Para quienes tenemos como referente político The West Wing, que se emitió a inicios de los 2000, Sorkin será siempre un genio. Lo amamos por cómo crea pequeñas obras de arte cinematográficas y por cómo se posiciona políticamente. Ahora tenemos una nueva oportunidad de disfrutar de su talento con una nueva entrega de vidas ejemplares de magnates y, mira por dónde, vuelve a inspirarse en Zuckerberg. Recordemos que ya lo hizo, entre otros, con Steve Jobs (2015) o con La red social (2010), en la que explicaba los inicios del mismo creador de Facebook, ahora duramente criticado por jugar con el fuego de su inmenso poder.

Todavía estoy en estado de shock. No tanto por las virtudes de un guion extraordinario como por lo explícito del contenido. Estamos en manos de auténticos chalados. Zuckerberg forma parte de una panda de megalómanos que están acabando con la democracia, sencillamente porque no es su problema. Confieso entristecido que no era consciente del problema de hasta qué punto las redes son letales para el mundo político. Cuando empezó el boom de politización de las redes, que en Catalunya vivimos muy de cerca con el procés, me desconecté. Reconozco que no tenía ganas de discutir las animaladas que se empezaron a decir. La misma IA, preguntada por la influencia de las redes en la política, lo divide en tres estadios: la era de la democratización (2008-2012), la era de la polarización (2016-2020) y la era del formato corto y la desinstitucionalización (2020-). Cito la IA para que quede claro que no tengo ningún prejuicio en usarla y porque el resumen que da me satisface. Concuerda con mi recuerdo.

Es importante, para hacernos una idea muy documentada del drama de las redes, que se vaya a ver la película con espíritu crítico. Me desconcierta mi complicidad hasta ahora con el mundo analógico y mi desconocimiento del mundo digital. Para un boomer como yo, cuando una cosa no te interesa, simplemente no vas. A partir de los sesenta, seleccionas con qué perder el tiempo. Y las redes para mí no tienen ningún interés. Si nos lo miramos en detalle, salvo las redes inconfesables de contactos, seguramente los boomers solo estamos en LinkedIn por un requisito profesional. A veces, también seguimos en Instagram a los hijos para ver qué hacen, como una penosa manifestación de nuestras inseguridades. Y poca cosa más. Es como si el virus, la droga, el lavado de cerebros de las redes nos pillara demasiado mayores y nos diera pereza. Suerte tenemos.

El control de las redes ha quedado en manos de cuatro chalados que realimentan las bajas pasiones porque eso es lo que da clics y dinero

Lo grave de Meta, el nombre travestido de Facebook, es que manipula los contenidos y genera adicciones. La película da muchos datos. Zuckerberg no es un malo de manual. No quiere el dominio de la mente ni del mundo. No hay una ideología detrás. Quiere ganar dinero. Y para hacerlo no tiene escrúpulos en dar droga a los drogadictos de información de las redes. Si vas a buscar las bajas pasiones de los usuarios, te forras. Nada nuevo. Pero si lo haces llegando a todos y cada uno de los usuarios, te "megaforras".

La suerte es que el propio sistema americano, atribuyendo un valor único a la libertad de expresión, nos permite ver el enfrentamiento Zuckerberg-Sorkin en la pantalla. Sorkin está llevando a cabo una cruzada contra Zuckerberg. Está denunciando unas prácticas abominables, que deberían ser directamente prohibidas. El problema no es ni será la IA, ni las redes. El problema somos los hombres que las usamos. El control de las redes ha quedado en manos de cuatro chalados que realimentan las bajas pasiones porque eso es lo que da clics y dinero. Los "maga ricos" —hago un juego de palabras con "mega ricos"— deben ser perseguidos y ahuyentados del sistema o el sistema desaparecerá. ¿Y cuál es el sistema? La democracia occidental. El sistema es el imperfecto sistema democrático copiado de los mejores hombres de la Roma clásica por los padres fundadores de EE.UU. El sistema democrático que impusieron los americanos a una Europa devastada por dos guerras civiles convertidas en mundiales en el siglo XX.

En las próximas elecciones americanas, como también en las españolas o las francesas, lo que está en juego es el futuro de la democracia occidental. La misma democracia que ya intentó derrocar a Trump con el asalto al Capitolio. O la democracia que intentan tumbar unos pocos pero ruidosos detractores del sistema a base de manifestaciones y ocupaciones viralizadas. Da igual que sean de extrema derecha o de extrema izquierda. Son seguidores de un caos que solo quieren usar para sus propios intereses. La película plantea el dilema todavía abierto del mal uso de las redes, solo creadas como negocio de unos pocos codiciosos. Pero por más que la épica de los guiones de Sorkin nos deje buen sabor de boca, estamos en plena revolución MAGA y el caos está a las puertas. Todo dependerá de los votos. Y de que no ganen los MAGA de todo el mundo. Necesitamos defender la democracia votando, sobre todo votando. Esta es nuestra debilidad y a la vez el experimento mejor parido del maltrecho mundo de la política occidental: la democracia.