Cuando los riesgos avanzan más rápidamente que las instituciones
- Àngel Hermosilla
- Barcelona. Jueves, 8 de octubre de 2026. 05:30
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Una vez finalizada la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), en la que los principales dirigentes políticos del mundo han repasado los temas internacionales más importantes, conviene analizar el informe de los riesgos globales, The 2026 Global Risk Survey, recientemente presentado por la misma ONU. Se basa en una encuesta a 1.300 personas de diversos ámbitos (gobiernos, empresas, sociedad civil…) de 155 países. Se evalúan 28 riesgos agrupados en 5 campos: política, tecnología, economía, medio ambiente y sociedad. La existencia de dos ediciones de este informe (2024 y 2026) permite hacer un análisis temporal de los riesgos, y constituye un importante apoyo a la hora de anticipar problemas y de tomar las medidas oportunas para que las preocupaciones de hoy no se conviertan en crisis mañana.
La principal conclusión del informe es que el panorama de riesgos globales ha experimentado una transformación importante en los últimos tiempos y cambian rápidamente. El escenario es más dinámico, complejo e interdependiente, con unos riesgos que cada vez están más interconectados —se contagian— y unos problemas que no pueden ser tratados de manera independiente, ante los cuales las instituciones no siempre evolucionan al mismo ritmo y tienen dificultades crecientes para anticiparlos y responder. Por lo tanto, la cuestión es si estamos desarrollando la capacidad de respuesta institucional al mismo ritmo que aparecen y se transforman los riesgos.
A pesar de que actualmente la inacción por el cambio climático sigue siendo la preocupación más importante, según el documento de la ONU, aumentan significativamente los riesgos de carácter político. Concretamente, las tensiones geopolíticas y los riesgos relacionados con conflictos bélicos son los que más suben en relevancia, pasando al centro de las preocupaciones internacionales si se compara con el panorama de hace dos años, cuando destacaban los riesgos ambientales, la desinformación y las pandemias. En cuanto a las tensiones geopolíticas, se apunta que la percepción de un mundo caracterizado por una mayor rivalidad entre países dificulta la búsqueda de soluciones comunes a problemas que, por su naturaleza, atraviesan las fronteras nacionales. Dentro de los riesgos de carácter bélico destaca la preocupación por una guerra a gran escala, preocupación que ha registrado el mayor incremento desde 2024, siendo uno de los principales en términos de importancia, proximidad, interconexión con otros riesgos y falta de preparación institucional. Un 36 % de los encuestados considera que los efectos de un conflicto de estas características podrían afectar a una parte significativa de la humanidad en el plazo de un año, mientras que un 76 % prevé este escenario dentro de los próximos siete años. Este riesgo es especialmente remarcable en regiones del centro y sur de Asia y del África subsahariana, así como del norte y oeste de África. Junto con los anteriores riesgos, hay que añadir, por su relevancia, la preocupación por la información errónea y la desinformación y, a cierta distancia, el colapso del Estado de derecho. Cabe decir que la primera se considera uno de los riesgos más inminentes de todos los analizados, seguido de las tensiones geopolíticas y del aumento de las desigualdades.
El escenario es más dinámico, complejo e interdependiente, con unos riesgos que cada vez están más interconectados
Otro de los grandes cambios identificados en el informe es el incremento de los riesgos tecnológicos, sobre todo de la inteligencia artificial (IA) y las tecnologías de frontera —tecnologías emergentes que están en la frontera del conocimiento y que pueden transformar la sociedad, la economía y la ciencia (computación cuántica, robótica avanzada, biotecnología, neurotecnología…). Estos generan a la vez nuevas oportunidades y nuevos riesgos. Entre las preocupaciones, cabe mencionar la concentración del poder tecnológico, la falta de información suficiente sobre algunas tecnologías, las dificultades para establecer mecanismos eficaces de gobernanza y los problemas y fallos relacionados con la ciberseguridad. Cabe decir que estos riesgos son en los que se tiene menos confianza en el sistema institucional internacional para identificarlos y para reducirlos. Se señala la gran diferencia entre la velocidad de la innovación tecnológica y la capacidad de las instituciones para comprenderla y regularla, generándose una vulnerabilidad global crítica. Por esta razón es necesario crear mecanismos de colaboración, transparencia y gobernanza que permitan aprovechar sus beneficios, reduciendo, a la vez, posibles efectos negativos. En este contexto cabe enmarcar la explosión de declaraciones y advertencias de las últimas semanas en torno a los peligros potenciales de la inteligencia artificial sobre la humanidad, realizadas por parte de expertos y de directivos de algunas de las principales firmas desarrolladoras, como OpenAI y Anthropic, instando a una acción coordinada para desacelerar su desarrollo y para regularla.
Las preocupaciones sobre riesgos de tipo económico se han incrementado en los últimos años, sobre todo en Asia, Europa y Norteamérica. Cuatro de los cinco riesgos económicos son percibidos como más importantes en 2026 que en 2024. Destaca la preocupación creciente por una crisis financiera global, especialmente en el este y sudeste asiático, debido a su impacto sistémico y a la reducida habilidad del sistema multilateral para coordinar una respuesta. Otros riesgos económicos a reseñar, en este sentido, son el estancamiento económico global y el colapso de las cadenas de suministro.
Aunque los riesgos medioambientales han perdido peso relativo entre las preocupaciones globales respecto del pasado, sobre todo el declive de la biodiversidad, la polución a gran escala y los peligros naturales, como se ha apuntado anteriormente, la inacción ante el cambio climático sigue siendo el riesgo global más importante, especialmente en Europa, América y este y sudeste de Asia, y destaca como uno de los principales impulsores de otros riesgos. Las amenazas ambientales (fenómenos naturales extremos, calentamiento global, escasez de recursos…) continúan siendo relevantes, íntimamente relacionadas con numerosos problemas sociales, económicos y políticos, pero se consideran menos urgentes que en 2024. Mientras tanto, ha disminuido la preocupación por las pandemias y los biorriesgos (riesgos biológicos), así como otros riesgos de tipo social, como el movimiento masivo de personas y la proliferación de actores no estatales (incluidos grupos criminales y terroristas).
Uno de los problemas transversales identificados por el documento de las Naciones Unidas es la existencia de una brecha entre la magnitud de los riesgos y la capacidad de las instituciones —sobre todo multilaterales— para responder a ellos. Cuanto mayor es este gap, mayor es la vulnerabilidad global. Es alarmante que algunos de los riesgos que parecen más importantes y más inmediatos sean precisamente aquellos ante los cuales los organismos internacionales están menos preparados. Se denota, pues, un elevado crecimiento de la preocupación por el colapso de las instituciones multilaterales. De hecho, los encuestados del informe remarcan una mayor capacidad de estas para identificar riesgos y advertir amenazas emergentes, pero ha disminuido la confianza en su habilidad de reducirlos y mitigarlos, sobre todo por falta de recursos financieros. Todo esto es especialmente relevante en ámbitos nuevos, como la inteligencia artificial y otras tecnologías emergentes. El documento plantea un desafío fundamental: es necesario desarrollar instituciones, mecanismos de prevención, sistemas de información y formas de cooperación capaces de actuar antes de que los riesgos se conviertan en crisis.
Las preocupaciones sobre riesgos de tipo económico se han incrementado en los últimos años, sobre todo en Asia, Europa y norte de América
De acuerdo con lo anterior, el informe de la ONU destaca que los diferentes riesgos no se pueden abordar de forma aislada. Por un lado, porque estos están en muchos casos íntimamente interconectados, por lo que se necesita una perspectiva amplia en el análisis y en la implementación de medidas. Y, por otro, porque una crisis puede ser la causa de otros riesgos o puede agravarlos. Por lo tanto, existe una conclusión clara en las respuestas de la encuesta realizada: la acción conjunta entre gobiernos y organizaciones se sigue considerando el mecanismo más efectivo para afrontar los riesgos globales, ya que muchos no pueden ser solucionados por un solo país y, además, sus efectos sobrepasan las fronteras. Esto es crucial, sobre todo en los riesgos políticos. Según los encuestados, los principales desafíos y las mayores barreras para gestionar los riesgos son los débiles mecanismos de gobernanza o coordinación y la falta de consenso político. Por lo tanto, la cooperación internacional sigue siendo fundamental, sobre todo la acción multigubernamental, para reducir la vulnerabilidad mundial e impulsar la capacidad de prevención y respuesta. Como apunta el secretario general de la ONU, António Guterres, en la introducción del mismo informe, "ningún país, ninguna compañía, ninguna institución puede hacer frente a estos riesgos solo". En definitiva, hay que anticiparse a las crisis, mejorar la capacidad de las instituciones, compartir información y reforzar la colaboración internacional. Esta es una llamada cada vez más generalizada a nivel internacional, como se pone de relieve, por ejemplo, en el informe "World Trade Report 2026", de la Organización Mundial de Comercio (OMC), publicado a mediados del pasado mes de septiembre. Manifiesta que un sistema multilateral de comercio moderno y fortalecido podría incrementar el PIB mundial de cara a 2050 casi un 3% (3 billones de dólares), mientras que la inacción lo podría reducir hasta un 10%.
En definitiva, el reto no es solo identificar y gestionar riesgos concretos, sino adaptar la capacidad institucional y el entramado multilateral a un entorno cada vez más dinámico, interdependiente e incierto para poder garantizar el progreso de las sociedades y de las personas.