El mercado mayorista de electricidad ha vuelto a despertar las alertas este sábado con una subida sostenida que parece confirmar una tendencia inquietante para el bolsillo de los consumidores y para la competitividad del tejido industrial. La cifra, señala que el megavatio hora (MWh) se ha negociado a una media de 127,24 euros, lo que supone un ascenso del 6,9% respecto a la jornada anterior y, más significativamente, el cuarto día consecutivo que el coste de la energía se mantiene por encima de la barrera psicológica de los 100 euros.

Este valor no es solo una nota a pie de página estadística; representa el nivel más elevado registrado desde el pasado 17 de febrero, un momento clave que precedió la aplicación del mecanismo excepcional de limitación de precios del gas. Esta situación plantea una pregunta inevitable: ¿nos encontramos ante un repunte cíclico o ante el preludio de un nuevo episodio de crisis energética?

Si se analiza la evolución del precio en las últimas semanas, el trazado es francamente alcista. Los datos facilitados por el Operador del Mercado Ibérico de Electricidad (OMIE) revelan una aceleración preocupante. El coste actual del MWh es un 73,8% superior al del sábado de la semana pasada, cuando se situó en 73,23 euros. Es decir, en solo siete días, la energía se ha encarecido en casi tres cuartas partes. En una perspectiva ligeramente más amplia, si tomamos como referencia el 17 de diciembre, cuando el precio era de 101,41 euros, el incremento acumulado en el último mes ya alcanza el 25,5%. Esta espiral ascendente no es fruto de la casualidad, sino la consecuencia de una confluencia de factores adversos que actúan de forma sinérgica.

El contexto geopolítico y de mercado

La explicación inmediata radica, en buena parte, en las condiciones atmosféricas. La Península Ibérica atraviesa un periodo de escasa actividad eólica, una fuente renovable que se ha convertido en un pilar fundamental para contener los precios en el sistema. Cuando el viento no sopla con fuerza, el vacío generado en el mix eléctrico debe ser cubierto por otras tecnologías, generalmente más caras.

En este contexto, las centrales de ciclo combinado, que queman gas natural, se ven obligadas a entrar en funcionamiento para garantizar la estabilidad del suministro. Y aquí aparece el segundo elemento clave: el gas, a pesar de haber moderado sus precios desde los máximos históricos de 2022, aún cotiza a niveles elevados en los mercados internacionales, con una volatilidad alimentada por la inestabilidad geopolítica en Oriente Medio y la demanda global.

Además, el factor estacional juega un papel clave. El invierno, con sus temperaturas más bajas, mantiene una demanda de calefacción elevada, tanto en el sector doméstico como en el industrial, presionando así el consumo eléctrico. Esta presión se ha visto agravada por una recuperación más vigorosa de lo previsto en algunos sectores manufactureros tras la pausa navideña, lo que ha incrementado la demanda industrial de energía. En un ejercicio de comparativa interanual, los datos ofrecen una paradoja aparentemente tranquilizadora.

El precio de este sábado supone un abaratamiento del 6,2% respecto al mismo día del año pasado, cuando el MWh alcanzó los 135,09 euros. Sin embargo, esta lectura puede resultar engañosa si no se contextualiza. Enero de 2023 fue la cima de una crisis energética sin precedentes recientes, impulsada por la invasión rusa de Ucrania. Compararse con un pico histórico no es un indicador de bienestar, sino un recordatorio de la fragilidad del sistema.

Más allá de la cifra concreta, expertos del sector consultados señalan que lo que ahora es relevante es la tendencia y la velocidad del ascenso. El hecho de que se hayan superado los cien euros de forma consecutiva y que se haya alcanzado el máximo del año indica que el efecto amortiguador del “tope del gas” se está diluyendo a medida que este mecanismo excepcional pierde peso en el cálculo final. El mercado empieza a reflejar de nuevo, con más libertad, la realidad subyacente de los costes de generación.

Las repercusiones de este repunte ya se hacen sentir en la cadena económica. Para los consumidores domésticos con tarifa variable (PVPC), la próxima factura reflejará estos augurios. Para las industrias intensivas, cada euro adicional en el MWh supone una pérdida directa de competitividad en un mercado global ya de por sí exigente. Esta presión sobre los costes de producción puede frenar la inversión y poner en peligro el empleo en sectores estratégicos.

El futuro más próximo dependerá de una combinación compleja de elementos. La recuperación de la generación eólica en los próximos días sería el antídoto más eficaz para desinflar los precios. Sin embargo, la persistencia de la alta demanda, las tensiones geopolíticas que afecten al precio de los combustibles fósiles y la evolución de las reservas de gas en Europa marcarán el camino. Esta nueva escalada del precio de la electricidad sirve como recordatorio urgente de una verdad incuestionable: la transición energética hacia un modelo basado fundamentalmente en renovables no es solo un imperativo ecológico, sino una necesidad económica de seguridad nacional.

La reducción de la dependencia de los combustibles fósiles, el impulso decisivo al autoconsumo y a las comunidades energéticas, y la inversión en tecnologías de almacenamiento son los únicos elementos que podrán, a medio y largo plazo, blindar la economía contra la volatilidad salvaje de un mercado eléctrico que, como estos días demuestran, sigue respirando por el alma que le dejan el viento y el gas.