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Cuando hablamos de pensamiento evolutivo antes de Darwin enseguida nos viene un nombre a la cabeza, el de Jean-Baptiste-Pierre-Antoine de Monet, caballero de La Marck, también conocido simplemente como Lamarck. Como es conocido, su teoría se basaba en el papel de los caracteres adquiridos, es decir, que los órganos de un individuo concreto no están construidos para cumplir objetivos particulares, sino que, en palabras suyas, "los hábitos, el modo de vida y las circunstancias en que se han encontrado los individuos de los que proviene son las que, con el tiempo, han constituido la forma de su cuerpo, el número y el estado de un órgano, en definitiva, todas las facultades de las que disfruta".

Las teorías de Lamarck tuvieron una influencia enorme en los círculos científicos; el mismo Darwin las utilizaba con matices y, hasta bien entrado el siglo XX, había científicos que todavía defendían la validez de algunos de sus argumentos, especialmente en Francia. Lamarck fue el segundo gran nombre de la evolución, pero no fue el único que precedió a Darwin.

La evolución fuera de Darwin y Lamarck

Otro buen ejemplo es el inglés Richard Owen, que describió numerosos animales prehistóricos, entre ellos muchos dinosaurios, convirtiéndose en uno de los grandes nombres de las ciencias naturales inglesas del siglo XIX. Owen creía que Dios no había creado todas las especies como las conocemos hoy, sino que había creado lo que llamaba unas "formas arquetípicas". Según Owen, a partir de estas formas iniciales los animales habían evolucionado gracias a lo que llamaba "fuerza vital", que llevaba a los animales a sobrevivir e ir transformándose en las diferentes especies.

Esta teoría, tan alejada de la ciencia actual como parece, es el origen de conceptos que la ciencia actual todavía utiliza, como el de homología. Owen fue el primero en definir homología como un órgano igual que se ha transformado para tener funciones diferentes (por ejemplo, la mano humana y el ala de un murciélago). Owen ligaba estas similitudes estructurales a las formas arquetípicas: humanos y murciélagos tendrían el origen en la misma forma arquetípica creada por Dios.

Para acabar, hablaremos de un personaje mucho menos conocido que Lamarck y Owen; se trata del escocés Robert Chambers. A diferencia de estos, Chambers no era un científico profesional (de hecho, había pocos en su época), sino un editor y escritor que firmó de forma anónima su libro más conocido: Vestiges of the Natural History of Creation, publicado en el año 1844. En este libro, Chambers presentaba una historia de la Tierra desde sus inicios hasta la actualidad, explicando la evolución biológica como una evolución de progreso del ser vivo más sencillo a los humanos, con mucha especulación y sin presentar ningún mecanismo concreto de cómo funcionaba esta evolución.

¿Por qué hablamos de él si parece que el libro tenía un contenido científico más bien flojo? Tal como explica el historiador James Secord, la importancia del Vestiges radica en su enorme éxito: Chambers vendió miles de ejemplares de su libro para todos los bolsillos; lo compraron los ricos en ediciones de lujo, pero también la clase obrera en las múltiples versiones cada vez más asequibles.

Así, a pesar de no ser importante por sus ideas científicas, este libro fue sumamente importante para la historia de la ciencia, ya que, tal como argumenta Secord, llevó a oídos de todos los estratos sociales el concepto real y posible de la evolución. Lamarck y Owen fueron influyentes en los círculos científicos; Chambers llevó el concepto de evolución a todo el mundo. Cuando, menos de una década después, Darwin publica El origen de las especies, no solo los estudiosos, sino que también el público general sabe de qué va la cosa y la importancia que tiene. Chambers de alguna manera prepara el terreno y permite el enorme éxito que después tendría Darwin a todos los niveles, el científico, pero también el popular.