El libro Abundance, de Ezra Klein y Derek Thompson, pone el dedo en la llaga de un progresismo que ha olvidado cómo construir cosas.

Hay una paradoja que cualquier persona de izquierdas debería encontrar inquietante. Las ciudades más progresistas del mundo occidental —San Francisco, Barcelona, Berlín, Ámsterdam— son también las que tienen los precios de vivienda más inasequibles, las que tardan más años en construir una línea de metro y las que acumulan más capas de burocracia para sacar adelante cualquier proyecto. ¿Cómo es posible que los lugares gobernados por quien más se preocupa por el bienestar colectivo sean, precisamente, los que más dificultades ponen a la hora de resolver los problemas que dicen querer solucionar?

Esta es, en esencia, la pregunta que vertebra Abundance, el libro que Ezra Klein —columnista estrella del New York Times— y Derek Thompson —periodista de The Atlantic— publicaron en 2025 y que se ha convertido en un fenómeno intelectual en Estados Unidos. Un libro que, a pesar de que parte de la realidad norteamericana, contiene un diagnóstico que debería hacer reflexionar —y mucho— a la izquierda europea.

La trampa de la escasez elegida

La tesis central de Klein y Thompson es tan sencilla como poderosa: el progresismo moderno se ha vuelto muy bueno en decir “no” y muy malo en decir “sí”. Los progresistas han pasado de ser los constructores de la sociedad moderna —los que crearon el estado del bienestar, las infraestructuras públicas, los sistemas de salud universales— a ser sus administradores cautelosos. La izquierda, argumentan, ha abrazado una lógica de escasez: ante la imposibilidad aparente de crear suficiente para todos, la prioridad ha pasado a ser repartir aquello que ya existe y, sobre todo, evitar que se hagan cosas mal.

Ha estructurado políticas en torno a proteger a los afectados, garantizar la participación y minimizar riesgos, de manera que cada actor puede bloquear, y se han generado políticas basadas en la demanda y la redistribución cuando lo que había que hacer es fomentar la oferta y la capacidad productiva (lo que ellos llaman políticas de abundancia).

Los progresistas han pasado de ser los constructores de la sociedad moderna a ser sus administradores cautelosos

Esto, en la práctica, se traduce en políticas que ponen el énfasis en la regulación, la protección y el control del riesgo. Políticas que, una por una, pueden tener todo el sentido del mundo, pero que acumuladas configuran un ecosistema donde hacer cualquier cosa nueva resulta extraordinariamente difícil y caro.

Klein y Thompson lo llaman “escaseces elegidas” (chosen scarcities): no es que no podamos construir más vivienda, desplegar energía limpia o mejorar las infraestructuras; es que hemos decidido, a través de capas y capas de normativa, que construir sea tan complejo que, en la práctica, resulta casi imposible.

Un espejo para la izquierda europea

Aunque Abundance se centra en los Estados Unidos, el espejo que ofrece a la izquierda europea es difícil de ignorar. Pensemos en ello un momento.

La vivienda es quizás el ejemplo más claro. En Europa, los precios han subido más de un 55% desde 2010, mientras que los salarios no han seguido el mismo ritmo. La respuesta dominante desde el progresismo europeo ha sido pedir controles de alquileres, regular los pisos turísticos y limitar la especulación. Medidas todas ellas comprensibles y, en muchos casos, necesarias. Pero la pregunta incómoda es: ¿por qué casi nunca se habla, con la misma intensidad, de crear incentivos para que se construya mucho más?

En Barcelona lo sabemos bien. La ciudad ha dado pasos importantes en la regulación del mercado de alquiler y en la limitación de los pisos turísticos. Pero la oferta de vivienda nueva —pública y privada— sigue siendo desesperadamente insuficiente. Y cuando alguien propone construir más, la reacción desde sectores progresistas a menudo es de sospecha: construir más es hacer el juego a la especulación, se dice. Como si la misma idea de producir más vivienda fuera, por definición, conservadora.

En Barcelona, cuando alguien propone construir más, la reacción desde sectores progresistas a menudo es de sospecha

Esta dinámica se repite en otros ámbitos. La transición energética en Europa se ha encontrado con procesos de aprobación que pueden durar una década para un parque eólico o una línea de alta tensión. Las infraestructuras de transporte público se multiplican en coste y plazos. Los procesos de participación ciudadana, concebidos para democratizar las decisiones, a veces acaban convertidos en mecanismos de bloqueo donde una minoría puede detener proyectos que beneficiarían a una mayoría.

No se trata de decir que la regulación sea mala ni que la participación ciudadana sea un estorbo. Se trata de reconocer que, cuando el principal reflejo de una fuerza política es proteger lo existente en lugar de crear lo nuevo, se acaba generando una situación en la que las cosas no mejoran para nadie —y especialmente para quien más necesita que mejoren.

La política de abundancia: construir para repartir

¿Qué proponen Klein y Thompson como alternativa? Lo que llaman una “agenda de abundancia”: la idea de que el progresismo debería volver a tener como objetivo principal crear más —más vivienda, más energía limpia, más infraestructuras, más innovación— en lugar de centrarse exclusivamente en redistribuir aquello que ya existe.

Los procesos de participación ciudadana, concebidos para democratizar las decisiones, a veces acaban convertidos en mecanismos de bloqueo

La distinción es importante porque no implica abandonar los valores progresistas, sino reorientarlos. No se trata de desregular a la manera de la derecha neoliberal, sino de preguntarse, con honestidad, si cada regulación cumple realmente el objetivo para el cual fue creada o si, por el contrario, se ha convertido en un obstáculo para las mismas personas que pretendía proteger.

Klein y Thompson usan un criterio que resulta iluminador: la pregunta no debería ser “¿gobierno grande o gobierno pequeño?”, sino “¿gobierno que funciona o gobierno que no funciona?”. Si la desregulación produce más vivienda asequible, desregulemos. Si construir vivienda social directamente produce más vivienda asequible, construyamos vivienda social. El objetivo es el resultado, no la pureza ideológica del mecanismo.

El riesgo de no escuchar

Quizás la advertencia más urgente del libro para la izquierda europea es de carácter político. Klein y Thompson argumentan que la política de escasez —donde todo es limitado y el debate político se reduce a decidir quién recibe las migajas— es el terreno perfecto para la extrema derecha. Cuando las personas sienten que no hay suficiente para todos, el mensaje populista que señala a los inmigrantes o las minorías como responsables de la escasez se vuelve terriblemente efectivo.

La crisis de la vivienda en Europa es una prueba clara. Ante la imposibilidad de encontrar un piso asequible, una parte creciente de la población —especialmente joven— se vuelve receptiva al discurso de quien promete soluciones simples y busca culpables. La izquierda, si se limita a ofrecer gestión técnica y controles de precios sin abordar el problema de fondo —que no hay suficiente vivienda—, deja un flanco abierto que la ultraderecha explota sin escrúpulos.

Una autocrítica necesaria, no un cambio de bando

Hay que ser claros: reconocer que la izquierda europea ha caído, en parte, en una lógica de escasez no equivale a abrazar el liberalismo económico desbocado ni a decir que la derecha tenga razón. El mercado, por sí solo, no construirá la vivienda social que necesitamos ni hará la transición energética que nos hace falta. El estado, la regulación y la redistribución siguen siendo herramientas imprescindibles.

¿Pero herramientas al servicio de qué? Si el objetivo es que la gente viva mejor —con un techo digno, con energía limpia, con transporte público de calidad—, entonces hay que medir las políticas por sus resultados, no por sus intenciones. Y el resultado, ahora mismo, en muchas de nuestras ciudades progresistas, es que las cosas no van lo suficientemente bien.

Klein y Thompson argumentan que la política de escasez es el terreno perfecto para la extrema derecha

Abundance no es un libro perfecto. Se le puede criticar un cierto optimismo tecnológico, una insuficiente atención a las dinámicas de poder económico y, como han señalado algunos críticos, un punto de vista que a veces suena demasiado cercano al de las élites tecnológicas de la costa este americana. Pero el núcleo de su argumento —que el progresismo tiene que volver a ser una fuerza que construye cosas y no solo una fuerza que impide que se hagan males una idea que la izquierda europea necesita escuchar.

No por cambiar de bando, sino por volver a ser quien era: la fuerza política que construyó el estado del bienestar, los hospitales públicos, las escuelas universales y las redes de transporte que transformaron la vida de millones de personas. La fuerza que creía que el futuro podía ser mejor que el presente, y que actuaba en consecuencia.