Dirigir sin certezas, el nuevo oficio del CEO
- Edgar González
- Barcelona. Sábado, 25 de abril de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 2 minutos
Durante décadas, dirigir una empresa se ha asociado con tener respuestas. El CEO era, en esencia, quien sabía hacia dónde ir, quien definía el camino y reducía la incertidumbre para el resto de la organización. Hoy, esta idea ha quedado obsoleta. El contexto ha cambiado más rápidamente que los modelos de dirección, y lo que antes era una excepción —la incertidumbre— se ha convertido en la norma.
Dirigir sin certezas no es una anomalía temporal, sino una nueva competencia estructural. Ya no se trata de predecir con precisión, sino de moverse con criterio cuando los datos son incompletos, contradictorios o, directamente, inexistentes. El CEO ya no puede esperar a tener toda la información porque, simplemente, nunca la tendrá.
Esto transforma profundamente el oficio. En primer lugar, cambia la naturaleza de la toma de decisiones. Decidir deja de ser un ejercicio de cálculo para convertirse en un ejercicio de juicio. La experiencia, la intuición y la capacidad de leer el contexto ganan peso frente al análisis puramente racional. No porque los datos no sean importantes, sino porque llegan tarde o no explican toda la realidad.
En segundo lugar, obliga a redefinir la relación con el error. Si no hay certezas, equivocarse no es una desviación, es parte del proceso. Las organizaciones que penalizan el error acaban paralizadas; las que lo integran como fuente de aprendizaje se mueven más rápidamente y con mayor capacidad de adaptación. El CEO debe ser el primero en asumir esta lógica y en legitimarla.
El CEO ya no puede esperar a tener toda la información porque, simplemente, nunca la tendrá
También cambia la manera de ejercer el liderazgo. En entornos inciertos, el control tiene menos recorrido de lo que parece. Intentar reducir la complejidad a base de normas y supervisión solo genera rigidez. En cambio, gana relevancia la capacidad de generar contexto: explicar hacia dónde vamos, por qué se toman ciertas decisiones y qué marco orienta la acción. Cuando no hay respuestas claras, lo que se pide es coherencia.
Esto implica confiar más en los equipos. Dirigir sin certezas no es centralizar decisiones, sino distribuir criterio. Las organizaciones más eficientes no son las que tienen un líder que lo sabe todo, sino las que tienen muchas personas capaces de decidir bien. El rol del CEO, en este sentido, se asemeja menos al de un controlador y más al de un arquitecto de capacidades.
El CEO deja de ser quien garantiza respuestas para convertirse en quien sostiene el criterio cuando las respuestas no están. Y eso es el nuevo oficio
Hay, sin embargo, una tensión inevitable: la presión por aparentar seguridad no ha desaparecido. Mercados, consejos de administración y equipos continúan esperando respuestas. El reto es no confundir claridad con certeza. Se puede ser claro sin tenerlo todo resuelto. Se puede transmitir dirección sin fingir control absoluto. De hecho, en muchos casos, la credibilidad aumenta cuando se reconocen los límites.
Finalmente, dirigir sin certezas exige una nueva relación con el tiempo. Las decisiones son más provisionales, más revisables. Lo que hoy es válido puede dejar de serlo mañana. Esto no es debilidad; es adaptabilidad. El CEO debe asumir que cambiar de opinión, si el contexto lo demanda, no es incoherencia, sino responsabilidad.
En este nuevo escenario, el valor no está en eliminar la incertidumbre, sino en saber convivir con ella. Dirigir ya no es tener el mapa, sino avanzar sin él, manteniendo el rumbo. Este es, probablemente, el cambio más profundo: el CEO deja de ser quien garantiza respuestas para convertirse en quien sostiene el criterio cuando las respuestas no están. Y esto, más que una dificultad, es el nuevo oficio.