Médicos, barberos, comadronas, curanderas y boticarios, salud y enfermedad en la Europa Medieval

Aunque la influencia de Hipócrates y Galeno fue enorme en la Europa medieval, y su concepción de la enfermedad como un desequilibrio de los humores se convirtió en hegemónica, la realidad de los profesionales de la salud, sus prácticas y los espacios donde trabajaban era muy diversa.

Por un lado, los médicos se formaban en la universidad y adquirían un conocimiento esencialmente teórico de la enfermedad: identificaban los síntomas, hacían un diagnóstico y prescribían un tratamiento. Solían visitar a los pacientes a domicilio, especialmente a aquellos que se lo podían permitir, y con una mínima exploración física determinaban el problema y cómo había que actuar. Los médicos gozaban de un estatus social elevado y, a menudo, ejercían cargos de responsabilidad en el ámbito político.

Dentro de los artesanos de la ciudad, estaban los llamados cirujanos-barberos, que, en lugar de asistir a la universidad, adquirían un conocimiento práctico siguiendo el sistema gremial, primero aprendices, luego oficiales y, con el tiempo, podían convertirse en maestros cirujanos. Accesibles a una porción mayor de la población, los cirujanos, sí que se ensuciaban las manos aplicando aquellos remedios que ellos mismos decidían o que los médicos dictaban. Eran, sin embargo, cirujanos muy diferentes de los actuales. Trataban heridas, fracturas, arrancaban dientes, también hacían la barba, pero no hacían cirugías mayores en el tórax o en la cabeza, tenían tres problemas todavía insuperables: el dolor, la hemorragia y la infección.

Las mujeres han sido durante siglos las principales depositarias y transmisoras de un saber médico informal

Con el tiempo, estas dos profesiones fueron acercando sus posiciones. El proceso varía en cada ciudad, pero más o menos podemos decir los cirujanos primero tenían que pasar clases de anatomía en la universidad, con los médicos. Después, con el paso de los siglos, establecieron sus propios colegios de cirugía, y, finalmente, se incorporaron a las facultades de medicina, ya en tiempos modernos, cuando, de hecho, la cirugía había cambiado completamente. Lo explicaremos en otra ocasión.

Los médicos a menudo prescribían medicamentos y otros remedios que eran elaborados por los boticarios. A diferencia de los farmacéuticos actuales, los boticarios eran los encargados no solo de vender el medicamento al cliente, sino también de su elaboración, lo que implicaba a menudo la búsqueda de plantas por la montaña y la elaboración de los remedios en las reboticas, auténticos laboratorios farmacéuticos de fabricación de ungüentos, bálsamos, jarabes, electuarios (una masa pastosa comestible) o emplastos (masas blandas que se aplicaban a la piel). Aunque utilizaban el sistema de aprendiz y maestro, los conocimientos de los boticarios también provenían de recetarios y farmacopeas basadas en los conocimientos clásicos y en las aportaciones de los árabes.

A las mujeres no les estaba permitido acceder a la universidad ni pertenecer a la mayoría de los gremios, así que la mayoría de los médicos, cirujanos y boticarios eran hombres. Sí que hay documentadas mujeres que regentaron boticas a la muerte de sus maridos, y, con toda seguridad, que estos eran negocios llevados por toda una familia. Las mujeres eran, sin embargo, fundamentales en la asistencia médica medieval: atendían a los enfermos en el día a día en los hospitales, de los que hablaremos en el próximo artículo, y asistían el parto y cuidaban de los recién nacidos durante los primeros días.

Más allá de las profesiones formalizadas para mujeres, como las de enfermera o comadrona, las mujeres han sido durante siglos las principales depositarias y transmisoras de un saber médico informal, arraigado en el ámbito doméstico y especialmente presente en las zonas rurales. En este contexto nacen las remeieras, mujeres que no solo curaban a los miembros de su familia, sino también a vecinos, pueblos enteros o, incluso, regiones, adquiriendo en algunos casos un cierto prestigio y llegando a recibir compensación por su labor.

Sin embargo, la estandarización e institucionalización de la medicina —y, a menudo, la persecución activa de estas prácticas— comportaron la desaparición progresiva de las remeieras. Este proceso desplazó a las mujeres de un rol central en el cuidado de la salud y, a la vez, supuso la pérdida irreparable de conocimientos ancestrales transmitidos de generación en generación.

Dr. Miquel CarandellBaruzzi,historiador de la ciencia