En 1920, Lenin definió el comunismo como el poder de los sóviets más la electrificación de todo el país. La frase resume una época entera de la izquierda, cuando los fabianos ingleses soñaban con un gobierno de ingenieros. Asimismo, Wells imaginaba un mundo ordenado por la ciencia. Los progresistas estadounidenses de principios de siglo confiaban en los expertos, en las represas y en los laboratorios. Así, en 1933, la Autoridad del Valle de Tennessee llevó la electricidad al sur pobre de Estados Unidos. No eran la misma izquierda y a veces se detestaban, pero compartían una fe que hoy resulta extraña ante la llegada de la inteligencia artificial (IA). En otro tiempo, creían que aumentar la capacidad técnica de una sociedad era ya una forma de justicia; la izquierda era entonces el partido del futuro y la máquina era su aliada; asimismo, el pasado era su enemigo.

Ese romance terminó en los años 1960 y 1970, cuando el ecologismo cambió la pregunta. Ya no importaba qué podía dar una tecnología, sino qué rompería. De la Alemania de esos años viene el principio de precaución y permite el freno a una novedad aunque nadie demuestre que hace daño. Basta con la duda. Entre tanto, ninguna tecnología importante de la historia nació sin dudas.

La energía nuclear fue la primera víctima. La industria estadounidense ya sufría costos altos y obras demoradas. A eso se sumó el accidente de Three Mile Island en 1979; si bien no mató a nadie, le dio a la oposición el argumento que le faltaba. Estados Unidos casi no encendió un reactor durante tres décadas.

En otro tiempo, la izquierda era el partido del futuro. Creía que aumentar la capacidad técnica de una sociedad era una forma de justicia

La segunda víctima fueron los cultivos transgénicos. Europa les impuso un régimen que dejó su siembra reducida a algo marginal. No dejó de consumirlos e importa cada año millones de toneladas de soja transgénica de América para alimentar a su ganado. El arroz dorado, pensado para combatir la falta de vitamina A en los niños pobres, esperó más de 20 años una aprobación. Así, Filipinas lo autorizó en 2021, pero en abril de 2024 un tribunal de ese país lo volvió a frenar a pedido de organizaciones ecologistas.

Los dos casos dejan la misma lección. Los críticos no detuvieron la tecnología, la mudaron de domicilio. Alemania apagó sus últimos tres reactores el 15 de abril de 2023, pero Francia conservó los suyos y en 2024 marcó el récord histórico de sus exportaciones de electricidad. Una parte de esa energía cruzó el Rin y así el costo no lo pagó la tecnología limitada, sino quien la frenó.

La IA es la tercera repetición del mismo drama. En 2023, los guionistas y los actores de Hollywood hicieron huelga para limitar su uso y en 2024 la Unión Europea aprobó su Ley de IA. Fue la primera del mundo en regular con detalle una tecnología cuyos modelos de frontera son todos ajenos. El 25 de marzo de 2026, el senador Bernie Sanders y la diputada Alexandria Ocasio-Cortez presentaron una ley de moratoria a los centros de datos. El proyecto también prohíbe exportar chips avanzados a los países que no regulen la IA. Así, los argumentos cambian según el día. A veces se habla de los empleos, otras de los derechos de autor, del agua, de la electricidad y del poder de las grandes empresas. Todos comparten una forma, y cada uno defiende algo real de algo que todavía no existe.

Esa forma tiene una explicación: el empleo de hoy tiene sindicato, distrito electoral y nombre propio, pero el de mañana carece de eso. La empresa que existe paga abogados y visita a los legisladores; los equipos de trabajo que nacerían dentro de diez años no pueden votar ni hacer huelga. En toda pelea entre lo presente y lo posible, lo concreto tiene representantes y lo proyectado no. Así, un partido que vive de representar termina siempre del lado de lo que ya está.

El progreso se quedó sin dueño político. Lo defiende un grupo raro y sin partido, hecho de algunos empresarios, libertarios y una minoría de la izquierda

Ese es el cambio de fondo. La izquierda pasó de ser el partido del futuro a ser el de la protección; cubre a gremios, puestos, licencias y trámites. Cuando quiere construir algo, reparte subsidios y después lo somete a sus propias consultas. Sus abuelos querían electrificar el país, pero sus nietos piden un estudio de impacto antes de enchufar un servidor. El nombre quedó y la esencia se fue. Llamarse progresista es hoy una costumbre heredada, como un apellido noble en una familia que perdió las tierras.

El miedo a que la IA destruya a la humanidad nació entre filósofos y entre ingenieros de la propia industria, después la política lo adoptó porque le servía. Ocasio-Cortez habla ahora del daño existencial que la IA causa a la sociedad y Sanders advierte que las máquinas pueden escapar al control humano. Un partido que ya tenía diez razones para frenar no iba a rechazar la undécima.

Entre tanto, la derecha populista tampoco quiere a la IA. El 15 de septiembre de 2026 Sanders y Steve Bannon hablaron uno después del otro en el mismo escenario de Washington, en una asamblea que pedía frenos a la industria. Sanders anunció allí una ley para prohibir para siempre la superinteligencia y al día siguiente la Cámara de Representantes aprobó por 417 votos contra tres una ley sobre el costo eléctrico de los centros de datos. Los tres votos en contra fueron de diputadas progresistas, porque querían la moratoria, pero les pareció poco.

El progreso se quedó entonces sin dueño político. Lo defiende un grupo raro y sin partido, hecho de algunos empresarios, de libertarios y de una minoría de la propia izquierda. Ezra Klein y Derek Thompson publicaron en 2025 un libro sobre la abundancia; es una autocrítica. Admite que el progresismo aprendió a impedir y se olvidó de construir. Tuvo muchos lectores y pocos votos, y un año después las figuras más populares de esa izquierda no proponían construir nada, solo apoyaban una moratoria.

La IA no se detendrá porque un parlamento la mire con desconfianza, sino que se desarrollará donde la dejen

Entre tanto, la IA no se detendrá porque un parlamento la mire con desconfianza, sino que se desarrollará donde la dejen. El que la frene la comprará hecha al precio que fije el vendedor. Europa ya recorre ese camino, y así adquiere la soja que no quiso sembrar junto a la electricidad de los reactores que no deseaba instalar.

Los progresistas de 1920 creían que el futuro era una promesa, pero los de 2026 creen que es una amenaza. Entre una fecha y la otra no cambió la máquina, sino quién tiene algo que perder.

Las cosas como son.