En materia de inmigración, ¿estamos seguros de que hacemos bien las cosas?
- Guillem López-Casasnovas
- Barcelona. Jueves, 29 de enero de 2026. 09:44
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Al grito de que la economía necesita más mano de obra, a menudo las patronales reclaman la inmigración como el agua de mayo; hoy con regularizaciones muy contrarias a las políticas de la Unión Europea. Afectando a trabajadores que ya están trabajando, muchos de ellos en economía sumergida, los sindicatos apoyan la medida. Y desde una valoración que puede parecer políticamente incorrecta, parte de la ciudadanía calla, y otra se muestra entusiasta desde un altruismo solidario eliminador de fronteras.
¿Pero realmente se necesitan estas soluciones, por necesidades de la economía? Veamos. Primero, no estoy convencido a estas alturas de que la economía deba decidir algunos de estos temas sociales y de país. Segundo, tampoco de que necesitar para crecer, haciendo más de lo mismo, sea ahora lo que más nos conviene. O que una regularización que premia a los entrados mayormente con visado turístico sea propiamente solidaria respecto de quienes se juegan la vida con entradas ilegales. O que el resumen de todo esto sea que el Estado hará caja.
Quisiera hacer una mirada introspectiva previa al anterior debate. Hoy la tecnología cada vez expulsa más trabajo que cataloga como no recualificable, ocupados de mediana edad. A pesar de ello, estamos ante una nueva realidad en la que hay personas que deben, pueden o quieren trabajar más años a partir de su expectativa de vida ganada, o que dadas las pensiones, o la situación de la economía, les empujan a hacerlo. De hecho, nuestras tasas de ocupación de los trabajadores entre 55 y 64 años difieren notablemente en Europa. Suelen ser notablemente más altas en el centro y norte de Europa -unos 7 puntos por encima de la española, que se sitúa en torno al 68% (Suecia 77,9%, Alemania 71,4% y Dinamarca 70,7%). Más aún, más allá de esa edad, algunos estudios focalizan la necesidad a futuro de un crecimiento de la tasa de ocupación del grupo de entre 65 y 72 años de 4 veces el índice actual (18,8 respecto al actual 3,98), hecho que permitiría la mejora de la salud de la población y el alargamiento de la esperanza de vida.
Un poco más de imaginación antes de que, por necesidades coyunturales, importemos profesionales de fuera, sin atender mejor el capital humano formado en el país
Diferentes textos documentan que, en el futuro, la capacidad de hacer trabajo físico, comprensión lectora y numérica, y ante el uso de nuevas tecnologías, se deteriorará en las personas adultas. Pero, gracias a las experiencias acumuladas, los trabajadores de más edad pueden desarrollar otras funciones a partir de una mayor capacidad para planificar, orientar y supervisar. Con entornos laborales flexibles, a través de esquemas de jubilación que incorporen especificidades relativas a las habilidades de cada uno, referidas a diferentes ocupaciones y/o acompañadas de un aumento de la formación continuada, debe ser posible, por tanto, ajustar nuestras empresas a los cambios demográficos. Un trabajador de obra debe ser “duro”; un camarero puede ser veterano. Un viejo difícilmente será informático, pero puede ser un buen “reponedor” de almacén. En algunos casos, personas mayores ayudan a colocar la compra de los clientes en el súper, auxiliando a los cajeros, lo que les permite un mínimo de socialización y conversación en países en los que la soledad mata. Otros pueden hacer mentoría en el banco de tiempo, a cambio de otras formas de aprendizaje. También parecería importante que la pequeña y mediana empresa pudiera contar con un reservorio de antiguos trabajadores ya jubilados para ayudar a cubrir con flexibilidad, a tiempo parcial y coyunturalmente, contingencias de empresas de pocos trabajadores ante una baja o un absentismo continuado. Por experiencia, conocimiento, y por valores evitarían disrupciones en situaciones de difícil sustituibilidad.
Para algunas actividades, envejecimiento y productividad van a la par; en otras, la brecha tecnológica dificulta las mejoras en productividad. A veces, la tecnología compensa la discapacidad funcional vinculada al envejecimiento, ofreciendo segundas oportunidades. En nuestro país, muchos servicios personales, hostelería incluida, deberían poder dar esas segundas oportunidades a la gente de mediana edad, expulsada de mercados en los que la tecnología sustituye trabajo de menor valor añadido. Un valor añadido que de manera flexible encontraría gente residente, integrada, con conocimientos lingüísticos y con la cultura propia del país, que podría mejorar rentas de parados de larga duración que lo pasan mal, nos podría ahorrar parte del coste del subsidio de desempleo, prejubilaciones o llamadas sin redes de seguridad para ellos mismos de recién llegados. Unos excedentes que deberían ser contrastados antes de explorar la ocupación de nueva mano de obra inmigrada, que de otro modo deberá poder acogerse correctamente y no agravando problemas de vivienda y de escolarización.
Un poco más de imaginación, por favor, antes de que por necesidades coyunturales importemos profesionales de fuera, sin atender mejor el capital humano formado dentro del país, de cara a hacer sostenibles modelos de maneras de hacer del pasado y que nos hacen insolventes para hacer frente al futuro