La jornada transcurría entre el tono institucional y el simpático entre dos portavoces del viejo bipartidismo: Alfredo Pérez Rubalcaba (PSOE) e Íñigo Méndez de Vigo (Partido Popular), bajo el título "La política de comunicación en democracia: análisis de los portavoces del gobierno en España". Ambos confesaban que su madre les llamaba tras cada rueda de prensa del Consejo de Ministros. De Vigo se sonreía al decir que la suya sacaba pecho, porque había estudiado periodismo una vez jubilada y se decía entendida en la materia. Rubalcaba se resignaba a decir que a la suya le había importado más si lo veía triste o contento, que si había explicado bien las políticas del ejecutivo. Pero pronto el socialista ponía al popular contra las cuerdas, con la cuestión catalana sobre la mesa: "El soberanismo tiene un gran proyecto, aunque no me gusta".

El portavoz de Mariano Rajoy exhibía caras de estupefacción y miraba al techo mientras Rubalcaba soltaba el chubasco. "El Estado ha carecido de proyecto en Catalunya, nos guste o no, ha hecho dejadez de sus funciones. Nosotros hemos renunciado a explicarnos y el soberanismo, en contraposición, ha hecho un gran proyecto" era la crítica que el exministro y exportavoz hacía sobre la política comunicativa, en alusión a las legislaturas del PP en el poder, como al PSOE. A la salida hacía como que estaba de vuelta y se podía permitir el comentario. Es decir, que no se había adherido a la causa independentista.

El hecho es que Rubalcaba señalaba de forma implícita que el soberanismo había ganado la batalla del relato por el concepto de "derecho a decidir", pues sería una "fórmula ganadora", donde nadie estaría a priori en contra de que ningún ciudadano decidiera. "La gente sabe que las leyes las podemos cambiar" era la crítica al discurso legalista del Estado. A su parecer, el argumentario del Gobierno debería haber tenido un trasfondo político. "Tendríamos que haber explicado que no estábamos de acuerdo por la fragilidad que eso haría al Estado, porque en democracia las decisiones se acuerdan. He echado de menos que fuésemos allí y con un discurso a contracorriente", ha insistido.

Curioso era que el pequeño debate sobre Catalunya pivotaba sobre otro argumento: si el PSOE se comunicaba mejor que el PP cuando gobernaba. De Vigo creía que sí, que sus votantes lo asumían incluso. La periodista de El Mundo Lucía Méndez afirmaba que no era así, porque el marco de "la estabilidad frente al caos" lo había instaurado el ejecutivo de Rajoy a lo largo del año de ingobernabilidad. Rubalcaba aquí hacía un apunte irónico; los socialistas habrían puesto "fácil" la dicotomía, en una referencia encubierta a las primarias, la fractura de la formación y los intentos frustrados de pactar con Ciudadanos o Podemos.

A partir de entonces, el debate se ha convertido en un compendio de consejos del más veterano al más nuevo. Rubalcaba decía que era importante no hacerse el gracioso, y De Vigo asentía que no lo hacía nunca. El socialista le avisaba de que el "corrillo" –que los periodistas hacen en torno al portavoz después de la rueda de prensa– era "mortal" porque es donde se aprovecha para sacar información para las crónicas. El popular bromeaba con que ya se había dado cuenta de que eran "muy hábiles", y que a partir de ahora prohibiría el "corrillo". Aquí es donde algunas veteranas se han plantado, como Carmen del Riego, de La Vanguardia: "Es que en la rueda de prensa ya se dice mucha propaganda". "No hombre, que es broma," se ha disculpado el ministro.

Y como era un homenaje a los 40 años de democracia en España, también ha habido momentos para celebrar hitos históricos, como el fin de ETA. Rubalcaba ha explicado que durante un tiempo se había coordinado la estrategia comunicativa del Gobierno con los cuerpos de seguridad para combatir la "teoría del empate infinito", es decir, la idea según la cual nunca se podría vencer a la banda terrorista, sino que los esfuerzos del Estado siempre se igualarían en suma cero. Después ha lanzado el guante a De Vigo sobre si había una estrategia comunicativa con Catalunya, pero lo ha avisado rápido de que esto no se tiene que explicar para que funcione.

Y el portavoz de Rajoy, que confesaba que el primer día entró a la sala del Consejo de Ministros sin haberse preparado nada, ha tirado de dos anécdotas para ganarse al público. La primera, que los viernes los ministros comen pincho de tortilla como si de una traidición se tratase, aunque ahora el aperitivo se ha ido ampliando con ensaladilla incluso. La segunda, que cuando los periodistas le preguntaron qué le había recomendado Rajoy, respondió: "Que los trate bien". Y según ha dicho, eso no habría sido así. La historia siempre se escribe a posteriori. En política, y también en comunicación política.

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