguirá su curso: el déficit crecerá, la industria europea seguirá erosionándose y Pekín habrá ganado lo único que de verdad le importa, que es tiempo y acceso. China no busca una victoria espectacular, sino la administración de la demora europea. Es decir, gana por puntos, no por nocaut. Puede ganar el trimestre sin tener asegurada la década, y así suena la anunciada reducción a la mitad de las exportaciones de vehículos híbridos y eléctricos hacia el bloque a cambio de una reducción de aranceles a productos europeos y un acceso optimizado a tierras raras.

La jugada que invertiría el resultado está enunciada en los propios documentos europeos porque Europa posee una palanca significativa en comercio, tecnología e infraestructura, pero carece de una estrategia sobre cómo y cuándo usar esas cartas. El poder existe y la voluntad está fragmentada. Lo que falta es la decisión común de pagar el costo de usarla, y en los conflictos comerciales, como en el ajedrez, la pieza que no se mueve no existe.

Las cosas como son.