Ya era hora de que en Catalunya se volviera a reivindicar la industria sin complejos. Las deslocalizaciones de hace 25 años y los cierres de la crisis de 2008 crearon un relato según el cual la industria debía perder peso, porque se desplazaba hacia países con costes laborales más bajos, y la apuesta debían ser los servicios y el sector tecnológico. Pero lo que ha pasado ha sido que los servicios, principalmente los vinculados al turismo, que es lo que ha crecido en estos años, han degradado el mercado de trabajo, mientras que el sector tecnológico se concentra especialmente en Barcelona y, aunque también crece, no puede sustituir a la industria en número de puestos de trabajo cualificados.

Ahora vemos que aquella apuesta fue equivocada. No la apuesta por las TIC —sí por el turismo de masas—, sino el abandono de la política industrial. No era tan difícil de ver cuando Alemania, un país mucho más rico que Catalunya, y con costes laborales más altos, seguía apostando por ello... ¡Hablamos de la principal economía de la zona euro! No era tan difícil de ver cuando algunas de las grandes empresas del país, y con mejores condiciones para los trabajadores, eran industrias, como Seat y Grífols —y todo el sector farmacéutico—, por poner solo dos ejemplos.

La covid nos empezó a abrir los ojos, cuando vimos que no podíamos fabricar ni mascarillas ni vacunas y, además, con una industria del automóvil, los componentes y la tecnología muy potentes, tampoco teníamos acceso a un bien capital para miles de productos, desde coches hasta teléfonos móviles, como los semiconductores. Entonces surgió el concepto "autonomía estratégica", dos palabras que ahora se pronuncian en discursos de empresarios y políticos.

Mario Draghi, en su famoso informe presentado en el Parlamento Europeo en septiembre de 2024, desarrolló el concepto, le puso letras y cifras, diagnóstico y tratamiento. El problema era claro y la solución, también. La industria ya estaba definitivamente sobre la mesa: había que invertir en ella, desarrollarla, facilitarle el camino. Pero en casi dos años, las complejidades en el funcionamiento de la Unión Europea han hecho que no se haya avanzado prácticamente nada.

Ahora el mundo económico y empresarial catalán está tomando la bandera de la industria

Quizás por eso, porque estamos donde estábamos, ahora el mundo económico y empresarial catalán está tomando esta bandera. El informe Fènix, presentado hace dos semanas, generó revuelo. Muchos economistas y empresarios se han referido posteriormente. Todos, o casi, a favor. Su leitmotiv no es la defensa de la industria, pero sí que acaba llegando a ella. Su punto de partida es la evidencia de que la apuesta económica de Catalunya en lo que llevamos de siglo nos ha llevado a un estancamiento de la riqueza. Nos hemos deslumbrado por el crecimiento del PIB mientras la renta per cápita apenas crecía.

¿Qué es lo que ha pasado? Que el turismo de masas ha generado miles y miles de puestos de trabajo no cualificados y, para cubrirlos, hemos tenido que importar mano de obra. Esto ha hecho crecer la población y, por tanto, las necesidades de servicios públicos y vivienda. Crecían el empleo y el PIB y lo celebrábamos, pero la calidad de los servicios y de los puestos de trabajo se deterioraba y el acceso a la vivienda se dificultaba enormemente porque los gobiernos no han incrementado la oferta. ¿Y dónde aparece la industria en el informe? Como solución. No es nueva, es un retorno a la industria, como sector con trabajo más cualificado y salarios más altos que pagan más impuestos para pagar los servicios públicos.

La Cecot recuperó la semana pasada su Barómetro industrial, que es un diagnóstico, pero también una llamada a la acción. Para actuar, primero se necesitan datos, saber de dónde venimos, puntos fuertes y débiles, para saber a dónde ir. En dos años, Catalunya ha perdido más de 1.000 empresas industriales. La cifra es preocupante, pero no tanto si se ve que la mayoría son pequeñas, mientras que las medianas y grandes crecen, y que facturan más y dan más empleo.

El otro punto negro del informe es aún más preocupante: el absentismo y la rotación son altísimos, del 7,5% y 2,14 contratos por trabajador y año, respectivamente. No es un problema exclusivo de la industria, pero es el sector con los niveles más altos. Por eso, el presidente de la Cecot, Xavier Panés, se sumó al de Foment, Josep Sánchez Llibre, para pedir un gran pacto contra el absentismo, pero ambos han admitido que es muy difícil porque hay muchas causas y, además, los sindicatos no ven el problema o lo atribuyen a las empresas.

Es necesario que, por primera vez en 25 años, los gobiernos jueguen a favor del sector que nos hará recuperar el vigor económico

Pero las reivindicaciones de la patronal vallesana van más allá y pide a los gobiernos que pongan remedio a los grandes frenos de la industria —además del absentismo—, como la burocracia, la incertidumbre reguladora, el incremento de costes laborales, la falta de seguridad jurídica, la falta de incentivos a la innovación y la escasez de talento. "Con resistir no es suficiente, hay que pasar de resistir a decidir", exclamó Panés.

Este es el paso que debemos dar ahora. Hemos conseguido que se genere cierto consenso sobre la necesidad de potenciar la industria; ahora hace falta que se pongan las políticas. El Pacto Nacional para la Industria, inspirado en el Informe Draghi, prevé inversiones de 5.000 millones hasta 2030. Pero todavía tenemos que ver su desarrollo. Es necesario que escuche a las empresas industriales y dé solución a sus problemas. Que Catalunya deje de transponer las directivas europeas en la versión más restrictiva. Que, por primera vez en 25 años, los gobiernos jueguen a favor del sector que nos hará recuperar el vigor económico y pasen de ser los palos en las ruedas al viento de cola.