Según el último informe del Banco Mundial, la economía mundial muestra una capacidad de recuperación más fuerte de lo anticipado, aunque navega por aguas turbulentas marcadas por tensiones comerciales persistentes y un panorama geopolítico fracturado. Esta resistencia, sin embargo, se inscribe en un contexto paradójico: mientras las revisiones al alza de los pronósticos de crecimiento para los años 2026 y 2027, situándose ahora en un 2,6% y un 2,7%, respectivamente, apuntan un cierto optimismo. El motor principal de esta corrección radica, en gran medida, en el comportamiento de dos economías gigantes. Estados Unidos ha sorprendido con un dinamismo superior a lo esperado, haciendo que el Banco Mundial ajuste su previsión de crecimiento para 2026 de un 1,6% a un sostenido 2,2%.
Este salto cuantitativo no es menor y refleja la capacidad de la economía estadounidense para absorber los choques de los tipos de interés y mantener una demanda interna vigorosa. Por su parte, China también contribuye a este panorama, con una mejora de cuatro décimas en su previsión para el corriente año, hasta un 4,4%. Estas dos potencias, pues, actúan como puntales de una estabilidad que se muestra más tensa en otras regiones. La eurozona, por ejemplo, experimenta una mejora mucho más modesta en sus perspectivas.
El organismo prevé un crecimiento de un 0,9% para 2026, solo una décima por encima del anterior pronóstico, y de un 1,2% para 2027. Estas cifras, aunque revisadas al alza, delatan las dificultades estructurales y la falta de un impulso coordinado dentro del bloque monetario, que continúa luchando por encontrar un nuevo momento tras las crisis sucesivas. La divergencia entre ambos lados del Atlántico se hace patente y subraya las diferentes velocidades a las que avanzan las economías avanzadas.
Más allá de las grandes potencias, el panorama para los países en desarrollo presenta claras líneas de fractura. Si bien el Banco Mundial espera una media de crecimiento del 4% para estos estados en 2026, una cifra que supera con creces la de las economías ricas, esta agrupación estadística esconde una realidad profundamente desigual.
India se mantiene como un foco de dinamismo, con previsiones cercanas al 6,5%, pero otras regiones luchan por recuperar el terreno perdido. De hecho, el informe revela una de las tendencias más alarmantes: mientras casi todas las economías avanzadas disfrutaban a finales de 2025 de ingresos per cápita superiores a los niveles previos a la pandemia, aproximadamente una de cada cuatro economías en desarrollo sufría ingresos per cápita más bajos. Esta divergencia no solo es un contrato moral fallido, sino una amenaza para la cohesión y la estabilidad global a largo plazo.
Los motores que impulsaron la actividad económica en 2025 parecen, además, perder fuerza. El aumento del comercio en anticipación a la aplicación de nuevos aranceles, junto con los rápidos reajustes en las cadenas globales de suministro, dieron un impulso temporal que ahora se desvanece. El Banco Mundial prevé que tanto el comercio internacional como la demanda interna se moderen durante 2026. Sin embargo, esta desaceleración esperada podría verse atenuada por la mejora de las condiciones financieras mundiales y por la expansión fiscal que diversos gobiernos han puesto en marcha como medida de apoyo, un fenómeno especialmente relevante en grandes economías que buscan evitar una recesión abierta.
En este escenario complejo, la inflación ofrece un rayo de esperanza. Se espera que el ritmo de aumento de los precios a escala mundial disminuya hasta el 2,6% en 2026, gracias a la debilidad de los mercados laborales y a la bajada de los precios de la energía. Este retorno a niveles más controlados liberaría presión sobre los bancos centrales y podría abrir la puerta a un alivio más decisivo de las políticas monetarias, el cual, a su vez, podría dar un nuevo impulso al crecimiento. Pero más allá de los ciclos económicos, el informe del Banco Mundial lanza una advertencia profunda sobre las tendencias subyacentes. La economía global se dirige hacia un período de crecimiento inferior al de la convulsa década de los noventa, al tiempo que acumula niveles récord de deuda, tanto pública como privada. Esta combinación es explosiva y reclama acciones decididas.
La recomendación del organismo es clara y apunta hacia reformas estructurales ambiciosas. Para evitar el estancamiento secular y la desocupación persistente, los gobiernos, tanto de los países emergentes como de los avanzados, deben emprender políticas que liberalicen con energía la inversión y el comercio privados, que pongan freno al consumo público descontrolado y que inviertan de manera decisiva en la adopción de nuevas tecnologías y en la mejora de la educación. En definitiva, la resiliencia observada no es una victoria, sino un respiro temporal. El verdadero reto es transformar esta capacidad de resistencia en una capacidad de progreso, asegurando que el crecimiento no solo sea estable, sino también inclusivo y sostenible, y que pueda cerrar, finalmente, la peligrosa brecha que se está abriendo entre las naciones y dentro de ellas.