Cuando las estadísticas engañan (y seguimos creyéndolas)

- Pau Hortal
- Barcelona. Sábado, 5 de septiembre de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Hay algo profundamente incómodo en el debate económico actual: no faltan datos, sobran relatos. Y cuando el relato se impone al dato, empiezan las trampas. Trampas al solitario en las que algunos economistas y muchos responsables públicos juegan esperando que nadie mire demasiado de cerca. Porque mirar de cerca incomoda. Nos dicen que la renta mejora. Nos dicen que el empleo crece. Y hay que celebrarlo. Pero rara vez se añade la tercera derivada: si el empleo crece más rápido que la renta, la productividad cae. Y cuando cae la productividad, alguien paga la factura.
Aquí empieza el primer truco narrativo: insinuar que esa caída es culpa de la falta de motivación de los trabajadores. Se habla del "cáncer" de la falta de lealtad, del absentismo, de la escasez de talento. Pero esa lectura ignora algo esencial: la productividad no depende solo del esfuerzo individual. Depende, y mucho, de cómo las empresas integran la tecnología, organizan el trabajo y distribuyen sus excedentes. Culpar a terceros —trabajadores, pymes— es fácil. Explicar las ineficiencias del modelo productivo y de gestión, mucho más incómodo.
El empleo que no se ve (o que no se quiere ver)
Presumimos de tasas de ocupación como nunca. Y no nos sorprende que ese crecimiento conviva con un desempleo estructural muy elevado. Algo no encaja. Parte de la respuesta está en cómo contamos. Los fijos discontinuos, por ejemplo: personas que no trabajan durante parte del año, que a veces cobran subsidios, pero que no figuran como desempleadas en las estadísticas. El resultado es una foto del mercado laboral más optimista de lo real. Los datos no son falsos. Están construidos de una manera que conviene contar así porque, cuando podemos elegir una forma de contar una historia, tendemos a elegir la que más nos conviene.
Productividad hinchada: el truco del denominador
Aquí aparece uno de los mecanismos más sofisticados —y menos discutidos— de esta realidad. Si sacamos del cómputo las horas menos productivas (los meses valle de los sectores estacionales), la productividad aparente mejora. Es un truco de magia: en temporada baja desaparecen horas poco productivas del denominador; en temporada alta se concentra el valor añadido en menos horas trabajadas. Resultado: una productividad artificialmente elevada. La realidad no ha cambiado. Solo la forma de medirla.
El subsidio que no aparece en los presupuestos
Este juego estadístico tiene consecuencias muy reales. Cuando el marco normativo permite que una empresa no asuma costes laborales en los meses de baja actividad, pero capture todo el valor en los de alta demanda, hay algo muy concreto: un subsidio encubierto. No aparece como tal en los presupuestos públicos, pero lo asumimos entre todos, en forma de menos cotizaciones y más prestaciones. Una distorsión, claramente aceptada, que no forma parte ni del debate público, y que además beneficia a unos sectores estacionales mientras otros no reciben el mismo trato. No es solo una cuestión económica. Es una cuestión de equidad.
Las cuestiones incómodas
¿Por qué aceptamos esto como normal? ¿Por qué no repensamos el modelo? ¿Por qué no exigimos mayor transparencia en la gestión de los datos? ¿Por qué tengo que trabajar si puedo tener un nivel de ingresos similar sin hacerlo? Imaginemos algo sencillo: un trabajador de hostelería contratado todo el año que, en temporada baja, hace mantenimiento, pequeñas reparaciones o apoyo en otras áreas de la actividad. No parece revolucionario. Sin embargo, hoy es un comportamiento excepcional que, además, no tiene ningún incentivo. Al contrario. Y ocurre por la suma de varios factores: rigidez normativa, dinámicas de la negociación colectiva, miedo al cambio e incentivos económicos y sociales mal alineados con la realidad. El Sistema, en muchos casos, premia más no trabajar que reorganizar el trabajo. Y eso debería hacer saltar todas las alarmas.
Cuando la diferencia entre no trabajar (con subsidios) y trabajar (con salarios bajos) se estrecha peligrosamente, el Sistema genera desincentivos. No es una cuestión moral. Es lógica económica. Vivimos en entornos donde los subsidios rondan los 800-1.000 euros y los salarios netos, los 1.200-1.500. La distancia es demasiado pequeña. ¿De verdad nos sorprende que algunas personas no busquen empleo activamente? ¿O que aumente el absentismo entre perfiles jóvenes y sanos? No estamos ante un problema de valores individuales. Estamos ante un problema de diseño del Sistema.
El elefante en la habitación: salarios y modelo productivo
Hay otra pregunta que evitamos sistemáticamente: ¿por qué cuesta tanto subir salarios en sectores que ni siquiera están expuestos a la deslocalización? La respuesta vuelve a ser incómoda: modelos empresariales de bajo valor añadido, oferta abundante de mano de obra barata, presión a la baja como consecuencia de la presencia de colectivos vulnerables, incluida la emigración irregular. Y mientras tanto, seguimos intentando ser competitivos compitiendo por abajo. Si todo esto es tan evidente, ¿por qué no lo cambiamos? Probablemente por inercias conceptuales: porque solo pensamos en el corto plazo; institucionales: para evitar conflictos; y estructurales: por la falta de flexibilidad y los medios atávicos de los interlocutores sociales.
El resultado es un equilibrio frágil, pero estable. Una realidad que no maximiza ni el bienestar ni la eficiencia, pero que minimiza el conflicto inmediato. Y eso, en política, suele bastar. Ah. Por cierto. Deberíamos preocuparnos de analizar (seguro que alguien lo habrá hecho ya) y exponer públicamente (con transparencia) cuál ha sido el impacto en nuestra situación económica de los fondos Next-Generation que, recordemos, han tenido que ejecutarse con fecha límite del pasado 31 de agosto.
Nombrar bien para transformar
El problema de fondo no es técnico. Es cultural. No podemos seguir llamando "éxito" a lo que es, en realidad, la consecuencia de un artificio estadístico. No podemos seguir "autoengañándonos" celebrando cifras sin analizar su composición. Nombrar bien las cosas no es un ejercicio académico. Es el primer paso para cambiarlas. Y hoy, más que nunca, necesitamos menos relato y mucha más objetividad y transparencia.