Si alguna vez van a Albi, una ciudad del sur de Francia con una magnífica iglesia-fortaleza de la época de los cátaros, pueden encontrar también la casa familiar del conde Henri de Toulouse-Lautrec-Montfa, uno de los pintores impresionistas que mejor representó la vida nocturna del París de finales del siglo XIX.
La consanguinidad es una costumbre que se da a veces dentro de familias ricas para preservar el patrimonio. Los padres de Toulouse-Lautrec eran primos hermanos, por eso no es extraño que él tuviera una enfermedad minoritaria autosómica recesiva, muy probablemente un tipo de picnodisostosis, heredada de ambos progenitores, ya que debían ser portadores.
La picnodisostosis se caracteriza por problemas de osificación excesiva y densidad elevada de los huesos, lo que causa enanismo (a consecuencia de un crecimiento menor de las extremidades inferiores y superiores), defectos en la fusión de las fontanelas craneales, y en la formación de los dígitos de las manos. El hecho de tener una cabeza y torso de tamaño normal, les confiere una apariencia particular, como un adulto en un cuerpo de niño.

Con solo metro y medio de estatura, aunque su familia era rica y con recursos económicos, Toulouse-Lautrec nunca sintió que formaba parte de su grupo social y prefirió vivir entre la gente bohemia: en Montmartre, un ave nocturna viviendo al límite en el escalón social más bajo, entre prostitutas y bailarinas de cabaret, en medio de una vorágine de alcohol y sexo, quizás para compensar la falta de autoestima.
Murió muy joven, con treinta y seis años, en medio de los delirios provocados por el abuso de alcohol de alta graduación (absenta) y los estragos que la sífilis había provocado en su cuerpo.
Quizás el hecho de tener una enfermedad minoritaria que lo expulsaba de los círculos sociales a los que pertenecía su familia, hizo más punzante aquella ironía con que miraba su propio cuerpo, y conjuntamente con su creatividad ferviente, le permitió captar la vida que pasaba a su alrededor.
Sus cuadros y carteles modernistas constituyen una de las mejores crónicas sociales de la época, con un pincel vivo y dinámico, encontrando belleza en el dibujo grotesco y deformado, con una mirada penetrante que refleja la complejidad del mundo interior humano. Aquí veis uno de sus conocidísimos carteles del Moulin Rouge, pero si preferís, también lo podéis recordar con una caricatura hecha por él mismo, un dibujo íntimo con una mirada irónicamente descarnada hacia dentro, solo propia de los genios.
