El sistema agroalimentario catalán se ha transformado en las últimas décadas hasta convertirse en un ecosistema altamente concentrado, donde un puñado de empresas controlan buena parte de la producción, la distribución y la venta de los alimentos que llegan a los hogares. Lo advierte un estudio del Institut de Recerca Urbana de Barcelona (IDRA), que pone cifras a un proceso que ha ido avanzando de manera silenciosa mientras el número de agricultores no ha parado de disminuir. El porcino es el ejemplo más paradigmático, pero la dinámica se extiende a otros sectores. Y el estudio lo relaciona con un cambio en los hábitos de consumo que ha disparado el consumo de carne y ultraprocesados a la vez que se ha engrosado la brecha entre lo que se produce y lo que acaba en la mesa. El informe del IDRA parte de una constatación: a medida que se avanza en la cadena alimentaria, el número de operadores se reduce drásticamente.

En la base hay casi 49.000 explotaciones agrarias, y al final del recorrido, unos 20.000 comercios alimentarios. Pero en el tramo final, el de la distribución, el mapa se simplifica: diez cadenas de supermercados concentran el 65% de las ventas de alimentos en Catalunya. Mercadona, Bon Preu, Carrefour, Lidl, Consum y BonÀrea son algunos de los nombres que aparecen al frente de esta lista. Su influencia no se limita a la venta: sus decisiones sobre qué comprar, a quién y a qué precio condicionan toda la cadena que las precede. Esta concentración no es un fenómeno nuevo, pero el informe constata que se ha acelerado en los últimos años. Y lo que es más relevante: afecta directamente la capacidad de los productores locales para llegar al consumidor final. Cuanto más grandes son las cadenas, más difícil es para un pequeño agricultor acceder a ellas.

El porcino, el ejemplo más extremo

El documento pone el foco en el sector porcino como el caso más avanzado de concentración industrial. Cuarenta años atrás, Catalunya tenía unas 15.000 explotaciones porcinas y 200 mataderos municipales. Hoy, buena parte de estas instalaciones han desaparecido, y la producción se ha integrado alrededor de cinco grandes empresas: Vall Companys, BonÀrea, Casa Tarradellas, Costa Brava Foods y Olot Meats. Estas compañías gestionan un sector que sacrifica unos 23 millones de animales cada año, una cifra que representa el 36% de la producción final agraria catalana. Y no se queda en casa: la mitad del producto se exporta. La transformación ha sido radical. El tamaño medio de las explotaciones se ha multiplicado por quince, y el modelo de producción se ha industrializado. Las pequeñas granjas familiares han dado paso a grandes instalaciones integradas verticalmente, donde la empresa controla desde la alimentación de los animales hasta el procesamiento de la carne.

El estudio advierte que la concentración no se limita al sector porcino. La misma dinámica se está produciendo en otros ámbitos como la avicultura, la fruta, el aceite y la pesca. En todos ellos, el número de productores se reduce y el peso de las grandes empresas aumenta. El informe lo explica con unos datos que hablan por sí solos: en los últimos diez años, Catalunya ha perdido 4.600 agricultores. Mientras tanto, la presencia de personas jurídicas (empresas, sociedades) en el sector rural ha crecido un 28%. Esto quiere decir que el campo catalán se está despoblando de agricultores individuales y llenando de sociedades que, a menudo, no tienen el mismo arraigo en el territorio.

El informe del IDRA no se limita a analizar la producción y la distribución. También relaciona este modelo con la evolución de los hábitos alimentarios. Y los datos muestran un cambio profundo en qué comemos. El consumo de carne se ha duplicado en los últimos cincuenta años, mientras que el de alimentos ultraprocesados se ha triplicado en tres décadas. Este giro en la dieta, explican los autores, está vinculado a un modelo agroalimentario que prioriza la producción industrial de materias primas para alimentar ganado (el 55% de la producción agroalimentaria catalana se destina a piensos) y que genera un exceso de productos de bajo valor añadido. Los precios de los alimentos, mientras tanto, han aumentado un 34% en seis años. Y un dato más: alrededor del 30% de los alimentos producidos acaban desperdiciados. Es decir, se produce en exceso, se vende a precios cada vez más altos y una parte significativa nunca llega a ser consumida.