A veces nos encontramos con conclusiones científicas inconsistentes. Esto ocurre especialmente cuando estas conclusiones no se basan en datos objetivos obtenidos en condiciones de laboratorio, sino que derivan de observaciones generales, no de comportamientos controlados experimentalmente.
A menudo, estas conclusiones inconsistentes, y en muchos casos erróneas, tienen un origen común: no tener en cuenta la causalidad inversa. La correlación no implica causalidad. Dos sucesos pueden producirse de manera simultánea y mostrar una correlación clara, pero esto no nos dice nada, por sí solo, sobre cuál es la causa. Hay que averiguar si el fenómeno A provoca el fenómeno B o, al contrario, si es el fenómeno B el que provoca el fenómeno A, y evitar aceptar a priori una de las dos opciones.
Un ejemplo, cuando menos parcial, es el intento de relacionar el consumo de dulces o azúcares con cambios en el comportamiento, especialmente en niños.
Veamos algunos datos objetivos.
La correlación no implica causalidad
Desde un punto de vista evolutivo, tomar dulces era la manera más rápida y efectiva de obtener energía en la naturaleza, con poco peligro. Los humanos hemos evolucionado de manera que el consumo de azúcar active el sistema de recompensa del cerebro: se libera dopamina, se produce placer y se consolida el aprendizaje de la búsqueda de esta fuente energética.
Al mismo tiempo, como el azúcar produce placer, en situaciones de estrés, tristeza o ansiedad, su consumo puede paliar parcialmente estos estados negativos. En este sentido, los dulces pueden actuar como reguladores emocionales.
Cuando hablamos de niños, de manera natural, la gran mayoría, si tienen la oportunidad, buscan el dulce como fuente de placer. ¿Pero cuándo suelen obtener dulces? A menudo en momentos de ocio, de fiesta, cuando juegan o celebran un cumpleaños. Esto nos lleva a una pregunta clave: ¿juegan y ríen porque han tomado azúcar, o bien obtienen dulces porque es un momento de juego, celebración y actividad?
Hasta ahora, los estudios controlados no han mostrado un efecto causal claro que indique que el consumo de azúcar provoque un aumento de la actividad infantil. Lo que sí podemos hacer es formular una hipótesis alternativa sobre la búsqueda de dulces.
Debemos tener en cuenta que los sistemas de recompensa no son iguales para todos. Algunos niños y adultos presentan sistemas de recompensa más intensos o hipersensibles, es decir, con una activación exagerada ante estímulos gratificantes, mientras que otros son hiposensibles, con una respuesta menor de lo que sería esperable. Estas diferencias pueden influir en la búsqueda de estímulos que proporcionen una recompensa rápida, como juegos, dulces u otras actividades altamente gratificantes.
Los niños con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), por ejemplo, pueden tener un sistema de recompensa hiposensible, y la búsqueda de dulces o de otros estímulos puede ser una forma de compensar este déficit funcional.
Todo ello indica que hay niños con una regulación del sistema de recompensa que les lleva a una mayor búsqueda de estímulos, sea por hiposensibilidad, sea por hipersensibilidad, sin que ello implique necesariamente ninguna patología.
Podríamos concluir, pues, que el azúcar no crea hiperactividad. Más bien, son los niños, y también los adultos, con sistemas de recompensa hiposensibles, que buscan compensación, o hipersensibles, que buscan un refuerzo inmediato intenso, quienes tienden a buscar el dulce. En ninguno de los dos casos, el azúcar parece ser la causa primaria del patrón conductual observado.
El Dr. Enric I. Canela es Catedrático Emérito de Bioquímica y Biología Molecular de la Universitat de Barcelona.
