Las relaciones entre mujeres continúan arrastrando una idea ampliamente extendida: la de un espacio seguro, alejado de las dinámicas de violencia que a menudo se asocian a las parejas heterosexuales. Pero esta percepción, según la psicóloga Patricia Hermosilla, puede ser precisamente uno de los principales obstáculos a la hora de identificar situaciones de maltrato. En paralelo a esta construcción social, también existen relatos culturales que han contribuido a modelar esta mirada, mostrando las relaciones lésbicas desde ópticas muy diferentes: desde narrativas más cotidianas y sostenidas en el tiempo, hasta representaciones marcadas por la intensidad emocional o el conflicto. Obras como Carol, de Patricia Highsmith, han sido leídas como un ejemplo de historia de amor entre mujeres construida desde la complejidad y el deseo, sin reducirse necesariamente a dinámicas de violencia o destrucción. Esta visión convive con otras narrativas contemporáneas que ponen más el foco en las tensiones psicológicas o las relaciones difíciles, como Permagel, de Eva Baltasar, actualmente adaptada al teatro en el Espai Texas de Barcelona, o bien la intensa, dura y autobiográfica En la casa de los sueños de Carmen Maria Machado. El contraste entre estos imaginarios ayuda a entender que no existe una única manera de vivir o representar una relación entre mujeres, sino una pluralidad de experiencias que van desde vínculos más estables y sanos hasta situaciones marcadas por el conflicto o el maltrato. Exactamente, como en cualquier relación.
Ante la proliferación de terminología cliché en las redes sociales, como el uso del término “tóxica” para referirse a relaciones o personas, Hermosilla pone el foco en el lenguaje. “No me gusta hablar de relaciones tóxicas. Las relaciones son abusivas o de violencia, no tóxicas”, afirma. Según explica, el uso de este término, especialmente entre gente joven, tiende a minimizar situaciones graves y a diluir la responsabilidad. “Llamarlo tóxico lo deja todo en algo difuso, cuando en realidad estamos hablando de violencia”, añade.
¿Se minimizan situaciones graves?
En el caso de las relaciones entre mujeres, esta dificultad para identificar el problema se acentúa. “Es más difícil detectarlo porque no tenemos referentes”, explica. A diferencia de la violencia machista en parejas heterosexuales —mucho más presente en campañas institucionales, obras culturales y recursos de ayuda—, la violencia en relaciones lésbicas sigue siendo poco visible. “Si no existe socialmente, es muy difícil poder construirlo y reconocerlo”, apunta.
A esto se suma un factor clave: la idealización. “Las relaciones de pareja son un espacio seguro y, entre mujeres, con el movimiento feminista, se han romantizado aún más. Parece que si estás con una mujer estás en un lugar seguro”, explica Hermosilla. Pero advierte: “Cualquier persona puede ser violenta”. Aunque la base de poder puede ser más equilibrada que en una relación heterosexual —donde a menudo hay desigualdades físicas o estructurales—, esto no elimina el riesgo. “En una relación entre mujeres hay más equilibrio inicial, pero si una de las personas es abusiva, este equilibrio se rompe”, señala.
¿Mecanismos heredados?
Los patrones de violencia, de hecho, no difieren tanto. “Son los mismos mecanismos”, dice. El control suele ser la primera señal: enfadarse por planes con otras personas, exigir más tiempo compartido o generar sentimientos de culpa. “Se trata de eliminar la individualidad, que toda la energía vaya hacia la relación”, explica. Este proceso puede derivar en aislamiento progresivo.
También aparece el conocido ciclo de la violencia: tensión, explosión y reconciliación. “Hay una fase de ‘luna de miel’ con mucho romanticismo, promesas de cambio, ‘love bombing’ –manipulación emocional que consiste en abrumar a una persona con muestras excesivas de afecto, atención y regalos al comienzo de una relación–. Esto en una relación sana no se da de esta manera”, advierte.
Un elemento diferencial que Hermosilla ha detectado en su experiencia es la dificultad para delimitar espacios propios. “Si tu pareja y tu entorno son similares, cuesta más separar espacios. Esto puede facilitar que el control se extienda”, explica. Por ejemplo, en un contexto con las amigas. "¿Qué pasa si tu pareja es también una chica?", pregunta. "Claro, si es una chica, que venga". Aquí, señala, es donde hay más posibilidades de quedarse sin espacio.
Falta de referentes
En paralelo, factores culturales también juegan un papel. La falta de referentes lleva, según Hermosilla, a reproducir roles aprendidos. “Muchas mujeres acaban imitando lo que creen que debe ser una relación y pueden adoptar posiciones más impositivas”, dice. También alerta del impacto de la pornografía en generaciones jóvenes: “Se han normalizado prácticas que son violencia y eso se puede trasladar a la pareja”.
En cuanto a la idea de que las relaciones entre mujeres son más intensas, Hermosilla lo vincula más a la educación emocional que a una realidad universal. “Cada relación es un mundo, pero esta intensidad puede hacer que, si hay dinámicas abusivas, sea más difícil salir de ellas”, explica. Finalmente, desmonta otro tópico: el de las rupturas más fáciles o dialogadas. “Depende del tipo de relación, no del género. Si ha sido sana, será más fácil; si ha habido maltrato, no”, afirma. Y concluye: “Me gustaría pensar que entre mujeres las cosas son más civilizadas, pero no tiene por qué”.
En este contexto de mayor visibilidad y normalización de las diversidades sexuales, también se observa un aumento de jóvenes que se identifican como bisexuales o que exploran su orientación con más flexibilidad que generaciones anteriores. Según apunta la psicóloga, este fenómeno no se puede entender como una única tendencia, sino como una “mezcla de diversas cosas”: la presencia de más referentes públicos, más aceptación social y también el impacto de las redes y la cultura popular. “Ahora hay referentes, hay mujeres lesbianas famosas… y eso anima a las niñas a salir”, explica Hermosilla, que remarca que este cambio no implica una causa única ni automática, sino un escenario social más abierto que facilita la exploración y la identificación personal.