El mundo tecnológico y filosófico lleva meses enfrascado en un debate ensordecedor: ¿son conscientes los nuevos modelos de inteligencia artificial (IA)? ¿Sienten? ¿Tienen alma las matemáticas? Leemos noticias sobre sistemas que dicen tener miedo a la muerte o que meditan sobre su existencia. Y mientras Silicon Valley discute si ha creado a Dios o al Diablo, yo propongo una explicación mucho más terrenal y humana: todo este ruido no es sobre la máquina, es sobre nosotros.

La obsesión por la “conciencia” de la IA es, en realidad, un sofisticado mecanismo de evasión para no lidiar con nuestra propia conciencia. Para entender esto, primero hay que definir qué es la conciencia.

A diferencia de lo que creen los ingenieros de software, la conciencia no es procesamiento de datos ni complejidad neuronal. Es, fundamentalmente, sufrimiento. La biología no gasta energía en "sentir" a menos que sea necesario para la supervivencia. Somos conscientes porque somos vulnerables ante el dolor, la incomodidad, el miedo a morir y, por contrapartida, del alivio.

Una máquina que no puede sufrir, que no tiene miedo a ser apagada porque no entiende la muerte. Tampoco tiene un cuerpo que se degrade, así, no puede tener conciencia. Puede simularla, puede imitar la literatura del dolor, pero es un actor recitando a Shakespeare sin entender las palabras.

No nos amenaza un robot con sentimientos, nos amenaza la obsolescencia laboral humana, la pérdida de propósito, la crisis educativa

Entonces, si la IA no sufre ni siente, ¿por qué estamos tan desesperados por creer que sí lo hace? Aquí entra la psicología de la atención humana. Nuestra conciencia es una carga pesada. Estar consciente es notar la uña encarnada que nos molesta al caminar, es sentir ese dolorcito en la nuca que no sabemos qué es, es recordar que la suegra viene de visita este fin de semana o enfrentar la angustia de las cuentas por pagar. La realidad inmediata es, a menudo, una colección de pequeños y grandes sufrimientos.

El ser humano necesita desesperadamente distraerse de esa realidad. Necesita "no estar ahí".

Históricamente, usamos la ficción, la religión o el entretenimiento. Pero la idea de una "Inteligencia Artificial Consciente" es la ficción definitiva. Es un problema colosal, abstracto y fascinante que secuestra nuestra atención por completo.

Es mucho más fácil y entretenido preocuparse por una hipotética rebelión de las máquinas al estilo Terminator o debatir los derechos civiles de un algoritmo, que preocuparse por la propia vida. Cuanto más grande y ruidoso es el problema ficticio, mejor funciona como anestesia para los problemas reales.

La mente no puede sostener dos crisis a la vez, y prefiere la crisis de película, una que en el fondo sabemos que no nos duele físicamente

Si te convenzo de que una Superinteligencia está a punto de despertar, de repente tu uña encarnada y la visita de tu suegra desaparecen del radar mental. La mente no puede sostener dos crisis a la vez, y prefiere la crisis de película, una que en el fondo sabemos que no nos duele físicamente, por sobre a la crisis doméstica que sí nos afecta.

No existe ninguna conspiración de élites para distraernos. No hace falta. Es la naturaleza humana buscando alivio, el cerebro visitando una excusa para no mirar lo que tiene delante.

Lo irónico y trágico es que, mientras miramos hipnotizados este espectáculo de luces sobre la "conciencia sintética", dejamos pasar los peligros reales, los que no tienen nada de ciencia ficción. No nos amenaza un robot con sentimientos; nos amenaza la obsolescencia laboral humana, la pérdida de propósito, la crisis educativa. Sin embargo, esos son problemas tristes, aburridos y dolorosos, por lo tanto, del glamour del apocalipsis robot.

Así que debatimos si el chatbot tiene sentimientos. No porque nos importe la máquina, sino porque nos aterra quedarnos a solas con nuestra propia, dolorosa y genuina humanidad.

Las cosas como son.