El vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española y arzobispo de València, Antonio Cañizares, aseguró en una entrevista a La Razón que no se puede ser independentista y buen católico. Pero hay gente que ha querido independizarse de España y ha sido buen católico, lo ha creído serlo. Como Acacio Mañé, un catequista guineano que participó en la fundación de uno de los primeros grupos nacionalistas guineanos, la Cruzada Nacional de Liberación de Guinea Ecuatorial (CNLGE). Mañé era muy aficionado a las misas y un devoto católico (en realidad, sacó buenos rendimientos de su excelente relación con la misión católica y consiguió ser uno de los hombres más ricos de la zona de Ayamikén, donde vivía). Pero a pesar de todo en 1959 quiso llevar la cuestión de la colonización de la Guinea Española a la ONU (una estrategia que irritaba mucho al gobierno español, que acababa de ingresar en la organización). Antes de salir del país clandestinamente, Mañé fue a confesarse con el padre Nicolás Preboste. Al salir de la misión de Bata fue arrestado, llevado al cuartel de la Guardia Civil, torturado y muerto. Su cadáver desapareció para siempre (probablemente, lanzado al mar). En Guinea siempre se ha creído que fue denunciado por el claretiano Preboste.

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Nacional-catolicismo

Probablemente nunca se sabrá a ciencia cierta si Mañé fue denunciado por Preboste o no, pero la sospecha generalizada nos puede dar una idea de hasta qué punto para los guineanos el catolicismo y la colonización eran inseparables. En realidad, no hay ninguna duda de que Nicolás Preboste, con el padre Antonio Gil Guedán, reprimieron duramente una queja de los alumnos del seminario de Banapá. En aquellos momentos el seminario era el único centro de enseñanza superior del país y allí se concentraban algunos de los principales intelectuales guineanos. En 1951 los alumnos organizaron una protesta contra la mala alimentación y contra el autoritarismo de las jefes del seminario. Preboste y Gil, con el acuerdo del obispo Leoncio Fernández Galilea, pidieron ayuda al gobernador Faustino Ruiz González, quien envió a la Guardia Colonial a reprimir a los seminaristas. Once de ellos fueron detenidos y llevados al calabozo, con sus sotanas. Más tarde algunos serían expulsados del seminario. Entre los expulsados había algunos de los futuros líderes del movimiento nacionalista guineano, como Atanasio Ndong Miyone o Enrique Gori Molubela.

La espada y la cruz

En Guinea Ecuatorial la Iglesia católica contó con grandes privilegios. Tuvo el monopolio de la evangelización durante mucho tiempo y consiguió que sólo los católicos pudieran acceder a determinados cargos. Para acceder a la enseñanza media, para tener una tienda o para ser funcionario había que ser católico (y monógamo). Los protestantes, aunque cristianos, fueron marginados, hasta el punto que muchos jóvenes cambiaron de religión para poder tener algún futuro. Y los animistas fueron perseguidos duramente. Los que guardaban reliquias de sus antepasados (imprescindibles para la religión tradicional del melán) fueron torturados para que las entregaran a los sacerdotes. La gente que se sumó a la religión sincrética del bwiti (que combina consumo de alucinógenos con el cristianismo) era sistemáticamente encarcelada para que renunciara a sus creencias. La Iglesia católica no condenó la desaparición de Acacio Mañé, y estuvo estrechamente asociada a las ideas coloniales hasta la independencia. No es extraño que Guinea Ecuatorial fuera uno de los pocos países africanos donde se han vivido explosiones de sentimientos anticlericales. Cuando el periodista Xavier Montanyà le preguntó al padre Eduard Canals, uno de los evangelizadores de la Guinea, por esta cuestión, éste le respondió: "Nosotros hicimos lo posible por plantar entre los guineanos la buena semilla. Pero también hay el maligno". Y es que, al parecer, el maligno está por todas partes.