En un grupo de debate en el que unas personas muy cultivadas tienen la generosidad de dejarme participar, el amigo Sancho planteó esta semana una cuestión: ¿Cuáles son los factores que determinan la opinión política de un individuo? Enseguida, todos hicieron valiosas aportaciones. La clase social, el entorno familiar, los orígenes, el entorno laboral, los estudios...
Lo más interesante de esta clase de debates es que cada respuesta provoca nuevas preguntas. Ciertamente, el entorno familiar, las opiniones de los abuelos y de los padres suelen influir en los hijos, pero nunca de la misma manera. ¿Por qué dos hermanos de la misma familia y educados en la misma escuela defienden ideologías y opciones políticas opuestas?
Esto se hizo muy evidente durante el procés. Conocí de cerca a dos referentes como el profesor Francesc de Carreras y su hermano Lluís, hijos de Narcís de Carreras, que fue presidente de La Caixa y del Barça. Ambos hermanos estudiaron en Virtèlia, la misma escuela a la que fueron Pujol, Roca y Maragall, pero Francesc lideró intelectualmente la oposición al procés, mientras que Lluís, que había sido miembro fundador de Convergència Democràtica, arriesgaba lo suyo en las movilizaciones por el derecho a decidir y la independencia de Catalunya. Otro ejemplo: la cineasta Isabel Coixet, de trayectoria inequívoca, ha hablado a menudo de su hermano independentista.
La familia influye en una dirección o en la contraria. También son frecuentes los casos en los que la influencia del padre constituye el ingrediente necesario para que los hijos adopten la posición política opuesta. Durante la dictadura, no pocos hijos de falangistas militaron en la oposición clandestina, preferentemente en los partidos comunistas, aunque algunos, al madurar, han vuelto a la casa paterna. En los años ochenta conocí en Londres al hijo de un ministro de Franco que vivía de okupa (squatter) en un centro de anarquistas españoles. Y hoy no pocos padres de trayectoria progresista se llevan las manos a la cabeza cuando sus hijos les dicen que votarán a Vox o a Aliança Catalana.
La clase social y los estudios parecen factores igualmente influyentes, pero algunas estadísticas también relativizan su importancia. En las últimas elecciones municipales de Barcelona, el partido españolista y de extrema derecha Vox obtuvo sus mejores resultados en Pedralbes y Torre Baró, es decir, en el barrio más rico y en uno de los más pobres.
El voto hace tiempo que ha dejado de tener argumentos racionales. Los mítines electorales se convierten en espectáculos televisivos en los que los candidatos cantan, bailan y Pedro Sánchez morrea a su mujer. Todo muy emotivo para que el voto se convierta en un estricto acto de fe
En cuanto al nivel de estudios, el PSOE lidera el grupo de las personas con menos formación, pero quien le disputa el liderazgo es Vox, según un estudio de Kiko Llaneras para El País. Las personas con estudios universitarios son más frecuentes entre los votantes del PP y de Sumar, algo que no deja de sorprender a muchos letraheridos que no soportan el populismo de Ada Colau ni tampoco el de Gabriel Rufián.
Llegados a este punto, si la familia, la clase social, la escuela y el nivel de renta influyen, pero no son determinantes, la pregunta del amigo Sancho sigue abierta. Y, aprovechando la coyuntura electoral, la pregunta equivalente sería: ¿qué nos lleva a votar a quien votamos?
Un argumento debería ser la experiencia o la obra de gobierno; es decir, votar en función de si un gobierno lo ha hecho bien o mal. Sin embargo, los electores suelen reincidir. En el País Valencià, el Partido Popular se ha visto implicado en diversos casos de corrupción y ha sido un gobierno de PP y Vox el que gestionó tan mal el desastre de la dana, con un balance de más de doscientos muertos. Es difícil presentar peor hoja de servicios, pero las encuestas de hace apenas unas semanas coinciden en que PP y Vox volverán a sumar una mayoría en el País Valencià.
En un plano más general, la última encuesta del CIS ofrece datos significativos. Pedro Sánchez es preferido a otros candidatos como presidente del Gobierno, pese a obtener un suspenso en la valoración media, un 4,2, y a que el 66 % declara que no le inspira confianza. ¿Por qué lo votan, entonces? Todas las encuestas aseguran que los socialistas ganarán por goleada en Catalunya, después de que Sánchez no haya cumplido prácticamente ninguno de los compromisos adquiridos con los grupos catalanes que lo llevaron a la Moncloa, con la excepción de la amnistía, que no era un compromiso, sino la condición sine qua non para poder gobernar en España y en Catalunya.
Además de los grupos catalanófobos y de los socialistas, que no resuelven los problemas de las inversiones ni de las infraestructuras, los catalanes tienen otras opciones, como Junts per Catalunya, el partido de Puigdemont que presenta a Míriam Nogueras; la candidatura ERC-Podem, de Gabriel Rufián, y el Front Ampli, de Ada Colau. En el primer caso, votarán a Junts per Catalunya nostálgicos de CiU que se sienten huérfanos y/o fieles a Puigdemont, a quien consideran el president legítimo elegido por voluntad popular y destituido mediante un abuso de poder. Es más difícil averiguar las razones por las que un elector que se considera de izquierdas elija entre Rufián y Colau. No hay que olvidar que los votantes de este sector son los que tienen un mayor nivel de estudios. ¿Sabrán distinguir la gran diferencia política que los separa?
La opinión política, la ideología, forma parte del pensamiento, pero el voto, la decisión de votar a quien sea, hace tiempo que ha dejado de sustentarse en argumentos racionales. Es una cuestión ampliamente estudiada por los especialistas de lo que se denomina (no entiendo por qué) ciencia política. El filósofo político Jason Brennan, en su libro Against Democracy (2016), señala la ignorancia política y los prejuicios como factores determinantes del voto. Lilliana Mason plantea el voto como un acto de adhesión a la propia tribu, una actitud impermeable a los argumentos de las tribus ajenas. Bart Engelen describe el voto fideísta como aquel que mantiene la confianza en el líder pese a que las evidencias contradicen las propias expectativas.
Por algún motivo, los mítines electorales se convierten en espectáculos televisivos en los que los candidatos cantan, bailan y Pedro Sánchez morrea a su mujer. Todo muy emotivo para que el voto se convierta en un estricto acto de fe, que solo puede ejercerse desde la convicción de que el infierno son los demás.
