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Eloi Gummà, economista y doctor en Historia, ha abordado el que considera una de las grandes interrogantes de la historia reciente de Catalunya: la inesperada victoria de Jordi Pujol en las primeras elecciones al Parlament de la democracia, en 1980, después de años en que la hegemonía política en las calles la había liderado el antifranquismo de izquierdas y, especialmente, el PSUC. Gummà acaba de publicar De l’antifranquisme al pujolisme. La pugna per l’hegemonia (Akal), un ensayo historiográfico en el que analiza el giro social y político que vivió Catalunya y el catalanismo político desde los años sesenta hasta los ochenta.

¿Cómo hervía políticamente la Catalunya de los últimos años del franquismo y del inicio de la Transición?
Era una Catalunya que había conseguido fortalecerse en unos años muy complicados. El antifranquismo contemporáneo empieza a desarrollarse durante los años sesenta, cuando una nueva generación irrumpe en la vida política. La forma que tomará en aquel momento será claramente catalanista y de izquierdas, con un peso principal de los movimientos sociales y del PSUC. Había una política unitaria en la que participaban todos los actores del catalanismo, también los más conservadores, pero en unos consensos que tenían un marcado sentido de izquierdas. Es un momento en que se da un reto muy importante para el catalanismo, porque hay muchas olas de inmigración, y entendían que la mejor manera de que sobreviviera y fuera capaz de agrupar apoyo social fuera que se orientara hacia la izquierda: no solo a traer la democracia, a restablecer el autogobierno y acabar con las élites políticas del régimen, sino también a poner fin a las élites económicas del régimen e integrar todas las demandas de los movimientos sociales y del movimiento obrero.

 

De aquellos años, usted destaca las aportaciones de Jordi Solé Tura
Uno de los intelectuales más importantes de la izquierda antifranquista. Escribe un libro muy relevante, y seguramente más criticado que leído, que es Catalanisme i revolució burgesa (1967). Su tesis es que el catalanismo, a lo largo de su historia, ha sido dirigido por unas clases sociales o por otras, y que en función de cuál sea, toma una forma u otra. No era igual el catalanismo conservador de la Lliga de principios de siglo que el catalanismo obrero que intentaba impulsar el PSUC en los años sesenta. La idea con la que trabajará el PSUC es que solo cuando el catalanismo es liderado por la clase trabajadora, es capaz de penetrar todas las realidades del país y, a la vez, también de llevar las demandas de autodeterminación hasta las últimas consecuencias. Consideraban que, en última instancia, el catalanismo burgués siempre acaba apostando por sus intereses de clase.

También de Francisco Candel, una figura muy reivindicada últimamente por el año del centenario
En Els altres catalans (1964), Candel básicamente dice que existen unas realidades sociales en Catalunya ante las cuales el catalanismo debe decir algo. El catalanismo debe ofrecer para estos sectores no solo una identidad nacional, sino también un proyecto político que se oriente a resolver los problemas sociales que tienen. Entronca muy bien con este catalanismo de la época.

En aquel momento en el que parece que las izquierdas llevan la voz cantante del antifranquismo, ¿qué papel tiene Jordi Pujol?
Pujol será muy hábil estratégicamente, y sabrá leer muy bien la correlación de fuerzas. Él será un antifranquista, pero también será consciente de que en aquel momento es una fuerza subalterna y menor. Entonces, Pujol, que siempre querrá operar en la centralidad política de Catalunya, acepta inscribirse dentro de estos consensos y asumir muchas de estas ideas del catalanismo de izquierdas. Ideas como que Catalunya es un solo pueblo, o que es catalán todo el que vive y trabaja en Catalunya. Muchas veces las hemos atribuido posteriormente a Pujol, pero en realidad son ideas compartidas de todo este catalanismo antifranquista. Convergència en aquel momento defiende la socialdemocracia al modelo sueco y sus primeros programas económicos serán claramente de izquierdas.

Manifestación en Tarragona de la Assemblea de Catalunya en el año 1976 / Archivo de la Transición

En cuanto a ERC, el retrato que hace es más bien el de un partido conservador
Esquerra Republicana tendrá muchas dificultades para reconstruirse durante el antifranquismo y será un partido bastante residual los primeros años de la Transición. Se articulará sobre todo durante los años setenta y ochenta, de una manera muy rápida, con pocos cuadros y poca militancia, y tendrá un crecimiento a partir del año 1979, cuando empezará a haber un descontento claro con el Estatut. Pesará mucho el liderazgo de Heribert Barrera, que era una persona de una tradición claramente anticomunista. No era un partido especialmente de izquierdas y también tenía unas ideas sobre la catalanidad que ponían en duda que Catalunya es un solo pueblo y que es catalán todo el que vive y trabaja aquí. También problematizaba algunas cuestiones relacionadas con la apertura a la inmigración. Ahora, mucha gente, cuando ve los resultados de 1980, ve que entre el PSC, PSUC y ERC sumaban con la misma mayoría que configuró posteriormente el Tripartit. En realidad, sin embargo, en aquella época, ERC era un partido más cercano a Convergència que a la izquierda. También por las propias condiciones del partido, que tenía muchas deudas y una situación económica complicada. Foment del Treball avaló la deuda que tenía ERC en 1980 a cambio de que no se invistiera a los comunistas.

A pesar de la hegemonía antifranquista del PSUC y de que los socialistas venían a Catalunya de estar disgregados, en las elecciones de 1977 y de 1979 los socialistas se imponen a los comunistas. El PSC gana al PSUC, y el PSOE al PCE. ¿Cómo se explica?
El PSUC había sido la fuerza más dinámica del antifranquismo catalán, pero son los socialistas los que acaban siendo la fuerza preponderante de la izquierda. El franquismo había sido un régimen claramente anticomunista y eso había hecho penetrar en la sociedad un sentimiento de miedo ante lo que podía ser una victoria comunista, por reanimar todos los fantasmas de la Guerra Civil y de los años treinta. Por otro lado, también es importante la relación que tenían con las fuerzas estatales. La vinculación con el PSOE seguramente favorecía al PSC, mientras que al PSUC le perjudicaba el PCE. Santiago Carrillo se ve como alguien que proviene mucho del pasado de la Guerra Civil y de otra generación, mientras que Felipe González, como alguien más moderno.

Eloi Gummà durante la entrevista / Foto: Montse Giralt

Las izquierdas se impusieron en Catalunya en las elecciones generales de 1977 y las municipales de 1979. Ahora bien, en las primeras elecciones al Parlament, en 1980, gana Pujol. ¿Por qué?
La victoria de Pujol en 1980 es un gran interrogante de la historiografía catalana que no ha sido muy abordado. Nada parecía indicar que esto iba a pasar; fue una gran sorpresa que nadie esperaba en aquel momento, pero hay muchos elementos que lo explican. Por un lado, está la habilidad táctica de Pujol: justo antes de estas elecciones ve cómo la izquierda empieza a tener problemas para conectar con su base social y la clase trabajadora, en un contexto en que el paro sigue subiendo y las mejoras sociales de la democracia no se acaban de percibir. Y también sabe ver que una parte importante del empresariado y de los sectores conservadores del régimen tienen mucho miedo de lo que podría pasar si gobiernan las izquierdas en la Generalitat. Es justo antes de aquellas elecciones cuando Pujol rompe con esta unidad antifranquista y se alinea con los intereses conservadores y el poder económico para convertirse en el voto útil para derrotar a la izquierda. Convergència contará con el apoyo activo de Foment del Treball, que situaría a Pujol como el voto útil y destinará 700 millones de pesetas en aquella campaña —también para financiar otros partidos—. Pujol será también capaz de tejer alianzas para la investidura con fuerzas muy diferentes entre sí, incluso contradictorias: con ERC, que estaba pidiendo una reforma del Estatut, y a la vez con la UCD, que empezaba a poner trabas a la extensión del estado de las autonomías.

De Pujol explica que en un primer momento opta por un modelo socialdemócrata al estilo sueco y hace los pactos de progreso con PSC y PSUC. A partir de 1979 y 1980 da un giro y se imponen las tesis económicas liberales de Trias Fargas, a la vez que presenta más hostilidad hacia la izquierda y hace bandera de los valores de seny, orden y trabajo que vincula a la esencia tradicional de Catalunya. Hará también una retórica de catalanismo transversal, reuniendo a gente de diversas procedencias ideológicas. Al llegar al poder, buscará ocupar la centralidad y llegar a consensos de país. Así pues, ¿qué es el pujolismo?
El pujolismo es una cultura política que nace durante el antifranquismo y que en los años ochenta se convierte en una hegemonía. Históricamente, lo debemos entender como una reconstrucción del catalanismo conservador de la Lliga Regionalista después de muchas décadas en que el catalanismo había tenido una orientación más izquierdista: en los años treinta con ERC y durante el antifranquismo con el PSUC. Si debemos definir en qué consiste exactamente el pujolismo, creo que en el núcleo está la idea de entender Catalunya como una comunidad orgánica y armónica sin contradicciones sociales ni conflictos de clase, en la que todo el mundo debía ocupar su papel y estar en su sitio. Para Pujol, Catalunya era una empresa de empresarios y trabajadores y todo el mundo debía asumir su rol y remar en una misma dirección. También se connotará en una visión de las esencias históricas catalanas muy vinculadas a los valores de la sensatez, del orden, de la propiedad privada y de la poca intervención estatal.

 

En el libro usted entronca a Pujol con el zeitgeist conservador de los años ochenta, en la línea de Reagan o Thatcher
Esta es la tesis del libro que a mucha gente le parece muy atrevida. En realidad, parte de la pregunta de si existe relación entre el hecho de que en todo el mundo se están dando reacciones conservadoras de los años setenta a los años ochenta y justamente en Catalunya también se está dando un cambio de hegemonía en sentido conservador. Mi respuesta es que sí que está relacionado de alguna manera. El neoliberalismo no es un programa político monolítico, sino que es más bien una reacción de clase desde parte de los sectores conservadores y empresariales ante el auge de las izquierdas en los años setenta. Esto toma formas diferentes en cada país. Convergència tomará algunos de estos componentes programáticos e ideológicos. Aquí seguramente hay una especificidad importante en el hecho de que si en todo el mundo esto se daba como una reacción contra todas las conquistas del estado del bienestar desde 1945, aquí no teníamos este estado del bienestar y habrá una cierta contradicción en la medida en que Pujol estará asumiendo las tesis neoliberales al mismo ritmo que estará construyendo el estado del bienestar. Esto lo debemos interpretar viendo qué tipo de estado del bienestar se construye en Catalunya: incorporará las reformas neoliberales, como el modelo público-privado de concertación.

Cartel electoral de Convergència en 1980.

Relacionado con esta construcción de la Generalitat que Pujol lidera, ¿me podría explicar esta fuerte vinculación personalista que señala en el libro entre Pujol, la Generalitat y Catalunya?
Esta es una de las grandes críticas que siempre se le ha hecho a Pujol, pero no deja de ser natural cuando se construye una hegemonía política muy sólida. En última instancia, el acto supremo de hegemonía es la identificación de la persona con el país y con la institución. Se puede problematizar de alguna manera, pero creo que no deja de ser más bien un reflejo de la fuerza que llega a tener el pujolismo. Mucha gente acabó asumiendo esta operación de identificación de Pujol con el país porque tuvo un proceso de construcción política exitoso. El momento en que esto se ve de una manera más clara es el caso de Banca Catalana en el año 1984, después de que Pujol saque la mayoría absoluta. Convergència presenta esto como un ataque contra Catalunya y la gente cree que se está movilizando en aquel momento para defenderla.

Durante veinte años se suceden las victorias de Pujol con mayorías parlamentarias contundentes. ¿Qué hizo bien?
Convergència tiene 42 diputados en 1980, pero gobernará en solitario la Generalitat. Por lo tanto, será capaz de capitalizar toda la obra de gobierno de la Generalitat, que será muy intensa los primeros años. Pujol será eficaz a la hora de construir esta autonomía, conseguir competencias e ir aumentando el presupuesto y la influencia de la Generalitat en la vida pública. El presupuesto de la Generalitat pasará de 7.000 millones de pesetas en 1980 a más de 300.000 en 1984. Después, Pujol será muy hábil y tendrá capacidad de hacer grandes alianzas en cuestiones importantes. Aunque había sido el voto útil de la derecha y del poder económico, cuando gana las elecciones se intentará situar como el presidente de todos. Esto le llevará también a girar sus posiciones en algunas ocasiones, como por ejemplo con la cuestión de la inmersión lingüística: cuando se empieza a discutir, la propuesta de Convergència y ERC será la doble red. La izquierda dirá que no y apostará por la inmersión lingüística en una única red, y Pujol rectificará.

¿Y qué hicieron mal sus rivales?
Un elemento que favorecerá el pujolismo será que no tendrá una oposición política bien articulada. La crisis del PSUC desde principios de los ochenta desactivará el gran partido del antifranquismo, que podría haber hecho oposición a Pujol. El PSUC pasará del 20% de los votos en 1980 a casi un 5% en 1982. El PSC será un partido que quedará muy sujeto a lo que marcará el PSOE en el Estado, y con la LOAPA del año 1982 se verá muy claramente que el PSOE empieza a entender la extensión de las autonomías como una amenaza para la unidad del Estado. Los chantajes del PSOE dejarán al PSC en una posición muy complicada para disputar la hegemonía a Pujol, porque en cierta manera las acusaciones de sucursalismo por parte de Convergència hacia los socialistas tendrán una base de realidad bastante clara.

 

Durante décadas, se da la paradoja de que precisamente las zonas sobre el papel más de izquierdas del Estado están gobernadas por conservadores, a pesar de la hegemonía socialista de Felipe González en el conjunto de España
Los dos territorios donde la izquierda era más fuerte de todo el Estado, que eran Catalunya y el País Vasco, serán los territorios donde los sectores conservadores tendrán más capacidad de reconstruirse más rápidamente cuando llega la Transición. Esto tiene mucho que ver con el hecho de que eran lugares donde había unos sectores conservadores y empresariales que se habían situado por fuera del régimen. Serán las fuerzas empresariales catalanas las que reconstruirán la patronal a escala estatal. Es decir, la CEOE la reconstruirán los catalanes con el liderazgo de Foment del Treball, de alguien como Carles Ferrer Salat. Tendrán mucho más dinamismo en los años setenta que los sectores más españoles, que habían estado muy vinculados al franquismo. Alianza Popular y después el PP no podrán llegar al Gobierno hasta mucho más adelante porque su vinculación con el franquismo los había dejado deslegitimados.

¿Qué legado deja Pujol para los historiadores?
Fue el constructor de la autonomía moderna de Catalunya. La construyó en un sentido determinado. Por ejemplo, apostó por la concertación en educación y sanidad. Muchos elementos de los componentes sociales del autogobierno en industria o vivienda nunca se han puesto en marcha porque el desarrollo pujolista fue muy poco intervencionista con la economía. En el ámbito político, el pujolismo fue un proyecto que muestra claramente la relación entre los poderes políticos y económicos en Catalunya. En términos democráticos, esto nos debería preocupar y deberíamos hacer una autocrítica.

Reunión entre el president Salvador Illa y el president Jordi Pujol en 2024 / Foto: Montse Giralt

Dedica el libro "a los convergentes de todos los partidos". ¿Hacia dónde dispara la broma?
Cuando hay una hegemonía política tan larga, esto acaba permeando en toda la sociedad. Para mí, ser convergente tiene que ver con esa visión un poco idílica de Catalunya como una comunidad armónica, que no acepta que es una sociedad igual que todas las demás, atravesada por contradicciones de clase propias del capitalismo. Este espejismo también permea en ciertos sectores de la izquierda catalana que, por ejemplo, piensan que la burguesía catalana es un fantasma que no ha existido nunca y que hablar de ella es prácticamente catalanofobia. Sí que ha existido y ha tenido un papel histórico relevante.

En las épocas en que sitúa el libro explica que casi estaba socialmente mal visto ser de derechas. ¿Cree que la derecha catalanista tiene todavía un cierto complejo de ponerse la etiqueta?
Si miras los sondeos de opinión, siempre ves cómo una parte importante se sitúa siempre entre la izquierda y el centroizquierda. La asunción de una derecha equiparable a la derecha española siempre ha sido incómoda para el catalanismo conservador. Esto tiene que ver seguramente con todo lo que ha representado la derecha españolista. El catalanismo conservador siempre se ha sentido incómodo a la hora de hacer alianzas con los sectores más reaccionarios del Estado.

 

¿Cree que ahora Salvador Illa y el PSC tratan de replicar este pal de paller del pujolismo, de ocupar la centralidad política de Catalunya?
El PSC intenta también interpelar a este sector más de orden y nostálgico de la época convergente. Juega un rol de cierta manera similar al que jugó Pujol en los años ochenta, que al final es un rol de estabilización del clima político. Pujol consiguió estabilizar el clima político en Catalunya después de unos años de mucho conflicto social y nacional. Hoy nos volvemos a encontrar en una coyuntura que es, en cierta manera, similar. El reflejo del PSC de hoy tanto con Pujol como también con Tarradellas, tiene que ver con esta idea de intentar estabilizar la situación política en Catalunya después de unos años de conflicto.

Eloi Gummà durante la entrevista / Foto: Montse Giralt

En el libro aparecen muchos debates de los años sesenta, setenta y ochenta que parecen de actualidad. Inmigración, integración, lengua catalana, un solo pueblo...
Durante las últimas cinco décadas, el catalanismo ha operado con los códigos que se construyeron durante el antifranquismo: esta idea de un solo pueblo, que es catalán todo el que vive y trabaja en Catalunya, o la manera de entender la nación en un sentido cívico. Hoy todo esto, por primera vez, vuelve a estar en disputa. Cada vez hay más sectores que están poniendo en duda esta idea de catalanidad. Ante esto, creo que podemos encontrar una inspiración importante y ser herederos de toda aquella tradición. Pero no será suficiente, sino que hace falta una nueva idea de la catalanidad para las transformaciones que se han dado en la Catalunya del siglo XXI. Muchos sectores empiezan a decir que el crecimiento demográfico que ha tenido Catalunya en las últimas décadas hace insostenible la supervivencia nacional de Catalunya. Esto es falso, porque el crecimiento demográfico que tiene la Catalunya de los años sesenta y setenta es mucho más alto que el de los últimos treinta años. El reto era todavía mucho mayor entonces, y además se daba en un contexto de franquismo y de persecución sistemática de toda la cultura catalana.

Entonces no había un elemento que ahora sí, como es un catalanismo de extrema derecha en auge y con posibilidades de ser segunda fuerza en el Parlament
Con el libro intento poner en relación lo que pasa en Catalunya con lo que pasa a escala internacional. En los años setenta y ochenta la forma que toma la reacción conservadora de manera mayoritaria será el neoliberalismo. Hoy, toda esta hegemonía neoliberal del libre mercado y la globalización ha entrado en crisis después de la crisis de 2008 y ha quedado deslegitimada para buena parte de la opinión pública. Esto comporta que la derecha haya tomado una nueva forma. La extrema derecha, con su abanderada trumpista, es la nueva derecha que busca estas nuevas maneras. Y Aliança Catalana es la forma propia que toma en Catalunya esta reacción conservadora en clave autoritaria que se está dando en todo el mundo. Es su traducción al catalanismo.