Las autoridades han recuperado los cuerpos de las 69 personas fallecidas en el accidente ferroviario de Urda, en Toledo, que de momento se han podido rescatar del lugar del accidente, pero, hasta ahora, solo han podido confirmar oficialmente la identidad de cinco víctimas, tres mujeres y dos hombres. Una cifra que puede resultar sorprendente, especialmente cuando ya han pasado casi dos días de la tragedia y los equipos forenses trabajan ininterrumpidamente. Pero identificar a las víctimas de una catástrofe de esta magnitud es un proceso mucho más complejo de lo que parece. No basta con encontrar un documento de identidad, reconocer una cara o saber quién viajaba en uno de los trenes. Hay que demostrar científicamente a quién corresponde cada cuerpo y descartar cualquier posibilidad de error, un trabajo especialmente delicado cuando los cadáveres han sufrido las consecuencias de un impacto de una violencia extrema. Según el balance oficial difundido el jueves por la noche, los institutos de medicina legal de Toledo y Ciudad Real habían practicado 48 autopsias, mientras que una información posterior sitúa la cifra en 58. El número de identificaciones comunicadas a las familias se mantiene en cinco. Paralelamente, la Guardia Civil ha recibido 70 denuncias por desaparición, aunque dos de las personas buscadas ya han sido localizadas con vida. Estas denuncias no equivalen necesariamente a 68 desaparecidos diferentes, porque pueden existir comunicaciones duplicadas.
Lesiones devastadoras, pruebas biométricas
La primera dificultad es el estado en que se encuentran los cuerpos. En una colisión ferroviaria como la de Urda, en la que un AVE impactó contra un Iryo a una velocidad estimada entre 160 y 200 kilómetros por hora, las fuerzas desencadenadas pueden provocar lesiones devastadoras. La deformación de los vagones, la proyección de los pasajeros contra las estructuras interiores y la acumulación de chatarra pueden causar traumatismos que hagan imposible el reconocimiento visual. En algunos casos, las víctimas pueden presentar lesiones faciales muy graves. En otros, la fragmentación de los cuerpos puede obligar a los especialistas a determinar primero si los restos recuperados pertenecen a una misma persona o a víctimas diferentes. Esta es una de las dificultades habituales en las catástrofes de gran magnitud, aunque no se ha detallado públicamente hasta qué punto afecta a cada una de las víctimas de Urda.
Además, los objetos personales tampoco constituyen una prueba definitiva. Encontrar una cartera, un teléfono móvil o un documento de identidad junto a un cadáver no significa necesariamente que pertenezca a aquella persona. La violencia del impacto puede haber dispersado las pertenencias de los pasajeros y mezclado objetos de diferentes víctimas. Por eso, la Interpol establece que la identificación visual no es lo suficientemente fiable en una catástrofe con múltiples muertes y que hay que recurrir a pruebas biométricas como las huellas dactilares, la odontología forense o el ADN.
Las cuatro fases del proceso de identificación
El procedimiento está regulado en España por el Real Decreto 32/2009, que establece un protocolo nacional de actuación médicoforense y de policía científica en sucesos con víctimas múltiples. Sigue, en esencia, cuatro grandes fases. La primera comienza en el mismo lugar del accidente. Los equipos de rescate y la policía científica localizan los cuerpos, documentan la posición en que se encuentran, les asignan un número identificativo provisional y registran los objetos que los acompañan. La trazabilidad es fundamental: cada cuerpo y cada resto deben poder relacionarse con el punto exacto del hallazgo, sin que se pierda información durante el traslado.
La segunda fase se desarrolla en los institutos de medicina legal. Los forenses examinan los cadáveres, documentan sus características físicas y recogen muestras biológicas. También practican las autopsias, que sirven para determinar las causas de la muerte y documentar las lesiones. Una autopsia completada, sin embargo, no significa que la víctima haya sido identificada. Son dos procedimientos relacionados, pero diferentes. La tercera fase consiste en recopilar información de las personas desaparecidas cuando todavía estaban vivas, conocida como información ante mortem. Los investigadores entrevistan a los familiares y les piden datos sobre cicatrices, tatuajes, operaciones quirúrgicas, implantes, historial odontológico y otras características que puedan facilitar la identificación.
Finalmente, llega la llamada fase de conciliación, en la que se comparan los datos obtenidos de los cuerpos con los de las personas desaparecidas. Solo cuando los especialistas disponen de pruebas concluyentes se puede establecer una identidad y activar el procedimiento para comunicarla oficialmente a los familiares.
Las huellas dactilares, la vía más rápida
Las cinco primeras víctimas identificadas en Urda lo han sido mediante las huellas dactilares, según los datos difundidos sobre el trabajo del Servicio de Criminalística de la Guardia Civil. Esta técnica es especialmente eficaz cuando las manos se conservan en condiciones adecuadas y existen registros previos con los que comparar las huellas. Cuando no es posible obtener una muestra útil o no hay ningún registro accesible para contrastarla, los investigadores deben recurrir a otros procedimientos. Uno de los más importantes es el análisis del ADN, que permite relacionar genéticamente los restos de una víctima con sus familiares biológicos. En el caso de Urda, seis profesionales del Instituto Nacional de Toxicología trabajan en la obtención y el análisis de muestras genéticas post mortem. Paralelamente, los investigadores recogen muestras de familiares, preferentemente de parientes próximos, para comparar los perfiles.
¿Por qué las pruebas de ADN pueden tardar días?
A diferencia de las huellas dactilares, la identificación genética requiere un proceso de laboratorio. Primero hay que extraer el ADN de las muestras biológicas, después obtener un perfil genético y, finalmente, compararlo con las muestras de los familiares o con material de referencia de la persona desaparecida, como objetos de uso exclusivamente personal. La dificultad aumenta cuando las muestras están deterioradas, contaminadas o contienen poco material genético aprovechable. En determinadas circunstancias, los especialistas deben repetir las extracciones o utilizar otros tejidos, huesos o piezas dentales.
El tiempo necesario puede oscilar entre horas y varios días, o más en los casos especialmente complejos. También depende de la calidad de las muestras, de la disponibilidad de familiares adecuados para la comparación y de la cantidad de análisis que deban procesar los laboratorios. El ADN, además, no es la única alternativa. Las radiografías dentales, las prótesis quirúrgicas y determinados implantes pueden aportar información decisiva, siempre que existan antecedentes médicos con los que compararlos.
¿Cuándo pueden las familias recuperar los cuerpos?
Una vez confirmada la identidad, el resultado se incorpora al procedimiento judicial. En una tragedia como la de Urda, que es objeto de una investigación penal para determinar las circunstancias del accidente, es necesaria la autorización judicial para proceder a la entrega de los cuerpos. Hasta que no se han completado las comprobaciones correspondientes, las familias pueden saber que su ser querido viajaba en uno de los trenes, que no figura entre los supervivientes y que hay cuerpos recuperados pendientes de identificación, pero no disponer todavía de una confirmación oficial de su muerte.
Es, probablemente, una de las situaciones más dolorosas que se pueden vivir después de una catástrofe: la incertidumbre de no saber con certeza qué ha pasado y la imposibilidad de iniciar la despedida. Por eso, el dispositivo de Urda también incorpora equipos de atención psicológica a las familias, mientras más de treinta profesionales participan en las tareas forenses. La prioridad es identificar a las víctimas tan pronto como sea posible, pero sin sacrificar el rigor científico. Porque detrás de cada uno de los 69 muertos hay una familia que espera una respuesta, y un error de identificación añadiría todavía más dolor a una tragedia que ya es irreparable.
Falsos mensajes a las familias: cuando la crueldad se añade a la tragedia
Pero hay delincuentes que no respetan nada, ni el dolor de las familias que temen haber perdido a un ser querido. La desesperación de aquellos que esperan noticias también ha sido aprovechada para difundir comunicaciones fraudulentas. La Guardia Civil y el Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha han tenido que alertar del envío de mensajes SMS fraudulentos a familiares de las posibles víctimas mortales del accidente de Urda en que alguien, haciéndose pasar por la Guardia Civil, les comunica falsamente que se ha identificado el cuerpo de su familiar. Ante esta situación, el Centro de Integración de Datos (CID), responsable de coordinar las tareas de identificación, ha emitido una advertencia pública para recordar que la comunicación oficial de la identificación de una víctima se hace siempre de manera presencial y personal por parte de la Guardia Civil, nunca mediante llamadas telefónicas, mensajes de texto o WhatsApp. Las autoridades han pedido a los afectados que no den credibilidad a estas comunicaciones. De momento, no se ha precisado cuántas familias han recibido los mensajes ni quién hay detrás. Tampoco se ha confirmado si pretenden obtener dinero o datos personales, o simplemente generar confusión en medio del dolor y la incertidumbre.