Durante años, el debate sobre el vehículo eléctrico se ha centrado casi exclusivamente en una pregunta: ¿Habrá suficientes cargadores para atender la demanda que se espera? Era una duda muy lógica, porque sin infraestructura no hay transición. Hoy, afortunadamente, la densidad de recarga ultrarrápida ya no es el principal problema (al menos en autopistas, grandes ciudades y vías de conexión), y precisamente por eso emerge otro reto más interesante, donde la tecnología y, en particular, la inteligencia artificial marcan la diferencia. Lo que se preguntan los usuarios no es si encontrarán un cargador, sino si el que encuentren funcionará y no les hará desviarse de su ruta. No es baladí; este matiz lo cambia todo y va a definir el despliegue de muchas infraestructuras. Debemos dar el paso de vender kilovatios-hora a vender algo mucho más valioso: tiempo de calidad.
El modelo de la movilidad eléctrica ya no tiene nada que demostrar. Las baterías actuales ofrecen autonomías de 400 o 500 kilómetros, suficiente para la mayoría de los trayectos. Por otro lado, las infraestructuras de recarga se están extendiendo y afianzando y su cobertura global es ‘sólo’ cuestión de inversión. Hoy, el cuello de botella ya no es técnico, es experiencial. El conductor eléctrico busca fiabilidad, servicios, comodidad y cero fricción. Un café decente, un baño limpio, wifi, una parada bien pensada. Busca, en definitiva, que el viaje fluya. Aquí la inteligencia artificial juega un importante papel y, de hecho, está redefiniendo por completo la movilidad eléctrica. La IA puede tomar decisiones de viaje mejor que nosotros, no porque sea más inteligente, sino porque puede gestionar miles de variables al mismo tiempo: preferencias personales, hábitos, hora de salida, tráfico previsto, climatología, estado real de la batería, disponibilidad de cargadores, potencia efectiva, precios y servicios en cada parada.
Durante la conducción, ningún humano puede procesar todo eso sin distraerse, pero una IA sí. Y puede hacerlo en tiempo real. Puede decirte, por ejemplo: “No pares ahora. En 80 kilómetros hay un cargador libre, una cafetería que te gusta y además evitarás el atasco que se formará en la siguiente salida dentro de 30 minutos”. Sin esa ayuda, el usuario simplemente vería que necesita recargar pronto y pararía en la primera estación disponible. Y es que planificar trayectos con IA no solo mejora el confort; cambia el comportamiento. Reduce la ansiedad de autonomía, elimina el tiempo perdido buscando e introduce la calma, algo fundamental cuando conducimos. La transformación (silenciosa y casi imperceptible, pero poderosa) vendría a ser algo similar a lo que ocurrió cuando aparecieron los navegadores: antes memorizábamos rutas, hoy exploramos más porque delegamos la complejidad.
Ser digital o desaparecer del algoritmo
Y para que todo esto funcione, la IA no puede vivir fuera del vehículo. Debe integrarse en el hardware, en las interfaces que el conductor ya utiliza. Y eso es algo que toda la cadena de valor del vehículo eléctrico debe tener en cuenta, desde el fabricante de coches hasta el operador de recarga. Agentes vocales conversacionales accesibles desde el coche, pantallas que muestran información contextual sin distraer, conexión directa con la batería y con la red de carga en tiempo real. La pregunta clave para el sector sería ahora: ¿quién va a “poseer” al usuario durante el viaje? ¿El coche, la app o la infraestructura? En el futuro más inmediato, quien gobierne la navegación, gobernará la experiencia. Y no olvidemos que ofrecer esa navegación inteligente cuesta dinero: recopilar datos del vehículo en tiempo real, mantener bases de datos actualizadas de la red de carga, calcular rutas optimizadas. Por eso todos los actores —fabricantes, plataformas digitales y operadores de recarga— estamos invirtiendo masivamente en tecnología.
Está claro que los operadores pequeños sin capacidad tecnológica corren el riesgo de quedar fuera. Si tu red no ofrece datos fiables en tiempo real, la IA simplemente no te recomendará. Serás invisible. El usuario nunca llegará a tu estación de recarga porque su sistema de navegación lo llevará a otra que sí esté integrada. En un mundo gobernado por algoritmos, no existir en los datos es no existir en la realidad. Y en cuanto a la repercusión en el usuario, no creemos que sea sostenible regalar aplicaciones inteligentes indefinidamente. Probablemente veremos una evolución similar a la de la música o la navegación: primero prémium, luego estándar básico con capas avanzadas de pago.
Pero por supuesto, para los operadores de recarga, esto implica un cambio operativo profundo. Cuando un usuario llega con expectativas creadas por una IA, no hay margen de error. Si prometiste un cargador libre, de 300 kW y a un precio determinado, y la realidad no coincide, el usuario no culpará a la IA: culpará al operador. Nuestra visión para 2035 es clara. Todo el trabajo manual de planificación y la carga mental del conductor deben desaparecer: sales de casa, dices a dónde vas y conduces. El coche te avisa cuándo es buen momento para parar y te ofrece opciones. Llegas, enchufas, pagas automáticamente y sigues. Cero fricción. Como cuando coges un avión: no eliges la ruta ni calculas el combustible. Simplemente confías y llegas. La batalla ya no es por kilovatios. Es por experiencia. Y en esa batalla, la inteligencia artificial no añade complejidad, sino que la absorbe. Conducir mejor y de forma más sostenible es una realidad.
