Después de los incendios de este verano y de las intensas lluvias de los últimos días, algunas zonas de los bosques catalanes han quedado especialmente expuestas a la erosión. Una tormenta intensa puede arrastrar el suelo que queda desprotegido después del fuego, precisamente la capa que el bosque necesita para comenzar a recuperarse. Los investigadores e investigadoras del Centre de Recerca Ecològica i Aplicacions Forestals (CREAF) advierten de que estas lluvias pueden tener un impacto importante en la recuperación de los ecosistemas quemados.
Sin vegetación que lo amortigüe, la lluvia golpea directamente el suelo, infiltra menos agua y el excedente baja por la superficie, sobre todo en las pendientes. En los incendios más extremos, además, el calor puede haber formado una capa hidrófoba que repele el agua y acentúa su escorrentía. Además, lo que se lleva el agua es, precisamente, la capa superficial, rica en nutrientes y materia orgánica. Esto hace que el suelo pierda fertilidad y capacidad de retener agua, y los hongos, bacterias, invertebrados y plantas pierden el espacio donde viven y se alimentan. También las semillas de especies que germinan después del fuego, como las jaras (Cistus spp.), y los piñones caídos al suelo pueden acabar río abajo, lo que debilita su regeneración natural.
Actuaciones para favorecer la regeneración del bosque
La primera respuesta para favorecer la regeneración es diagnosticar rápidamente las zonas más vulnerables, según el tipo de suelo, el relieve y la severidad del fuego, y planificar la intervención durante la "fase de emergencia", es decir, el primer año después del incendio.

Contra lo que puede parecer, el primer consejo es no limpiar. Las cenizas aportan calcio, potasio, magnesio y fósforo a las primeras plantas, y los restos parcialmente quemados protegen el suelo del impacto de la lluvia. Cuando el riesgo es alto, se puede cubrir el terreno con paja o astilla de madera, aprovechar los troncos quemados como pequeñas barreras en las pendientes o levantar diques y márgenes de piedra seca para frenar el agua y retener sedimentos. Solo hay que retirar los árboles que supongan un peligro para las personas. En Catalunya, el proyecto RESTARC, del CREAF y la Agència Catalana de Residus, lleva a cabo una prueba piloto de enmiendas orgánicas para restaurar zonas quemadas en La Pobla de Claramunt.
Pero los efectos no se detienen en los límites de la zona quemada. La lluvia puede arrastrar cenizas, sedimentos y nutrientes hasta ríos y embalses, y enturbiar el agua. La aportación masiva de nutrientes puede provocar, además, eutrofización: una proliferación de algas que reduce el oxígeno disponible para otros organismos. Los sedimentos, por su parte, se acumulan en el fondo de los embalses y reducen su capacidad.
La pérdida de suelo y el futuro de los bosques catalanes
Las lluvias que arrastran el suelo de un bosque quemado no son un fenómeno aislado, y la tendencia es al alza. Un estudio del CREAF y el CTFC apunta que, si se mantienen las dinámicas actuales, la pérdida de suelo forestal en el Mediterráneo podría crecer hasta un 150% en 2050, y pasar de las 15-16 toneladas por hectárea y año actuales a más de 40. Además, un suelo erosionado almacena menos carbono y puede liberar parte a la atmósfera en forma de CO₂, de manera que un ecosistema que ayudaba a frenar el cambio climático pasa a contribuir a él.
Ante este escenario, los bosques mediterráneos tienen una ventaja: han aprendido a convivir con el fuego. La encina rebrota desde las raíces pocas semanas después del incendio, y el pino blanco guarda semillas en las piñas que germinan una vez pasado el fuego. Los árboles, pues, pueden recuperarse en años o décadas. El suelo, en cambio, juega con otra escala temporal y formar un centímetro requiere, de media, unos cien años, y puede llegar a los mil. Por eso, proteger el suelo es tan importante como recuperar la vegetación. En un contexto de sequías más frecuentes y lluvias torrenciales más intensas, es proteger la capacidad del bosque de volver a crecer.