Crear una empresa en dos días con cien euros
- Fernando Trias de Bes
- Barcelona. Domingo, 29 de marzo de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Bruselas vuelve a prometer velocidad. Crear una empresa en 48 horas y por 100 euros. Suena bien. Demasiado bien. Tan bien que conviene desconfiar.
No porque sea falso del todo. En efecto, constituir una sociedad es hoy bastante más rápido que hace unos años. La digitalización ha reducido pasos, ha simplificado formularios y ha rebajado parte de la liturgia burocrática. Pero vender la idea de que emprender en Europa va a convertirse en una operación simple, barata y casi instantánea es, a mi juicio, confundir el acto formal de crear una sociedad con el hecho real de poner en marcha una empresa. Y son dos cosas muy distintas.
Una empresa no nace cuando se legaliza. Nace cuando puede operar. Cuando abre una cuenta, contrata, factura, cumple con la agencia tributaria de cada país, obtiene permisos si los necesita y empieza a moverse con normalidad.
Ahí sigue estando el verdadero atasco. Ahí sigue viviendo la fricción. Ahí sigue instalada esa Europa que proclama mercado único y luego funciona como un mosaico de ventanillas.
Una empresa no nace cuando se legaliza. Nace cuando puede operar. Cuando abre una cuenta, contrata, factura
Por eso, aunque la propuesta del llamado “régimen 28” me parece positiva, me resisto a celebrarla como si fuera una revolución. No lo es. Es una mejora. Útil, sí. Transformadora, no tanto.
El diagnóstico de Bruselas, eso sí, me parece correcto. Europa no está fallando tanto en la creación de empresas como en su capacidad para escalarlas. Ahí está la herida. Crear una sociedad en España, en Francia o en Alemania puede ser relativamente sencillo. Lo difícil viene después, cuando esa empresa quiere operar en varios países y descubre que Europa no es un mercado, sino 27 semimercados con sus reglas, sus registros, sus exigencias, sus traducciones y sus peajes administrativos nacionales.
Ese es el verdadero drama europeo. Tenemos talento. Tenemos emprendedores. Tenemos tecnología. Tenemos incluso capital, aunque menos que Estados Unidos. Lo que no tenemos es escala. Es decir, una arquitectura pensada para que una empresa pase de pequeña a mediana y de mediana a grande sin tener que refundarse administrativamente cada vez que cruza una frontera.
Muchas startups europeas no mueren porque su idea sea mala. Mueren de agotamiento regulatorio. O se venden antes de tiempo. O se quedan pequeñas. O renuncian a crecer fuera porque crecer dentro de Europa es demasiado difícil. En Estados Unidos, una empresa nace sabiendo que su mercado doméstico ya es inmenso y relativamente homogéneo. En Europa, una empresa nace sabiendo que, si quiere expandirse, le espera una colección de aduanas invisibles.
En Europa, una empresa nace sabiendo que, si quiere expandirse, le espera una colección de aduanas invisibles
Ese es el punto que más me interesa subrayar. El emprendedor europeo no solo compite con menos escala. Compite con menos horizonte. Sabe que, cuando salga de casa, tendrá que volver a aprender el idioma administrativo del país de destino. Y eso condiciona decisiones. Frena ambición. Retrasa movimientos. Introduce prudencia donde haría falta osadía.
Por eso creo que esta nueva figura societaria europea va en la buena dirección. Estandarizar parte del marco legal, reducir papeleo y facilitar el reconocimiento transfronterizo puede ayudar. Pero resuelve el núcleo del problema. Porque no toca la fiscalidad. No unifica la regulación laboral. No integra de verdad los mercados de capitales. No elimina licencias nacionales ni diferencias en supervisión. Simplifica la puerta de entrada, pero no rediseña el edificio. Y el edificio europeo sigue estando mal pensado para crecer.
Lo diré sin ambages: Europa lleva demasiado tiempo conformándose con soluciones administrativas para problemas estructurales. Cada vez que detecta una desventaja frente a Estados Unidos o China, responde con una capa nueva de ingeniería institucional, pero evita tocar aquello que de verdad duele políticamente. Y así avanzamos, sí, pero avanzamos de puntillas. Sin molestar demasiado a los Estados. Sin alterar equilibrios. Sin asumir que un mercado único de verdad exige renuncias nacionales de verdad.
El problema político es el de siempre desde que se creó la Unión. La Comisión propone. Los Estados frenan. Ya ocurrió con intentos anteriores parecidos. Puede volver a ocurrir. Porque en cuanto una iniciativa roza de verdad competencias nacionales, aflora el instinto defensivo. Cada país protege su notario, su registro, su pequeño perímetro de soberanía administrativa. Y mientras tanto, el mundo compite a otra velocidad.
Si Bruselas quiere ayudar de verdad al emprendimiento, haría bien en dejar de obsesionarse con la ceremonia de apertura y empezar a tomarse en serio la fase de crecimiento. Porque crear empresas, ya sabemos. Lo que no sabemos todavía es convertirlas en gigantes sin empujarlas a venderse o rendirse por el camino.