Cada generación tiene una tecnología que le promete cambiar el mundo. Y cada generación acaba descubriendo que la verdadera pregunta nunca ha sido qué podían hacer las máquinas, sino qué querían hacer los seres humanos con ellas. Barcelona ha tomado el relevo de Madrid en la visita de León XIV y vuelve a situarse en el centro de la atención mediática. La bendición de la torre de Jesús de la Sagrada Família no será un acto más del calendario eclesiástico. Con sus 172,5 metros, la culminación de esta torre convierte el templo de Antoni Gaudí en la iglesia más alta del mundo.
Pero el evento trasciende la arquitectura e incluso la religión. Tiene algo de signo de los tiempos. Durante horas, los medios hablarán de la visita papal, de la seguridad, de los itinerarios, de una ciudad volcada en el evento y de la magnitud de una obra iniciada en el siglo XIX que todavía sigue creciendo. Sin embargo, desde una mirada económica, cultural e innovadora, quizás la noticia más relevante no es la altura de la torre ni la solemnidad de la ceremonia, sino la coincidencia histórica que une tres nombres separados por más de un siglo: León XIII, Antoni Gaudí y León XIV.
La vida se vive mirando hacia adelante, pero a veces solo se entiende mirando hacia atrás. Y para comprender el significado profundo de la relación entre estos tres nombres, conviene viajar al año 1891. Aquel año Antoni Gaudí tenía treinta y nueve años. La Sagrada Família ya estaba en sus manos y comenzaban las obras de la Fachada del Nacimiento, la gran fachada que el arquitecto diseñó personalmente y que tendría la oportunidad de ver crecer en vida. Aquel mismo año, el papa León XIII publicaba la encíclica Rerum Novarum, que pasaría a la historia por intentar responder a uno de los grandes desafíos de su tiempo: las consecuencias humanas de la Revolución Industrial.
Situémonos en aquella Segunda Revolución Industrial. La electricidad empezaba a iluminar las ciudades, el acero y el vapor transformaban la industria, las comunicaciones acortaban distancias y la ciencia entraba por primera vez de manera sistemática en las fábricas. La humanidad tenía la sensación de acelerar hacia un futuro desconocido. Y en la Barcelona del siglo XIX aquel vértigo se hacía especialmente visible. La Barcelona de entonces era una de las ciudades industriales más dinámicas de Europa. Algunos la llamaban el Manchester del Mediterráneo. Otros la comparaban con Chicago. Ambas imágenes tenían sentido. Manchester representaba la fábrica, el textil, el vapor y la revolución productiva. Chicago simbolizaba el crecimiento urbano acelerado, la conflictividad social extrema y la transformación de una ciudad en una máquina económica.
La potencia industrial de Barcelona
Resulta fascinante pensar que Barcelona había conseguido convertirse en una potencia industrial sin disponer de las ventajas naturales de Inglaterra ni de Illinois. Catalunya no tenía grandes reservas de carbón, hierro ni algodón. Sin embargo, una combinación de iniciativa empresarial, puerto, capital repatriado de América, proteccionismo e ingenio industrial permitió construir una poderosa industria textil. Por el puerto entraba carbón de Cardiff y algodón procedente del sur de Estados Unidos, de lugares como Alabama o Misisipi. Y desde Barcelona, apoyada en una red industrial que se extendía hacia el Poblenou y Mataró —un corredor que el primer ferrocarril peninsular contribuyó a articular—, salían tejidos destinados a España, América y otros mercados.
La ciudad se expandía hacia la metrópolis, hacia Sabadell y Terrassa. El dinero de los indianos financiaba fábricas, bancos, viviendas y proyectos urbanos. La electricidad empezaba a transformar la vida cotidiana. Las máquinas de vapor multiplicaban la productividad. Barcelona vivía algo que hoy reconoceríamos inmediatamente: una disrupción tecnológica. Pero toda disrupción tiene una cara luminosa y otra oscura. La productividad aumentaba, la riqueza crecía y la innovación abría nuevas oportunidades, pero también destruía otras. Detrás de cada tonelada de algodón descargada en el puerto, detrás de cada máquina de vapor y de cada nueva fábrica, había miles de personas intentando construir una vida mejor para sus familias. Pero también había jornadas agotadoras, barrios insalubres y una sensación creciente de que el progreso avanzaba más deprisa que la justicia.
Aquella misma ciudad que levantaba las actuales joyas del modernismo y organizaba exposiciones universales era también una ciudad de salarios insuficientes, barrios obreros masificados y conflictos cada vez más intensos. El anarquismo ganaba fuerza entre una clase trabajadora que sentía que los beneficios del progreso no llegaban a todos. En aquella época los papas no viajaban como ahora. León XIII nunca visitó Barcelona. Pero esto no significa que desconociera lo que pasaba en Catalunya. Cuando en 1891 escribió Rerum Novarum, la llamada cuestión obrera era uno de los grandes temas de Europa, y Barcelona se había convertido en uno de sus laboratorios más intensos.
La iglesia catalana y la nueva realidad del mundo del trabajo
Las huelgas, las asociaciones obreras, el crecimiento del anarquismo y las duras condiciones de trabajo de la industria catalana eran fenómenos conocidos en los ambientes eclesiásticos de Roma. Tampoco es casualidad que en aquellos años surgieran Círculos Católicos Obreros, cooperativas y mutualidades inspiradas en el catolicismo social, mientras figuras como Torras i Bages intentaban acercar la iglesia catalana a las nuevas realidades del mundo del trabajo. La respuesta de León XIII no nacía en el vacío. Respondía a un conflicto que también se libraba en las calles de Barcelona.
Rerum Novarum suele presentarse como una encíclica social. Y lo es. Pero también puede leerse como una de las primeras grandes reflexiones sobre el impacto humano de una revolución tecnológica. León XIII no pretendía destruir las fábricas ni detener el progreso. Su preocupación era más profunda: ¿qué pasa con la persona cuando la lógica de la producción, la eficiencia y el beneficio empieza a reorganizar toda la sociedad? La pregunta era profundamente moderna: ¿qué lugar ocupa el ser humano cuando las máquinas transforman el mundo? Más de ciento treinta años después continuamos formulando la misma pregunta.
Quizás por eso el actual pontífice escogió llamarse León XIV. No fue una elección casual, sino una referencia explícita a León XIII y a su intento de responder moralmente a una transformación histórica sin precedentes. Si Rerum Novarum de León XIII fue la encíclica de la revolución industrial, Magnifica Humanitas de León XIV aspira a ser la encíclica de la revolución digital. La analogía es difícil de ignorar. Las máquinas de vapor multiplicaban la fuerza física del trabajador; la inteligencia artificial multiplica ahora determinadas capacidades cognitivas. Las fábricas transformaron la producción; los algoritmos están transformando el conocimiento. La industrialización modificó el trabajo; la IA amenaza con modificar la naturaleza misma de profesiones enteras.
Preservar el papel de los humanos
Sin embargo, el paralelismo más importante no es tecnológico, sino humano. La cuestión fundamental sigue siendo cómo preservar aquello que nos hace humanos cuando una nueva tecnología altera nuestra manera de vivir, trabajar, decidir y relacionarnos. En este sentido, Magnifica Humanitas resulta especialmente interesante porque es una encíclica sobre la persona humana en una época mediada por la inteligencia artificial. El documento advierte contra la reducción de las personas a datos, perfiles, métricas o patrones de comportamiento; denuncia la concentración del poder tecnológico en manos de unas pocas corporaciones capaces de influir en economías, gobiernos y ciudadanos; alerta sobre el uso militar de sistemas autónomos que diluyen la responsabilidad moral de las decisiones y critica la tentación de sustituir el juicio humano por sistemas tecnológicos presentados como neutrales e inevitables.
En el fondo, la preocupación es la misma que entonces: la persona es más que aquello que se puede medir. Lo era en la fábrica. Lo es ante el algoritmo. Y aquí Gaudí deja de ser solo el arquitecto de la efeméride y se convierte en el verdadero puente simbólico entre los dos papas llamados León. León XIII respondió a la Revolución Industrial con una doctrina social para defender la dignidad del trabajador. León XIV intenta responder a la revolución digital con una reflexión sobre la persona en la era de la inteligencia artificial. Gaudí, entre ambos, ofreció otra respuesta: el arte como forma de comprender el mundo cuando la sociedad avanza más deprisa de lo que el ser humano es capaz de asimilar.
Porque el arte no explica por sí solo el progreso, pero ayuda a preguntarse por su sentido. No resuelve los conflictos sociales, pero puede hacerlos visibles. No sustituye la ética, pero es un acto de fe. No es política, pero recuerda que el progreso necesita una orientación humana. En medio de aquella Barcelona de fábricas, humo y barricadas, Gaudí decidió levantar una obra inspirada en la fe y la naturaleza: un bosque de piedra entre chimeneas. Quizás comprendió algo que las épocas de cambio pueden olvidar: que las personas no viven solo de eficiencia, productividad o innovación. También viven de significado.
La fuerza simbólica de la torre de Jesús
Y cuando ya era uno de los arquitectos más célebres de Europa, no se dejó atrapar por su propia fama. Renunció a continuar con otros encargos y se dedicó exclusivamente a la Sagrada Família, sabiendo que no la vería acabada. Aquella decisión quizás perseguía algo más que culminar una obra. Quizás quería mantener viva la pregunta sobre el significado de ser. Por eso la bendición de la torre de Jesús tiene una fuerza simbólica que trasciende la arquitectura. En una época dominada por la inteligencia artificial, los datos, los algoritmos y la automatización, su obra nos recuerda que las grandes revoluciones tecnológicas nunca son solo tecnológicas.
También son culturales, sociales, políticas y espirituales. Lo fue ya en sus fundamentos, cuando Barcelona era fábrica, humo y conflicto. Lo fue cuando la basílica fue calcinada por la furia. Y lo es hoy, cuando es coronada y bendecida por León XIV. Entre León XIII y León XIV, Gaudí levantó una obra que ha tardado más de un siglo en completarse. Quizás porque las preguntas verdaderamente importantes necesitan generaciones enteras para formularse. Y quizás esta es la lección más actual de la Sagrada Família: las revoluciones cambian las herramientas con las que vivimos, pero nunca sustituyen la necesidad humana de encontrar sentido. Entre León XIII y León XIV, Gaudí dejó también un tercer León en la torre de San Marcos: alado, silencioso y suspendido sobre Barcelona.