Hay episodios que, lejos de apagar una reivindicación, acaban alimentándola. Los incidentes protagonizados por la Policía Nacional contra aficionados del Barça en Elx, con la requisa de esteladas y la agresión a un joven menor de edad, han tenido este efecto sobre el independentismo catalán. En pocos días, una bandera que había ido perdiendo protagonismo en determinados espacios políticos ha vuelto a ocupar calles, gradas y redes sociales. Y lo ha hecho con una fuerza que no se veía desde hacía tiempo. La imagen del Camp Nou teñido de miles de esteladas antes del partido contra el Athletic Club es el mejor ejemplo de este efecto. La convocatoria de la ANC, el apoyo de Òmnium Cultural y los llamamientos de dirigentes políticos de prácticamente todo el espacio independentista acabaron convirtiendo el partido en una gran exhibición pública del símbolo independentista. En el minuto 17:14, las esteladas volvieron a llenar las gradas entre gritos de "independencia".
El mensaje había sido preparado como una respuesta pacífica a los hechos de Elx. La paradoja es que la intervención policial que pretendía retirar una bandera acabó provocando su exhibición masiva unos días después. Lo que podía haber quedado reducido a un incidente más de la previa de un partido de fútbol ha acabado actuando como un revulsivo político.
Una fotografía de unidad independentista
El episodio tiene, además, una particularidad política: durante unos días, las diferentes sensibilidades del independentismo han coincidido en una misma respuesta. Junts, ERC, la CUP, la ANC y Òmnium han reivindicado el derecho a exhibir la estelada, aunque sus estrategias políticas sean a menudo muy diferentes. Oriol Junqueras, que estuvo presente en el campo, hizo un llamamiento explícito a llenar el Camp Nou de esteladas y defendió que "la estelada es un símbolo de libertad y de justicia". La CUP fue más allá y pidió que las banderas independentistas aparecieran "en cada ventana y balcón" del país. Desde Junts, Carles Puigdemont también celebró la exhibición en el Camp Nou y denunció que la realización televisiva de DAZN había evitado mostrar en toda su dimensión la imagen de las gradas.
El mismo Laporta asumió que el partido sería un "acto de exaltación de la estelada" y situó su exhibición dentro del derecho a la libertad de expresión. El presidente azulgrana había condenado la actuación policial de Elx y había reclamado que, si se confirman los hechos denunciados, haya consecuencias. Incluso la reacción institucional ha contribuido a mantener el caso en primer plano. El presidente del Parlament, Josep Rull, ha reclamado explicaciones al ministro Fernando Grande-Marlaska y ha preguntado quién ordenó la actuación policial. El mismo Marlaska ha admitido que durante el operativo "se ha podido cometer un abuso", mientras ha anunciado una investigación. Y Amnistía Internacional ha denunciado también los hechos y ha reclamado que se garantice la exhibición de esteladas en los estadios como expresión de la libertad de expresión.
Cuando la represión convierte un símbolo en bandera
La historia catalana tiene varios episodios en los que una actuación represiva del Estado ha acabado provocando el efecto contrario al que perseguía. Uno de los precedentes más simbólicos se encuentra, precisamente, en el Barça. El 14 de junio de 1925, en plena dictadura de Primo de Rivera, el público del campo de Les Corts silbó masivamente el himno español durante un partido de homenaje al Orfeó Català. La respuesta de las autoridades fue inmediata: el gobernador civil suspendió las actividades del Barça y clausuró su estadio durante seis meses. El Orfeó Català también fue objeto de represalias.
Aquella clausura no hizo desaparecer el componente catalanista del Barça. Al contrario: el club fue consolidando durante aquellos años una dimensión social y política que trascendía el deporte, hasta el punto de convertirse en uno de los grandes espacios de representación simbólica de la sociedad catalana.
La historia reciente de Catalunya ofrece otros precedentes en los que la represión o la censura acabaron actuando como revulsivo del catalanismo. En los Hechos del Palau de 1960, la prohibición franquista de interpretar El cant de la senyera provocó que el público la cantara igualmente y que hubiera gritos de "libertad", con varias detenciones y la posterior condena de Jordi Pujol. Unos años antes, el asunto Galinsoga desencadenó una campaña de boicot contra La Vanguardia Española a raíz de las actitudes de su director, Luis Martínez de Galinsoga, contra el catalán, hasta el punto de que la presión ciudadana acabó provocando su destitución.
Son contextos y regímenes políticos muy diferentes del actual, pero comparten una misma dinámica: la persecución de una expresión catalana podía acabar multiplicando su fuerza simbólica. Como había pasado con la clausura del campo del Barça en 1925 después de los silbidos al himno español, los Hechos del Palau y el asunto Galinsoga muestran cómo una actuación represiva o una prohibición podía transformar un episodio concreto en un conflicto político de mayor alcance. Ahora, el independentismo tiene el reto de leer los hechos de Elx bajo esta misma lógica.
Una Diada que llega con más temperatura
Y este efecto llega a las puertas del Once de Septiembre. La Diada de este año ya estaba planteada por las entidades independentistas como una oportunidad para recuperar la movilización después de unos años de retroceso. ANC, Òmnium, AMI, Consell de la República, Intersindical y CIEMEN han convocado manifestaciones simultáneas en Barcelona, Girona y Amposta bajo el lema "Estoy. Estamos. Por el presente y por el futuro: independencia".
La convocatoria quiere recuperar la independencia como eje central de la agenda política y convertir el Once de Septiembre en una demostración de fuerza ciudadana. Pero los acontecimientos de esta semana han añadido un elemento que no figuraba en el guion inicial: la respuesta a una actuación policial percibida por buena parte del independentismo como una agresión contra un símbolo nacional. La CUP ya ha aprovechado el episodio para reclamar una movilización masiva y para defender que hay que "recuperar la fuerza del independentismo popular".
Junqueras vuelve a la manifestación y el regreso de Puigdemont, más cercano
Otro elemento refuerza esta sensación de recomposición. Oriol Junqueras ha confirmado que participará este año en la manifestación de la Diada. "Iremos a todas partes", afirmó la semana pasada desde Prada. La decisión tiene una carga política especial después de unos años en que el líder de ERC había quedado al margen de la principal movilización convocada por la ANC. El regreso de Junqueras a la manifestación puede ser leído como un intento de reconstruir puentes con el movimiento civil independentista después de un periodo de distanciamiento.
Todo ello coincide, además, con un momento judicial especialmente relevante para el movimiento independentista. El TJUE ha avalado la compatibilidad de la ley de amnistía con el derecho europeo, una resolución que ha abierto la puerta al regreso de Carles Puigdemont, a pesar de que el Tribunal Supremo mantiene la orden de detención y defiende que la situación del expresident no queda resuelta automáticamente por el pronunciamiento europeo. El Tribunal Constitucional tiene previsto comenzar a abordar los recursos sobre la aplicación de la amnistía en septiembre, con la deliberación del recurso de Jordi Turull fijada para el 22 de septiembre y la de Puigdemont prevista posteriormente.
Es decir, la Diada se celebrará este año con una doble expectativa: en la calle, la capacidad del independentismo para volver a movilizarse; y en los tribunales, la resolución de una de las principales consecuencias políticas del procés. También habrá incógnitas. Una de las más evidentes será la participación de Sílvia Orriols y de Aliança Catalana en la movilización. El mapa independentista ya no es el mismo que hace unos años y la presencia de Orriols añadiría un actor que ya estuvo presente el año pasado y en una Diada que las entidades quieren presentar como transversal.