"Gracias por abrir la puerta a una Venezuela mejor". La frase de Josu Jon Imaz, consejero delegado de Repsol, sentado a la mesa de la Casa Blanca el pasado viernes con otras grandes petroleras y mirando a los ojos a Donald Trump pocos días después de que detuviera a Nicolás Maduro, no deja lugar a dudas. Para Repsol, la empresa española con más exposición al país sudamericano, la nueva etapa supone una oportunidad de negocio.
Limitada hasta ahora por el control estatal y por el veto a las exportaciones de petróleo de los Estados Unidos, Repsol produce diariamente 45.000 barriles diarios de petróleo, aunque su actividad esencial en el país es la producción de gas, que se hace conjuntamente con Eni y sirve para suministrar la mitad de la electricidad del país. "Tenemos capacidad para triplicar la producción de petróleo en Venezuela", le dijo también Imaz a Trump durante la reunión retransmitida en directo. "Tenemos capacidad, estamos en el territorio, tenemos tecnología", defendió.
"Buen trabajo", le respondió el presidente del "drill, baby, drill (perfora, chico, perfora)", que confía en el control del petróleo y no en las renovables (de las que se desmarca y se borra de todos los pactos para combatir el cambio climático) para reforzar su papel dominador en Occidente.
Repsol llegó a Venezuela en 1993, pocos años antes de que el país alcanzara su máximo de producción en 1997, cuando llegó a los 3 millones de barriles por día. Desde la llegada de Maduro al poder, esta producción se ha reducido un 70%, en parte por la falta de inversiones y en parte por las sanciones de Trump contra las exportaciones.
El petróleo de Venezuela es pesado y extrapesado y necesita unas inversiones para procesar y es aquí donde empresas como Repsol, con la ayuda de la administración Trump, quieren desplegar el potencial del país, que es el que tiene la mayor reserva petrolera del mundo, por delante de Arabia Saudí.
La producción de Repsol se reparte en una propiedad del 60% de la petrolera estatal PDVSA y un 40% Repsol, con dos campos incorporados recientemente, Tomoporo y Ceiba, que han permitido una mejora de los activos. El gas, por otra parte, se hace en el campo offshore Perla, en el activo Cardón IV, operado a medias con Eni.
Si miramos las cifras de lo que produce Repsol y de lo que Imaz asegura que puede alcanzar en un plazo de tres años en el contexto de la producción de la empresa, se trata de un potencial crecimiento del 13%. Según las cifras del tercer trimestre del año pasado, la producción diaria de petróleo en todo el mundo de Repsol era de 551.000 barriles. Si triplica su producción en Venezuela, lo hará con 90.000 barriles más y los 135.000 barriles que produciría serán el 25% del total (sin contar con aumentos en otros lugares).
El crecimiento no se puede calcular en términos de facturación porque los precios del petróleo oscilan constantemente. De hecho, este mismo domingo analistas han explicado a la agencia EFE que el barril podría bajar por debajo de los 60 euros, después de una caída del 18% en su precio en los últimos doce meses.
Para Repsol, la exploración y producción de petróleo supuso el pasado 2024 un 44,9% de la facturación, 1.490 de los 3.327 millones de ingresos, por delante de las inversiones industriales, muy cerca, y de la venta a clientes. Por lo tanto, un incremento de estas características sería un impulso significativo a su negocio. Los mercados, por ahora, lo han recogido con prudencia, con una subida escasa por debajo del 1% desde la detención de Maduro.
Pero los analistas de Jefferies, reconocido banco de inversión, han incrementado el precio objetivo de la empresa con un gran potencial alcista y la reconocen como la empresa con más recorrido en Venezuela. Habrá que esperar ahora si Trump piensa igual, pues será él quien reparta los trozos del pastel y termine de determinar las reglas del juego, pero con un objetivo claro: hacer de intermediario entre el país, los productores y los compradores.
De pasada, Imaz también recordó a Trump las inversiones de la empresa en Estados Unidos, de 21.000 millones de dólares desde el año 2008, sobre todo en Alaska, Pensilvania, Texas y Golfo de América. La de Alaska cuenta con un proyecto para aumentar la producción.
