El petróleo vuelve a situarse en el centro de las preocupaciones de los mercados internacionales. El barril de Brent, de referencia para Europa, ha alcanzado los 110,50 dólares en la negociación de futuros a las 7:30 GMT de este martes. En la sesión anterior llegó a marcar los 110,70 dólares, su nivel más alto desde el pasado 20 de mayo.
La escalada de las tensiones en Oriente Medio y los riesgos para el suministro energético explican estos movimientos al alza. Los inversores siguen de cerca los ataques contra infraestructuras petroleras en Arabia Saudí, atribuidos a los rebeldes hutíes, así como los incidentes que afectan al tráfico marítimo en el golfo Pérsico. La sucesión de episodios ha reforzado el temor a nuevas interrupciones en una de las principales arterias del comercio mundial de hidrocarburos.
El estrecho de Ormuz continúa siendo el punto crítico para la evolución del mercado. Antes del conflicto, por este paso marítimo circulaba aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado. Cualquier interrupción prolongada repercute en la disponibilidad de crudo, los costes logísticos y los precios internacionales de la energía.
La inseguridad de la ruta ya tiene consecuencias cuantificables. Según informaciones de Financial Times, el flujo de petróleo a través del estrecho cayó hasta unos 2,9 millones de barriles diarios el 11 de octubre, frente a un máximo de 15,5 millones registrado en septiembre. El repunte de los ataques contra embarcaciones ha llevado a algunas navieras a evitar la zona, mientras que los desvíos y las medidas adicionales de seguridad encarecen el transporte.
El deterioro de la situación también afecta a los costes de los petroleros. El aumento de las primas de seguro de guerra, las dificultades para organizar los cargamentos y la prolongación de los trayectos reducen la eficiencia de las cadenas de suministro, incluso cuando parte de las exportaciones logra mantenerse mediante rutas alternativas.
Los analistas de ING apuntan que el mercado mantiene una prima de riesgo significativa por la volatilidad geopolítica, según recoge Reuters. Esa prima podría reducirse gradualmente si los flujos de petróleo continúan sin nuevas interrupciones, pero la sucesión de incidentes dificulta anticipar una normalización sostenida.
Para las economías europeas, un Brent sostenido cerca de los 110 dólares representa un riesgo adicional para la inflación y los costes empresariales. El encarecimiento del crudo puede trasladarse al precio de los combustibles, al transporte y a determinados procesos industriales, aunque el impacto final dependerá también del tipo de cambio, los márgenes de refino, los impuestos y la evolución de la demanda.
El efecto no se limita al petróleo. El Financial Times ha advertido de que las restricciones al tráfico energético por Ormuz, junto con las dificultades para abastecer los mercados internacionales, están contribuyendo a tensionar también el mercado europeo del gas. La competencia por los cargamentos de gas natural licuado puede elevar los costes de aprovisionamiento para Europa, especialmente cuando coincide con la preparación de las reservas para el invierno.
Una subida prolongada de la energía complicaría asimismo la tarea de los bancos centrales. Si los mayores costes energéticos se trasladan de forma persistente a los precios finales, podría ralentizarse la moderación de la inflación y reducirse el margen para relajar la política monetaria.
Las diferencias entre Washington y Teherán mantienen estancadas las negociaciones de paz y dejan abierto un escenario de elevada incertidumbre. Una mejora verificable de la seguridad marítima podría aliviar la prima geopolítica y favorecer una corrección de los precios. Por el contrario, nuevos ataques o una interrupción más profunda del tráfico elevarían el riesgo de nuevas subidas.