Demasiado tarde (o demasiado pronto) para la huelga general
- Xavier Alegret
- Barcelona. Lunes, 26 de octubre de 2026. 05:30
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Decir que los sindicatos hacen política es una obviedad. Pero esta vez han cruzado una línea más, casi la del partidismo. La convocatoria de la huelga general del 11 de noviembre después del anuncio de elecciones ya chirriaba, pero oír cómo los dirigentes sindicales proclaman que la huelga es solo el inicio de un periodo de movilizaciones y que entramos en un periodo de conflictividad hace aún más evidente que sus líderes o van tarde o van temprano y ponen la venda antes de la herida por lo que pueda venir.
El momento es poco oportuno. No discuto las causas: es evidente que la falta de oferta de vivienda asequible, tanto para alquilar como para comprar, es alarmante. Es sin duda uno de los grandes problemas de España y de Catalunya. Y también lo es que los salarios han perdido poder adquisitivo, especialmente para las personas y familias que tienen que pagar un alquiler. Pero nada de esto ha pasado de repente. ¿Por qué ahora?
Pepe Álvarez, líder de la UGT primero en Catalunya y desde hace unos años, también a nivel estatal, dijo el viernes desde la fábrica Seat de Martorell —uno de los grandes bastiones ugetistas— que fue una coincidencia. Que Unai Sordo, secretario general de CCOO, y él pactaron hacer la huelga después de la no aprobación de los decretos Maricarmen y convocaron los órganos de dirección para el siguiente lunes para aprobarla. El mismo lunes que, a primera hora, Pedro Sánchez convocó las elecciones del 29 de noviembre y, horas después, los sindicatos anunciaron la huelga.
Como han escrito otros articulistas en estas páginas, las huelgas se hacen contra los gobiernos. Si no hay gobierno, la podrían haber dejado para más adelante. Porque si era tan urgente que no podía esperar el nuevo Gobierno, y los problemas de los salarios y la vivienda no son nuevos, ¿por qué no se ha hecho hasta ahora? Los sindicatos hablan de la caída de los decretos como detonante, pero se pueden hacer diversas observaciones.
Es difícil defender una huelga contra ningún gobernante o contra quien no gobierna. Contra propuestas, intenciones o incluso intuiciones
La primera es que los decretos no eran fruto de semanas o meses de negociaciones políticas y sociales, sino una reacción rápida a la movilización en la calle en contra de un desahucio en particular. Es decir, que no pueden hablar de una gran decepción por el hecho de que no se aprobara una norma que pocas semanas antes no estaba sobre la mesa y no pasaba nada.
La segunda observación es que, finalmente, uno de los decretos, el más amplio, sí que se aprobó en la diputación permanente. Por lo tanto, esta urgencia desaparece, y el resto de causas ya existían antes. ¿Por qué, pues, ahora, cuando no hay un gobierno a quien reclamar nada, y no hace un año, cuando la situación ya era igual de grave? La huelga llega tarde, y ya puestos a llegar tarde, ¿no tendría más lógica hacerla contra el próximo gobierno si las medidas no van en la dirección, a juicio de los sindicatos, de mejorar salarios y acceso a la vivienda?
La huelga en campaña electoral, y el anuncio de más movilizaciones, es un aviso a navegantes. Es un "cuidado con lo que hacéis, saldremos a la calle". Pero tiene un problema de concepto, porque el máximo responsable de la situación, quien ha gobernado España los últimos ocho años, no es el objetivo ni se siente atacado, y aquellos a quienes ataca, los que votaron en contra del decreto –el PP y Vox, que según las encuestas, tienen muchos números de gobernar después del 29N–, les importa muy poco la huelga. Incluso se la hacen venir bien para denunciar las políticas del PSOE que nos han traído donde están y la politización de los sindicatos.
Es difícil defender una huelga contra ningún gobernante o contra quien no gobierna. Contra unos recortes que no se han producido. Contra propuestas, intenciones o ni eso, intuiciones. Sobre todo si mientras llegábamos a la situación que denuncian, no hacían nada. Porque entonces señalan buenos y malos a 17 días de unas elecciones. Y aquí radica otro problema de concepto y quizás es contraproducente para sus intereses. No viven los sindicatos el mejor momento en cuanto a popularidad como para hacer este papel. A veces el fuego amigo es el peor fuego e igual que una astracanada de Javier Milei o José María Aznar puede hacer un mal favor al PP, la huelga de los sindicatos, mucho más cercanos a Sánchez que a Feijóo, puede acabar perjudicando al candidato socialista.
¿Y qué pasará a partir del 30 de noviembre? Si la derecha española suma y forma gobierno, y hace recortes como, por ejemplo, de las pensiones, saldrán a la calle. ¿Y si no las recortan? Si hacen un plan contra la falta de vivienda que se basa en la construcción y en dar seguridad a los propietarios en lugar de basarse en limitar precios, ¿qué harán? Pero vamos más allá. Es mucho menos probable, pero: ¿y si volviera a gobernar Sánchez? ¿Mantendrían las protestas en la calle? Da la sensación de que, dependiendo del Gobierno que salga de las urnas, no tendrá ni los 100 días de gracia o tendrá la paz social automática.