La inteligencia artificial (IA), a menudo señalada como un factor que puede limitar el esfuerzo mental, se erige en un instrumento con un potencial significativo para el diseño de programas personalizados de estimulación cognitiva. Esta dualidad ha sido puesta de manifiesto por el psicólogo y doctor en Gerontología Javier Tubío, profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). El experto subraya el papel que esta tecnología ya empieza a desarrollar como recurso de rehabilitación en la elaboración de ejercicios adaptados a la tercera edad.
Tubío ha explicado, en términos neurocientíficos, el concepto de reserva cognitiva. Esta se define como la capacidad inherente del cerebro para establecer conexiones neuronales, lo que permite configurar una red densa que puede compensar daños, deterioros o lesiones localizadas en otras áreas cerebrales. El investigador ha establecido una analogía para ilustrar su función protectora: asimilarla a la red de seguridad de un circo, que salva al funambulista en caso de caída. De una manera similar, una reserva cognitiva robusta puede ejercer un papel defensivo ante la aparición de procesos demenciales.
El desarrollo de esta reserva se produce a lo largo de toda la vida mediante las experiencias vitales y las interacciones con el entorno, especialmente en situaciones que implican el aprendizaje de nuevos conocimientos. Este proceso continuo de creación de conexiones cerebrales es fundamental para contrarrestar las pérdidas cognitivas asociadas a la edad. Justamente, la edad se considera el factor de riesgo más determinante en la aparición de deterioro cognitivo y enfermedades como el Alzheimer. En este contexto, el incremento de la esperanza de vida en la población implica, paralelamente, un aumento estadístico de la probabilidad de desarrollar algún tipo de demencia.
El concepto de neuroplasticidad
Para afrontar este reto, Tubío señala la importancia de actividades que promuevan la neuroplasticidad, como jugar al ajedrez, aprender un idioma o dedicarse a la lectura. No obstante, precisa que estas prácticas solo resultan efectivas para la creación de nuevas conexiones neuronales y para un envejecimiento cerebral saludable cuando suponen una actividad nueva que representa "un reto diario" para la mente.
Esta premisa se fundamenta en el principio neurocientífico ampliamente aceptado de que "lo que no se utiliza, se pierde". Por lo tanto, es crucial salir de la zona de confort y de las rutinas automatizadas para forzar al cerebro a aprender y adaptarse. El entrenamiento mental, en este sentido, requiere "intentar dar un paso más", de manera análoga a como el ejercicio físico exige incrementar el esfuerzo una vez dominado un determinado nivel.
Por otro lado, el experto recalca la íntima relación entre el ejercicio físico y la actividad mental. El cerebro no funciona como un órgano aislado, sino que la salud física tiene una repercusión directa y positiva sobre la salud cognitiva, reforzando los beneficios de un enfoque integral del bienestar. En referencia a la inteligencia artificial, Tubío constata que, si bien es una herramienta que facilita innumerables acciones cotidianas, su uso excesivo comporta el riesgo de que los usuarios "no se esfuercen y ni siquiera se planteen ya pensar en cosas básicas si dependen de ella para todo". Como ejemplos prácticos de esta dinámica, cita la práctica desaparecida de la orientación espacial debido a la dependencia del GPS para desplazamientos mínimos, o el esfuerzo por memorizar recetas de cocina, acciones que antaño ejercitaban la memoria y la planificación.
"La inteligencia artificial y la tecnología nos pueden facilitar la vida, pero también provocarán que no ejercitemos el cerebro y, a largo plazo, puede ser negativo", reflexiona el investigador. A pesar de esta advertencia, reconoce el valor terapéutico que la IA ya está demostrando en ámbitos muy concretos. En muchos centros especializados se utiliza como apoyo para la rehabilitación cognitiva de personas mayores, especialmente en situaciones en las que los recursos humanos, como los psicólogos, no disponen del tiempo necesario para diseñar itinerarios completamente personalizados y ejercicios adaptados a las necesidades específicas de cada paciente.
La conclusión que se extrae del análisis de Tubío es, por tanto, matizada. Rechaza el uso de la inteligencia artificial como sustituto del pensamiento y el esfuerzo cognitivo, pero aprueba su uso estratégico como herramienta auxiliar para acciones que planteen retos cognitivos diarios y estén orientadas a la salud cerebral. La clave reside, a su parecer, en aprovechar su potencial para la creación y la adaptación, sin permitir que sustituya el proceso mental activo.