Empezamos un nuevo año lleno de incertidumbres: mientras acabamos de digerir el revuelo geopolítico global a raíz de la intervención de Estados Unidos sobre Venezuela para desmontar la dictadura bolivariana y discutimos cómo se gobernará el país durante la interinidad que se deriva, cuestiones como la peste porcina que tanto nos preocupaban hace apenas un mes ya parecen superadas. En medio de todo este ruido y de la sucesión de acontecimientos sobrevenidos, hay una certeza: 2026 será otro año en el que se hablará mucho de inteligencia artificial; lejos de ser una moda, el paradigma se consolida y se acentúa su importancia. 

A pesar de que se han escrito todo tipo de reflexiones sobre **la relevancia de la inteligencia artificial generativa y sus posibilidades, lo cierto es que en términos reales - es decir, a pie de empresa - en 2025 todavía hemos hablado mayoritariamente de potenciales**. Sabemos lo suficiente de sus capacidades como para poder ver lo trascendente que es, pero es una tecnología demasiado embrionaria como para tener todavía aplicaciones troncales en las empresas. Los últimos meses han proliferado los experimentos corporativos: proyectos acotados para hacer o asistir en gestiones que no son críticas: muchas compañías están generando software ad hoc para procesos como encajar los calendarios de vacaciones de todo el equipo, automatizar la preparación de documentos formales para la exportación de mercancías, preparar borradores de textos jurídicos o presentaciones, redactar automáticamente respuestas a correos electrónicos densos o bien generar utilidades para robotizar tareas monótonas y de poco valor añadido. Si bien es indudable la gran utilidad de todas estas herramientas y el apoyo continuado que nos aportan, posibilitando grandes ganancias de eficiencia, estamos hablando de satélites: procesos independientes, con un perímetro muy concreto, que forman parte del catálogo de recursos internos que tiene cada compañía. 

Ahora bien, empieza a perfilarse un mayor cambio de paradigma en el que pasamos de estas utilidades puntuales a una estructura empresarial de personas y procesos diseñada en torno a la IA. Poco a poco dejaremos de hablar de herramientas con un perímetro muy definido e independiente y veremos la interacción de múltiples sistemas, todos ellos pensados con la IA en mente: por ejemplo, un sistema de marketing y ventas que ha reconocido las oportunidades más relevantes extrapolando las características de los mejores clientes actuales, y le ha trasladado posteriormente el listado de posibles clientes a un gestor de correos electrónicos con IA que deja los mensajes preparados como borrador, listos para enviar, y clasifica las respuestas recibidas según si muestran interés o no muestran interés. Finalmente, lo deriva a un sistema de gestión de viajes corporativos que sugiere vuelos y hoteles concretos para visitar a los interesados, encajándolo con la disponibilidad de agenda de la persona y minimizando el coste. A medida que se van uniendo las automatizaciones, gana peso esa sensación curiosa de que las cosas “van solas”: el paso de un mundo empresarial donde las personas ejecutan a un mundo donde las personas supervisan. Las implicaciones son evidentes y de una enorme profundidad: todos los departamentos deberán ser revisados: algunas tareas que hasta ahora eran muy complejas se vuelven triviales y automáticas, haciendo que sobren recursos - por otra parte, se abren posibilidades hasta ahora impensables que requerirán la atención de más profesionales. Por lo tanto, seguro que veremos redimensionamientos de departamentos, y también un revuelo de empresas que mueren (las que daban solución a problemas que ahora han desaparecido) pero otras que nacen (las que se centran en “aterrizar” todo este potencial al día a día concreto de las empresas, haciéndolo digerible y comprensible).

Parece evidente que esta transformación no se hará de forma totalmente sincronizada en todas las empresas. Algunas verán las oportunidades con agilidad y dedicarán prioridad y recursos, otras no sabrán bien de qué va todo esto y se lo mirarán de lejos. Esta diferencia de velocidades supone un riesgo importante: no solo las organizaciones incrédulas o inoperantes quedarán rápidamente sepultadas por la enorme eficiencia y competitividad de los “players” de su sector que hayan sido hábiles en adoptar el nuevo paradigma, sino que la exponencialidad intrínseca en la IA hará que esta distancia sea insalvable muy rápidamente. La empresa que haya recolectado millones de registros internos de conversaciones comerciales, métricas industriales, etc. y lo haya puesto a disposición de la IA generativa devendrá tan superior en capacidad comercial, racionalidad de costes y toma de decisiones que los rezagados no encontrarán ninguna ocasión de alcanzar el umbral, porque cada vez que avancen se encontrarán que el líder ha dado otro salto adelante. En un país de pymes y micropymes como Cataluña, el riesgo de tener un exceso de compañías rezagadas que pueden quedar excluidas de los nuevos escenarios de competitividad es real y grave, y habrá que dedicarle atención y pensar en mecanismos de apoyo externo.

Algunos verán imprevisibilidad, muchos riesgos y falta de control de la situación, otros verán un salto de productividad inédito desde la democratización de Internet a finales de los años noventa, y todas las posibilidades que se derivan de ello. En cualquier caso, no parece que haya escapatoria: preparémonos para un 2026 con todavía más IA, y con consecuencias incluso más profundas. Lo seguiremos de cerca.