Hay una tentación antigua en la conducta humana y consiste en confundir el alivio con el remedio. Quien toma un calmante para un dolor creciente suele olvidar que este calmante no cura. Si el malestar anunciaba una enfermedad grave, la pastilla lo vuelve invisible hasta el momento en que ya no hay tiempo. Esta confusión tiene raíces profundas. El hombre hace cuanto puede por no sufrir, y cuanto hace para no sufrir de inmediato suele producir consecuencias lejanas mucho peores que el sufrimiento original. La política contemporánea es particularmente vulnerable a esta equivocación porque opera sobre plazos electorales cortos mientras los problemas serios operan sobre décadas.
Conviene entonces distinguir dos clases de cuestiones. Están los problemas difíciles, que admiten reducción marginal mediante inversión proporcional de recursos e inteligencia. Una enfermedad curable, un puente mal calculado o una economía mal administrada. Y están los problemas insolubles, es decir, aquellos donde la acción precipitada no reduce el riesgo, sino que lo desplaza, lo enmascara o directamente lo agrava. La bomba atómica pertenece a esta segunda categoría desde 1945. El patógeno sintético pertenece a ella desde que la biología molecular se volvió accesible. La inteligencia artificial capaz de facilitar armas biológicas pertenece a ella desde hace muy poco tiempo. Nadie consintió la bomba, nadie puede desinventarla, cada década aumenta el número de actores capaces de producirla y, sin embargo, la civilización funciona bajo esa espada suspendida. La IA es la siguiente iteración del mismo dilema y no una categoría ontológicamente distinta.
Frente a un problema insoluble, la sociedad democrática siente una presión casi irresistible por mostrar acción. Los gobernantes necesitan probar que hacen algo y los votantes necesitan creer que alguien gobierna el timón. Los burócratas justifican presupuestos y nombramientos. De esa presión combinada nace lo que conviene llamar regulación placebo. Son medidas que alivian la ansiedad colectiva sin modificar el riesgo subyacente. La industria de la seguridad aérea posterior a 2001 produjo cantidades industriales de esto. Otro caso es la respuesta sanitaria a la pandemia; esta sobrevivió durante años a la evidencia que la contradecía. Por su parte, la nueva industria de la gobernanza de inteligencia artificial está en camino de producir algo equivalente, bajo nombres técnicos que cambian cada seis meses. Créditos fiscales catalíticos, certificaciones voluntarias, medallas presidenciales al laboratorio más seguro. Si bien todo suena razonable, es solo Valium.
La tesis central de la teoría misálgica, que sostengo desde hace años, es que la conducta humana entera se orienta hacia el alivio del sufrimiento. La regulación placebo es una confirmación perfecta de esa tesis aplicada al cuerpo político. No previene el daño futuro; alivia la angustia presente de no hacer nada frente al daño que se avizora. Esa función antropológica explica por qué la demanda de regulación simbólica es constante aun cuando la evidencia de su ineficacia se acumule. Los ciudadanos no piden soluciones, piden sedación. Los gobernantes les ofrecen sedación y llaman a eso gobernar. El problema serio no es que el Valium regulatorio no cure, sino que perjudica activamente, y lo hace de tres maneras encadenadas.
Primero, anestesia al aparato pensante que debería continuar investigaciones. Una vez que la opinión pública cree que el problema está resuelto, la financiación, la atención intelectual y la urgencia política se retiran del tema. Nadie invierte seriamente en resolver lo que ya parece resuelto. La falsa solución compra tiempo al político y lo roba al científico. Segundo, premia asimétricamente al actor adversario. Toda medida de defensa produce una renta por elusión. Es decir, quien logra eludirla obtiene ventaja desproporcionada sobre quien la cumple. Esto es tan viejo como el contrabando y tan nuevo como el lavado de dinero con criptomonedas. La regulación, cuanto más rígida y más publicitada, más valiosa vuelve la tarea de esquivarla.
Tercero, y este es el punto más grave, la defensa obsoleta funciona como un vivero de adversarios cada vez más especializados. Es la selección darwiniana aplicada a la criminalidad y al terrorismo. Cada medida defensiva elimina a los atacantes incompetentes y deja con vida a los competentes, que luego reproducen sus métodos y los perfeccionan. El resultado al cabo de una generación regulatoria es un ecosistema adversario más capaz, más sofisticado y más adaptado precisamente a las defensas que lo seleccionaron. Creíamos estar fabricando muros y estábamos fabricando mejores escaladores.
¿Qué corresponde hacer entonces frente a un problema insoluble? Lo primero es lo más difícil, y comienza por no actuar, por actuar. Se debe resistir la presión política de mostrar resultados y reconocer que la quietud reflexiva es una forma legítima y exigente de conducta pública y no una abdicación cobarde. Pascal escribió que toda la infelicidad del hombre proviene de no saber quedarse quieto en una habitación. No hablaba de pereza, sino de higiene mental frente a la urgencia fabricada. La tradición estoica enseñó durante siglos a discernir lo que depende de uno y lo que no depende, a actuar en el primer territorio y aceptar el segundo sin amargura. La oración que Reinhold Niebuhr escribió en 1943, en plena guerra mundial y en vísperas de la bomba, pide exactamente eso. Serenidad para aceptar lo inevitable, coraje para cambiar lo que se puede cambiar, sabiduría para distinguir ambas cosas. Que esa oración haya terminado pegada en las paredes de Alcohólicos Anónimos no le resta rigor filosófico, sino que le agrega universalidad.
La aceptación trágica no es fatalismo, sino disciplina. Es el rechazo simultáneo de dos tentaciones gemelas. La tentación de creer que todo problema tiene solución si se invierten recursos suficientes. Y la tentación contraria de creer que ningún problema la tiene y, por lo tanto, da igual lo que se haga. Entre ambas, la aceptación trágica sostiene durante años la pregunta abierta sin cerrarla artificialmente. Significa la investigación sin promesas, el pensamiento sin apuros y la admisión de que la pieza que hoy falta quizá aparezca dentro de una década o quizá no aparezca nunca. Lo único seguro es que si se deja de buscar, no aparecerá, y que si se simula haberla encontrado, tampoco.
Pensar durante años sobre un problema sin producir soluciones es impopular en una cultura que mide el trabajo intelectual por la velocidad de su output. Pero es exactamente lo que corresponde frente a los problemas insolubles. Mientras tanto, conviene invertir en fricciones marginales que todavía rindan, tales como control sobre insumos físicos escasos, inteligencia preventiva sobre actores sospechosos o transparencia radical hacia los usuarios para que cada uno sepa qué riesgo corre cuando opera estas tecnologías. Ninguna de estas medidas previene un accidente catastrófico; sin embargo, todas disminuyen su costo marginal y compran tiempo. Comprar tiempo no es resolver, pero comprar tiempo honestamente, sin prometer que se resolvió, es lo único honorable que puede hacer un Estado frente a un problema que lo excede.
La diferencia entre el estadista y el burócrata es que el primero admite lo que no sabe. La diferencia entre el pensador y el ideólogo es que el pensador sostiene la duda aunque le pidan certezas. La diferencia entre la política seria y el teatro regulatorio es que la primera acepta que hay noches que ninguna linterna ilumina y que lo mejor que puede hacerse es no apagarla y no fingir que amaneció.
Las cosas como son
Pensamiento
No todo problema tiene solución, y saberlo es parte de pensar
Frente a un problema insoluble, la sociedad democrática siente una presión casi irresistible por mostrar acción
- Mookie Tenembaum
- Cap d'Agde (Francia). Martes, 30 de junio de 2026. 05:30
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